Al hilo de la reforma inminente

Ante el anuncio en estos últimos días de la reforma inminente de la ortografía española, en algún foro en el que participamos se nos ha pedido una opinión «en caliente» al respecto. Algún debate también con otros compañeros en lides lingüísticas —traductores, periodistas, correctores— nos ha dado la idea de aprovechar la ocasión para dedicar una bitácora a nuestra relación con el español. En la presentación de Defensa del idioma queda reflejada la motivación profunda que nos ha impulsado a abrir esta página. Y en los próximos párrafos compartiremos, a la buena de Dios, algunas reflexiones sobre los próximos cambios.

Existen, a nuestro juicio, dos formas de ver y de vivir fenómenos como los cambios de la lengua: una histórica, como desde lo alto de un monte, y otra a flor de tierra, en nuestra lucha diaria con esa preciada herramienta de nuestro quehacer que es el idioma. Con la primera mirada, damos por sentado que siempre se camina, con mayor o menor rapidez y acierto, hacia una simplificación. Nuestra propia lengua, al igual que sus compañeras neolatinas, es, en el fondo, el fruto de modificaciones y deformaciones locales y temporales del latín. Y si hasta hace relativamente pocos decenios escribíamos o leíamos con la mayor naturalidad «fué», «fé», «vió», etc…, hoy en día nos llamaría la atención lo contrario. Ésta es, pues, la dirección hacia la que se va y hacia la que hay que tender; pero ello no quita, a nuestro modo de ver, que, en nuestra pequeña parcela —pequeña en sí y también en lo cronólogico, ¿pues qué son 20, 30 o 40 años de actividad frente a los siglos que vive un idioma?—, nos preocupe y hasta desvele el buen uso de la lengua, máxime cuando es la autoridad supuestamente normativa (más abajo aclaramos el porqué de este matiz) la que no parece, en cierta medida, hacer e implantar o sancionar siempre un buen uso del idioma.

Aplicar un carácter esclusivamente fonético a la ortografía, que es también —como su mismo nombre indica— grafía, es decir escritura, nos parece, por ejemplo, una barbaridad. La distinción que hacía el escribiente en el acto mismo de escribir «solo» y «sólo» abonaba la claridad y no permitía ninguna duda. Luego se obligó a tildar sólo en caso de ambigüedad, y eso era ya pintoresco e ilógico, pues para ello, antes de escribir la frase uno tenía que pararse a pensar, siquiera unos instantes, en si su sentido era o no ambiguo. Ahora ya parece que está condenado sin ambages el mero uso de la tilde, y aunque nos abstendremos de emplearla en aquellos trabajos en los que estemos obligados a seguir la normativa oficial, no pensamos hacerlo en nuestros escritos ni en aquellos en los que nuestros clientes dejen al buen criterio del traductor el aplicar o no ciertas normas académicas. Todo ello, por supuesto, no por espíritu de rebeldía, sino por mayor comodidad nuestra al escribir y del lector al leer y entender los textos que generamos, que a fin de cuentas no es otro el fin que todos perseguimos.

Algo parecido puede aplicarse a la acentuación de determinados demostrativos, etc… Aquí, en el fondo, le ha faltado valentía a la Academia. Abrazada ya con convicción la senda exclusivamente fonética, ¿por qué no decretar, de entrada, la supresión de toda tilde innecesaria o improcedente desde ese punto de vista y dejar que el lector se las entienda y componga con los diferentes significados de «el», «mas» o «de»…? Sería curioso el efecto.

Lo de llamar «ye» a la «y griega» se siente aquí en España como una concesión al español de América, que se supone hecha a cambio de otras en sentido inverso. No sabemos por qué oscuro arcano no puedan convivir dos formas de llamar a una letra; no vemos obstáculo alguno en que, como tantos otros objetos, se llame a algunas letras de un modo o de otro según lugares de aquende (¡voz ésta que el corrector de WordPress amablemente nos subraya en rojo como errónea!) o de allende el Charco. ¿No se hacen lenguas los académicos en cada sarao lingüístico de la riqueza de nuestro idioma, que puede permitirse el lujo de llamar a un mismo objeto de diferentes formas en distintas latitudes? ¿Por qué eso no tiene que aplicarse a los nombres de las letras? ¿Qué se teme? Parece como si los nombres de las letras fueran algo así como los divinos misterios que sólo los reverendos custodios del Santuario pueden manejar y nombrar, y que la menor duplicidad en su designación condenaría al español a quién sabe qué temibles catástrofes.

Pasamos como sobre ascuas respecto a la necia invocación de un supuesto alfabeto internacional en cuyas aras se ha consumado ya definitivamente el sacrificio de la «ch» y la «ll». ¿Existe de veras ese presunto alfabeto internacional? ¿Si existe, qué pinta entonces, incrustada en él, nuestra «ñ»? ¿O varias otras letras de alfabetos de idiomas hablados en Europa, exclusivas de éstos?

Tampoco nos parece de recibo lo de quitar definitivamente la tilde a palabras como «guión» o «truhán»: en España jamás hemos oído a nadie —ni español ni hispanoamericano— pronunciar «guion», sino «guión», y respecto a «truhán» nadie lo pronuncia nunca de la misma manera que pronuncia «Juan» (véase, aunque no siente autoridad en la lengua, la famosa canción de Julio Iglesias, a quien suponemos que en próximas versiones le obligarán a cantar: «Soy un ladrón, soy un truan…»). Menos mal que él goza, por lo menos, de extraterritorialidad.

Lo de «Catar» es tan peregrino como cuando la misma RAE propuso —se supone que tras importante ingesta de dicho licor en la Docta Casa— escribir «güisqui», y se quedó tan pancha, si se nos perdona el vulgarismo. Y, lo sentimos, pero por las mismas razones filológicas que abonan la forma «Qatar», hemos sido siempre partidarios de la forma «Iraq, iraquí» frente a «Irak, irakí». No nos explicamos esa inquina generalizada contra la «q» no seguida de «u». Tal vez les haya parecido a los guardianes del idioma algo díscola por sus deseos de independizarse de la sempiterna compañía de esta última.

Más allá de estos comentarios, creemos, en líneas generales, que, puesta las Academia a trabajar, más le convendría dedicarse a modernizar ciertas acepciones del DRAE, que huelen a naftalina histórica. Por no hablar de determinadas frases que deberían ilustrar ciertas acepciones y que parecen sacadas de un folletón decimonónico. Tenemos por ahí una muy amplia recopilación de acepciones actuales, halladas en el curso de nuestras búsquedas diarias, que nos proponemos compartir y comentar aquí para común solaz o indignación, según casos. Hay también muchísimas inclusiones que deberían hacerse y no se llevan a cabo. Y brillan por su ausencia muchísimos sentidos metafóricos o derivados.

Otro tema espinoso es que la RAE, de consuno con sus hermanas americanas, ha convertido el DRAE, de diccionario normativo que era, en un diccionario de uso. Coletillas que figuran con cierta frecuencia en el DPD resultan muy significativas al respecto: «Empléese esta forma, al ser la más extendida», «uso que no se ha generalizado y conviene evitar», lo cual significa, lisa y llanamente, renunciar a la tarea de «fijar» (no hablemos ya de las de «limpiar y dar esplendor»), que, si no nos equivocamos, formaba parte en tiempos pretéritos de la razón de ser de la RAE (por más que, como agudamente decía el olvidado Evaristo de Acevedo, pareciera el lema de un limpiabotas venido a más).

Para muestra, un botón: en las clases populares españolas —que evidentemente son las más abundantes en nuestro país en número de hablantes— se llama tenazmente cocreta a la croqueta, poblema al problema y pograma al programa. Subiendo de clase, incluso entre personas supuestamente cultas abunda entre nosotros el dislate contra más en lugar de «cuanto más». ¿Debe entonces la RAE, habida cuenta de su extensión, acoger dichos barbarismos y darles carta de naturaleza? Una vez sentado un principio tan tajante como ése («empléese esta forma, al ser la más extendida»), a ver quién es el guapo que se atreve a hacer distinciones y a decir que aquí sí, pero que aquí no. ¿Con qué motivos, si se ha renunciado no ya a esgrimirlos, sino a tenerlos?

En fin, que hay tela para rato.

Pablo Herrero Hernández

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5 comentarios

  1. En primer lugar quisiera felicitar a cuantos hacen posible esta página en Defensa del Idioma, pues, gracias a su celo y custodia, la manera en que hablamos y escribimos, quizá, conserve algo del sano juicio y la vital coherencia que generaciones futuras necesitarán para amarse a gusto y de veras o aniquilarse en broma y a destajo; para, llegado el caso, sepan que determinadas sentencias judiciales para tal o cual delito no lo son “en base a” pruebas aducidas por la sagacidad del leguleyo (fiscal o defensor), ni están “a nivel de” las emociones del jurado o de los medios de comunicación (que, suponemos, también gozan o sufren de emociones).
    Con este mérito enteramente suyo, y al que nos sumamos por no contar con otros, me dirijo a usted señor Hernández, para ofrecerle lo mejor, lo mejorado y lo inmejorable que aún habita en mis entretelas lingüísticas y literarias, procurando, si cabe, cazar el gazapo que, más por ignorancia que por duende, se nos mete por donde suele y no por donde debe.
    Tanto es así que luego de echar mano de proverbial paciencia que no tengo y de escuchar los telediarios matinales, en que contengo mi airada blasfemia y mi peor baraja, me encuentro con una voz de dicción suave y modulación capaz, tan capaz de decir “De los X accidentes en carretera en el pasado fin de semana, ‘hubieron’ Y muertos”, como de añadir que “las víctimas pueden aumentar a medida que nos vayan llegando las cifras totales”.
    Sin ánimo de burla o pendencia, contribuiré a que el idioma, del que nacen todavía los sénecas y los lucanos, aunque también, vaya por Dios, los iluminados de la tupida Red, crezca como los ríos cuando llueve en demasía: sin evitarlo pero colocando diques allí donde fueren necesarios para que las aguas no arrasen con lo ya construido o sembrado. Lluvias torrenciales o a cuentagotas que enriquezcan y no destruyan, que alivien y no asolen o aíslen. Sólo (¿o ya será “solo”, sin la tilde hermosa y contundente?) por cultivar las horas verbales con que Dios nos bendijo (o maldijo) en esta babélica torre de benedictos y maldicientes.
    Un saludo afectuoso y hasta pronto.

    1. Estimado Melmoth:
      A usted le estaba reservado honrarnos con el primer comentario de esta bitácora, que no por emplear un plural todo lo contrario de mayestático deja de ser obra, para bien y para mal y por ahora, del escaso ingenio de quien firma la presentación. Y será motivo de alegría la incorporación de otros autores como usted no sólo en comentarios a los artículos, sino escribiendo éstos. A buen entendedor…
      Como ya sabe, compartimos el mismo desvelo por nuestro idioma. Y alguna de las faltas que con tanta razón vitupera tal vez sea pronto objeto de un articulillo: me refiero al dislate de conjugar en plural los tiempos «que se dejan» del verbo haber en su uso impersonal, achaque que va extendiéndose por doquier gracias a la crasa ignorancia de locutores y comunicadores, principalmente, y sobre cuyo origen, por lo menos parcial, tenemos una leve sospecha.
      Encauzar el idioma; dejar que crezca —y es propio de las lenguas con vitalidad el crecer— sin arrasar lo ya construido o sembrado: sabias palabras, las suyas, que intentaremos tener ante los ojos a la hora de trabajar en este pequeño surco recién abierto, surco que quisiéramos también, algún día, ver convertido en estela.
      Mil gracias y un afectuoso saludo.

  2. Mil gracias, amigo y colega. Seguimos en contacto, y puesto que estoy suscrito a esta Defensa y con mi espada bien desenvainada (admito comentarios jocosos al respecto, no he cambiado tanto ni tan mal), espero con fruición y vehemencia cuantos artículos tenga a bien su mano firmar.
    Un saludo

  3. Gracias de nuevo, y si desea colaborar en «Defensa del idioma», estas páginas siempre acogerán con gusto sus valiosas aportaciones.
    Saludos cordiales.

  4. […] Haciendo clic aquí se pueden consultar las sugerencias  que la FUNDÉU considera más importantes. También sugiero leer un artículo de carácter crítico que fue publicado por aquel entonces, titulado "Al hilo de la reforma inminente", en la página Defensa del idioma de Pablo Herrero. […]

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