«Ya falleció el burro…»

Quienes peinen ya, como nosotros, canas y hayan vivido su infancia en España, a buen seguro conocerán una de aquellas canciones de excursión que por entonces aún se estilaban, y que empezaba así: «Ya se murió el burro que acarriaba (sic) la vinagre: llevóselo Dios de esta vida miserable…».

Pues, como seguía el estribillo, «¡tuturururú!». Algún comunicador, sin duda amante de los animales, debe de haber decidido que morirse, predicado de éstos, constituye una falta de respeto. Y como, si el bien es difusivo —que decían los escolásticos—, el mal no lo es menos, he aquí que, con motivo de la muerte (perdón, del óbito) de un célebre pulpo que ha pasado a la ya larga historia de la memez mundial por sus supuestas dotes divinatorio-balompédicas, de una radio a otra, de una a otra televisión y de uno a otro foro se ha dicho y transmitido por toda España la luctuosa noticia del «fallecimiento» de tan délfico cefalópodo.

En nuestra bendita ignorancia, siempre pensamos que el verbo fallecer sólo se predicaba de personas, y no de otros seres sujetos al necesario tributo a la Parca. No hacía falta que lo dijera ni siquiera el DRAE, que bajo esa voz se limita, escuetamente, a indicar, como 1.ª acepción: «morir (‖ llegar al término de la vida)», y como 2.ª: «Dicho de una cosa: Faltar o acabarse». Bastaba el sentido común de los hablantes para limitar ese verbo a los seres humanos. El DPD, por su parte, previsor tal vez —como el pulpo de marras— de que algún día se perpetraría tan temible dislate, añade, pudoroso, una de esas ambiguas cláusulas que ya le están dando merecida fama de jesuitismo lingüístico: «Solo es normal utilizarlo con sujeto de persona» (la cursiva es nuestra). A parte de la jocosa duda de si nos encontramos ante un «solo» ambiguo (¿empleado solo, es decir sin acompañamiento, es normal etcétera…?), parece que por el momento, en esta voz concreta, impera todavía en la Docta Casa el sentido común… hasta que el abuso se vuelva uso normal (es decir, que se convierta en norma), dado que la RAE parece ya haber abrazado con convicción y frenesí propios de un convertido la dudosa equivalencia «uso extendido = uso correcto».

Como colofón de este apunte, no estará de más confesar que quien estas líneas suscribe es amigo de los animales; es miembro de una asociación protectora de los mismos; comparte su existencia con cuatro simpáticos cuadrúpedos de la familia de los Félidos (o mejor dicho, son éstos los que le permiten compartir la suya), y es adversario decidido de los mal llamados festejos taurinos y de toda otra tortura a animales de las que con generosidad y abundancia dignas de más nobles causas se producen a lo ancho y a lo largo de España. Perdónesenos esta aclaración biográfica, a la que nos obliga el actual imperio de lo políticamente correcto.

Vivimos «tiempos recios», que diría esa gran escritora que fue, sin pretenderlo —de ahí en máxima parte su grandeza como tal—, Teresa de Cepeda y Ahumada. Tiempos recios, en nuestro caso, para el sentido común. Y dense por enterados nuestros lectores de la letra para su próxima excursión: «Ya falleció el burro…». ¡Quién sabe si hasta testó!

Pablo Herrero Hernández

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