Achacar el invento

Esta mañana, un locutor de «Radio Clásica» de la vieja escuela, Ángel Sánchez Manglanos, responsable del programa diario de esa emisora sobre la Orquesta y Coro Nacionales de España, nos ha dado un susto al decir que hoy se celebraba la festividad de santa Cecilia, patrona de la música, a quien, según sus palabras,  «se le achaca la invención del órgano…».

En efecto, si, como siempre hemos pensado y el DRAE nos confirma, el verbo «achacar» significa ‘atribuir, imputar a alguien o algo un delito, culpa, defecto o desgracia, generalmente con malicia o sin fundamento’ (la cursiva es nuestra), nos sorprende dolorosamente que un melómano declarado como Sánchez Manglanos considere delito, culpa, defecto o desgracia la invención del órgano, el rey de los instrumentos. Pudo emplear atribuir, adjudicar, asignar, adscribir… y nos habría ahorrado el susto.

Y todo eso, naturalmente, sin contar con el conocido abuso que supone la atribución a la mártir cristiana no sólo ya de la invención del citado instrumento, sino del patronato musical; abuso debido, según parece, al error de un copista, que leyó en el relato original de la pasión de Cecilia las palabras «candentibus organis» —referidas a las tuberías de las termas de la casa patricia de la santa, puestas al rojo vivo para martirizarla— y las transcribió como «canentibus organis» —’entre el canto de los órganos’—, por lo que Cecilia pasó, de morir abrasada tout court como lo fue san Lorenzo, a expirar entre jubilosas cascadas de notas procedentes de órganos celestiales tocados por los ángeles, como puede verse en las —por otro lado, fantásticas— ingenuas estampas decimonónicas de estilo sansulpiciano que reproducen su martirio.

Y es que basta una letra para cambiar la historia. ¡Como para quitarle importancia a las erratas!

Pablo Herrero Hernández

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2 comentarios

  1. Excelente trabajo el que con gozo hacéis, mi muy estimado Doctor Hache, y con gozo recibo: purísimo castellano el vuestro que hace las delicias de quienes aún sentimos una extraña punzada en el alma ante la magia y alquimia del universo todo de las palabras.
    En cuanto a este verbo, “achacar”, como a este otro, “adolecer”, he de deciros, amigo en verso, y en verso os lo diría si encontrara, ay, la rima y la voluntad, que es de uso nefasto (¿o será nefando por lo criminal?) entre cierta clase de plumillas al ristre y galgos de agua, de tan tumbados que andan: “La música -por seguir con su ejemplo hagiográfico- adolecía de candencias infinitas que hacían presagiar el regreso del mismísimo Mefisto en su eternidad sin luz”.
    Teniendo en cuenta, y lo hago, la definición que nos da el DRAE de “adolecer” (causar dolencia o enfermedad, padecerlas, e, incluso, compadecerse de quienes las sufren), me temo que la parusía de Lucifer habrá de esperar, pues la tal música sólo podría provocar bostezo y náusea, los mismos que siento y adolezco cuando me adolece alguna inconveniencia, vaya por santa Cecilia.

  2. Habláis con más razón que un santo, como suele decirse, y eso aunque os llaméis Melmoth, que no es precisamente nombre frecuente en martirologios, en la «Leyenda Áurea» o en las amenas páginas de los bolandistas.
    En efecto, con «adolecer» o «tildar» —al igual que con «achacar», todos ellos de espectro negativo—, está pasando lo mismo: la ignorancia de los escribientes y hablantes, unida a la consulta indiscriminada de ristras informáticas de supuestos sinónimos, propician semejantes dislates. Algo sobre «tildar» apuntamos en otro tiempo, y tal vez lo saquemos aquí para aviso de navegantes incautos y escarmiento de atrevidos.
    Y al hilo de lo del «purísimo castellano» que con más amistosa benevolencia que certera justicia nos atribuís, sí que traeremos de vez en cuando a estas páginas —que no todo debe irse en apuntar desvaríos— alguna página, fruto de péñola infinitamente mejor cortada que la nuestra, como muestra de lo que da —o daba— de sí nuestro maltratado idioma.
    Mil gracias, una vez más, por vuestra lectura y comentario.

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