Una voz taimada

Por una vez, en la Prensa, el susto no nos lo da un periodista, sino una lectora, Rosa González Díaz, que en el suplemento dominical de «El País» de ayer traza una alabanza de su tocaya Rosa Aguilar (vamos, que una Rosa le «echa flores» —fácilmente se supone cuáles— a otra Rosa, si se nos permite el chiste, aunque nos parece que no sin alguna espina).

En efecto, al hablar del comportamiento de la antigua alcaldesa de Córdoba en una tertulia radiofónica, la describe como «una política con una voz taimada; nunca levantaba la voz, siendo respetuosa con los demás tertulianos…». A parte del gerundio incorrectamente empleado (debía haber escrito: «…y era respetuosa con los demás tertulianos»), no nos parece que decir de alguien que tiene «una voz taimada» sea precisamente una alabanza. Consultado el DRAE por si en las últimas ediciones nos hubiera colado la Docta Corporación una nueva acepción positiva de este adjetivo, hallamos que sigue significando, únicamente, ‘bellaco, astuto, disimulado y pronto en advertirlo todo’.

Ahora bien, a parte de la dificultad que supone decir que una voz, por muy mala que suene o por muy malo que sea su propietario, sea «bellaca, astuta, disimulada o pronta en advertirlo todo», flaco favor parece haberle hecho la lectora a la política al atribuirle una voz taimada.

¿No querría tal vez decir tamizada? En ese caso, el responsable de edición del correo de los lectores no advirtió el lapsus.

Pablo Herrero Hernández

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