La nueva vida del pavo

Nadie piense que la proximidad con las fiestas navideñas sea la causante de esta nueva entrada, pues no pretendemos referirnos a uno de los tradicionales protagonistas —imaginamos que muy a su pesar— de los abundantes ágapes navideños (motivo, por cierto, de una fantástica página de Bécquer), sino a una acepción figurada y coloquial de este mismo vocablo, empleada en España, que no recoge el diccionario académico, el cual sí registra, en cambio, hasta otras tres acepciones de este tipo utilizadas en América.

Es sabido que, por lo menos en los últimos decenios en que circuló  en nuestro país la peseta, se le llamaba pavo, en el registro coloquial y entre las clases populares, al duro, equivalente a 5 pesetas (también llamadas rubias). Curiosamente, esta acepción de pavo, que se empleó durante decenas de años, no parece haber dejado rastro en el DRAE, que sí recoge, edición tras edición, otras periclitadas largo tiempo ha, si se nos permite el arcaísmo.

Lo cierto es que ahora, indudablemente favorecido por el masculino del nombre de la nueva divisa, seguimos oyendo, principalmente entre los jóvenes y en la lengua coloquial, la palabra pavo, aplicada esta vez, claro está, al euro:

—¿Cuánto te ha costado el móvil?
— Treinta pavos. Estaba de oferta.

Se trata, evidentemente, de uno de esos casos, más habituales de lo que se puede pensar, en que un mismo término sobrevive a la desaparición de lo que designaba transmutándose en otro afín: un poco como la adaptación de ciertas especies naturales a las leyes de la evolución.

De mantenerse, como suponemos, con la nueva divisa este uso, creemos que no estaría de más que, junto con las demás acepciones figuradas y populares de nuestras repúblicas hermanas, una próxima edición del DRAE también registrara éste.

(Glosa: Lo prolijo de la definición que del pavo en su acepción primera da el DRAE parece más propio de enciclopedia que de diccionario. Lean si no: «1. m. Ave del orden de las Galliformes, oriunda de América, donde en estado salvaje llega a tener un metro de alto, trece decímetros desde la punta del pico hasta el extremo de la cola, dos metros de envergadura y 20 kg de peso. Tiene plumaje de color pardo verdoso con reflejos cobrizos y manchas blanquecinas en los extremos de las alas y de la cola, cabeza y cuello cubiertos de carúnculas rojas, así como la membrana eréctil que lleva encima del pico, tarsos negruzcos muy fuertes, dedos largos, y en el pecho un mechón de cerdas de tres a cuatro centímetros de longitud. La hembra es algo menor, pero semejante al macho en todo lo demás. En domesticidad, el ave ha disminuido de tamaño y ha cambiado el color del plumaje. Hay variedades negras, rubias y blancas». Lástima que, tras tan precisa definición, no nos ponga la RAE alguna buena receta…).

Pablo Herrero Hernández

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4 comentarios

  1. Apoyo la candidatura de ‘pavo’ (que como todo candidato, espero que esté limpio de mácula o tan blanco como el solideo papal), y que, por curiosos mecanismos del lenguaje, ha permanecido entre nosotros, vivito y coleando, dispuesto sobre la mesa cotidiana para solaz de los jóvenes y sus intercambios verbales y tan locuaces.
    Asimismo, considero, con permiso de la autoridad aquí representada, que el término ‘vale’, que la Academia sigue definiendo desde presupuestos clásicos (despedida en desuso, entre cortesanos o familiares, también en desuso, vaya por Dios), debe ser contemplado desde otras perspectivas más modernas, si cabe, que sí cabe. Ya son muchos los años en que esta expresión no indica solamente despedida (‘carnaval’, festival’, o ese VALE con que los romanos se decían adiós en sus cartas o epístolas, dando por concluida la misiva); de hecho, se emplea en un contexto sociocultural en absoluto exclusivo, con la idea de acuerdo o trato, incluso como sinónimo de ‘basta’ o ‘déjame en paz, tío’ (como en el ejemplo de “ya vale, tío”, que tantas veces oímos con inusitado placer o regocijo). Es vocablo-muleta, muletilla, vaya, y como tal la Academia debería hacer un esfuerzo, ímprobo como todos los suyos (me refiero, cómo no, a la segunda acepción de este adjetivo, no a la primera; Dios me libre de acusar a la RAE de falta de probidad) por incorporarla a su diccionario con el significado antes reseñado.
    Esperando contar con su apoyo, se despide éste que lo es, su amigo y admirador, con un rotundo VALE (que, curiosamente, también sirve de papeleta o pagaré… quizá tenga algo que ver con el uso que los jóvenes y no tan jóvenes hacen de esta palabreja para acordar sus trapicheos o negocios).
    Un saludo, y felices fiestas (que no felices navidades, que ya he oído tantas veces, como si hubiera varios natalicios que celebrar), que tenga usted un próspero mérimée y lo goce y lo logre como Dios manda.

  2. La verdad es que la cuestión del «vale» —aunque quien estas líneas escribe prefiera siempre el «conforme»— no resulta tan sencilla como podría parecer, y ello en los dos significados que Ud. mienta: la de acuerdo, trato, conformidad y la de bastar. Creo que todo esto bien podría merecer un articulillo expresamente dedicado a esta muletilla, que con tanta razón, por su frecuencia, les choca a nuestros cohablantes de allende el Atlántico, hasta el punto que en boca de más de un amigo de aquel continente el «vale, vale» es jocoso y bieintencionado remedo del habla de este otro lado.
    Por cierto, ¿ha leído el artículo que un colaborador nuestro «malgré lui», cierto Miguel de Unamuno, ha escrito en nuestra bitácora sobre la cuestión que a Ud. le inquietaba bajo, desde y hasta sobre todos los puntos de vista? Supongo que le resultará interesante. De él he sacado la conclusión de que, aunque en determinados casos muy concretos y «físicos» no sea error emplear «bajo» o «sobre», «desde» es lo que sin duda alguna debe preferirse, pues siempre resulta correcto.
    «Ave atque vale», amigo, y permita que, agradeciéndole la felicitación, lo felicite yo también deseándole felices fiestas y también, ¿por qué no?, navidades, pues aunque, como Ud. muy bien dice, sólo se celebra una, creo que este uso del plural, tan español es correcto (fíjese que nos damos los «buenos días», aunque se entienda con ello sólo ese día determinado, etc…). Para mí tengo que se trata de un uso que nuestra lengua hubo de heredar del hebreo o del árabe… cuestión merecedora también, a mi entender, de artículo aparte. Ya ve un solo comentario suyo para cuánto da y cuán fecundo resulta.
    Que tenga Ud. también muy próspero 2011.

  3. Mi querido colega Doctor Hache: por supuesto que leí con fruición el artículo de don Miguel, y harto aclarado -y sorprendido- quedé ante la fluidez de la oratoria noventaochista del siempre o a veces nebuloso, bueno y mártir, de Unamuno. Y que estemos de acuerdo o conformes -aquí ‘vale’ no vale- en ese punto de vista, siempre desde, alimenta mi ya bien nutrida -‘sed non satiata’- vanidad.
    Un abrazo desde el corazón exangüe de este mortal de necesidad… me refiero, cómo iba a ser de otra forma, válgame Dios, al año 2010.

  4. Santo y bueno todo lo que dice, amigo Melmoth. ¡Gracias una vez más!

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