Archisílabos

Ayer en «El País» publicó el profesor Aurelio Arteta un artículo más de su particular y sacrosanta cruzada contra el abuso de palabras innecesariamente largas. Suscribimos cuanto en él dice de la cruz a la fecha, excepto quizá su titular, Archisilabeando, que nos remite a otro vicio de tantos escribientes del español actual, que traducen mental y prácticamente el gerundio inglés propio de títulos de libros, artículos o películas como gerundio español, y no como infinitivo, como procedería en la mayor parte de los casos. Achaque es éste que merece, por su difusión, un comentario ad hoc.

Pero, volviendo a los archisílabos, coincidimos muy especialmente con el catedrático vasco cuando señala pedantería e ignorancia (que sólo muy superficialmente pueden parecer incompatibles) entre las causas que provocan el mal uso del idioma en general, y muy señaladamente  el debido a los monstruosos archisílabos.

Quien estas líneas firma, en su faceta de traductor, ha caído a veces en la tentación del archisílabo abusivo: en ocasiones, por contenerlo ya el texto original (por desgracia, tan lamentable lacra no es privativa de nuestro idioma; el italiano, sin ir más lejos, abunda también en ellos, si no llega incluso a superarnos); a veces, por estimar que el cliente, sobre todo cuando pertenece a determinados segmentos de la vida empresarial o cultural, lo extrañaría por formar ya éste parte integrante de su jerga.

Y aunque, en cierto sentido y dentro de unos límites, en una traducción el cliente siempre «tenga razón», tras la lectura de este nuevo artículo del profesor Arteta (otro anterior, de hace casi un año, puede leerse con provecho aquí), renovamos nuestro firme compromiso de meditar y averiguar, cada vez que nuestra mente ordene a las manos componer en el teclado un archisílabo, si podemos decir más y mejor con menos letras.

Pablo Herrero Hernández

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2 comentarios

  1. Muy bien traído, querido colega, una vez más, lo que yo conocía como sesquipedalismo. Figura de raíces exóticas con que ‘gerundios’ y demás ‘barbadiños’ se procuran un estilo bufonesco, de botarga y cascabelón , arruinando lo que de breve tiene la idea cuando es idea y no ideón.
    Me trae a la memoria la divertida anécdota en torno al vocablo inglés ‘antidisestablishmentarianism’, acuñado con toda la ironía y flema británicas del mundo por el famoso líder del partido liberal William Gladstone. Con menudo e impronunciable palabro quiso el político vituperar a las fuerzas que se oponían a la política de ‘separar’ (desestablecer) la Iglesia de Irlanda de la de Inglaterra.
    Desde entonces hasta nuestros días, la manía sesquipedálica ha dejado huella profunda en políticos de varia predicación y escaso predicado, además de los siempre numantinos plumillas que ejercen su profesión con denuedo y tremenda nesciencia. Perlas como ‘procedimentar’ o ‘influenciación’, ‘posicionamiento’ o ‘motivacionar’ (o el aún peor ‘territorialidades’, que a saber qué significa) me dejan turulato y desnortado como salmón borracho que desova en la oquedad de un sauce a la orilla del río que ha de verle morir.
    Tentado estuve de crear un personaje con esta horrísona y fraudulenta inclinación por las palabras largas, cuanto más largas mejor, pero el mero de hecho de empezar a dejarle a hablar (al personaje, en cuestión, se entiende) me produjo una ‘supermegacefalea’ y abandoné tan romano proyecto para dedicarme a menesteres más prudentes y discretos.
    ‘Ars brevis, vita longa’, aunque siguiendo con los latines, ‘facile inventis addere’, que es lo que hacen estos muchachos archisilábicos.
    Un saludo afectuoso.

  2. En efecto, querido Melmoth, «sesquipedal» viene al dedillo para definir esta obsesión por las palabras largas, en las que la longitud suele ser inversamente proporcional a la profundidad del concepto. Divertido el caso de Gladstone, espíritu y personaje agudo a fuer de británico, a parte del generoso lote personal que en el reparto del ingenio le cupo. Casos como los de «territorialidades» me llevan a pensar en nuestros políticos —incomparables desde luego con el inglés (e incomparables también por su inglés: ¡ay manes de Madariaga!)— con sus juegos malabares entre «naciones» y «nacionalidades»: X es una nación e Y es una nacionalidad (y no una propiedad de X, como sería lógico).
    Desde luego, entiendo que la tentación por crear un personaje con esa tendencia patológica, aunque endémica en determinados ambientes, hubo de ser grande. No muy distinta debió de ser aquélla a la que cedió nuestro clásico con la culta latiniparla, cuando ésta le decía a la pobre criada cosas como: «Apropíncuame esas quirotecas» para indicarle sencillamente que le trajera los guantes: la risa en el público o en el lector garantizada queda (yo una vez, por cierto, al pedirle a cierta limpiadora a domicilio que aplicara su trabajo a una parte muy concreta de una ventana cuya existencia parecía ignorar, cometí el error de llamarla «alféizar» —bonita palabra alada que parece recién salida de la Alhambra—, aunque enseguida, ante su estupefacción y aun suspicacia, hube de desengañarme y transigir con el mucho menos esplendoroso «poyete», aunque bien pensado, éste da para más suspicacias en el caso concreto…).
    Resumiendo —que me he ido por los cerros de Úbeda—, no sólo «facile», sino «perfacile» hallan algunos «inventis addere», y cuánto más «copiose», mejor.
    «Gratias tibi ago», ya que va también de latines. «Ave atque vale, amice».

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