¡Un académico discrepante!

Celebramos con alborozo el artículo que Javier Marías publicó ayer en el suplemento dominical de «El País», y cuyo título promete secuela: Discusiones ortográficas I. Vaya por delante que, como novelista, no es  Marías  lo que se dice santo de nuestra devoción, aunque sí solemos encontrar por lo general sensatos y bien dirigidos sus artículos, que ponen certeramente el dedo en más de una llaga y lacra (algo parecido nos ocurría con Umbral).

Remitimos al lector al artículo en cuestión, que suscribimos de la cruz a la fecha (excepto por el desliz de citar erróneamente una forma del verbo italiano dimenticare —dimenticarebbero en lugar del correcto dimenticherebbero— distracción que ya hemos señalado al diario), y que coincide en bastantes puntos con lo que dijimos ya aquí en  nuestra primera intervención en esta modestísima tribuna.

La valiente toma de posición del académico, que esperamos no sea única y aislada, amén de refrendarnos en nuestra particular convicción sobre la arbitrariedad e inconveniencia de no pocas de las reformas  recientemente introducidas (lo que interpretaremos como indirecto e involuntario espaldarazo a nuestra actitud práctica en el quehacer diario), no deja de despertar algunos interrogantes sobre cómo se adoptan las decisiones en la Docta Corporación y en sus organismos de coordinación con las demás academias de nuestra lengua. ¿Se toman por mayoría, ya sea ésta simple o absoluta? ¿Los académicos discrepantes, al igual que los jueces de algunos tribunales, pueden motivar su disensión?

Marías por lo menos, aunque a toro pasado, así lo ha hecho, y ante una audiencia de millones de hispanohablantes. Ojalá cunda el ejemplo.

Pablo Herrero Hernández

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6 comentarios

  1. Estimado colega: habiendo leído el artículo del segundo de los Marías (el primero era todo claridad y discreción, amén de eminente razonador), me queda la duda traviesa de si los susodichos y doctísimos académicos no son como esos gramáticos de la legua que andaban caminos como los cómicos, pero sin gracia ni donusura, predicando ortografías y peregrinando bizantinas maestrías y bien decires. Le remito a las páginas de nuestro gozoso “Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes”, del padre Isla, que sé bien que conoce mejor (265-269, Ed. Cátedra; nº 402), donde encontrará rendidas cuentas de estas cuitas ortopédicas, que más son muletas para sostener, que fonemas y grafemas con que decir y comunicar.
    La respuesta del autor de “Mañana en la batalla piensa en mí” es una más de las muchas que he leído u oído entre la maraña tejida en torno a este delicado asuntillo de la lengua (‘quod est demonstratum’ que es músculo díscolo y pertinaz). Me atrevo, pues, a continuar esta labor de vigilancia… porque, ¿quién enmienda a los enmendadores profesionales, y así, quién recomienda o sugiere a los recomendadores y sugeridores de este reino de alharaca y batahola y confusión? Seamos, entonces, como fieles, íntegros e inflexibles Radamantos, y juzguemos las sombras que van dejando estos ‘chiaroscuri’ de la ‘horrorografía’.
    Nosotros, pobres y arrinconados títeres de Talía, y si me apura, duendes de la hermosa y amable Erató.
    Un cordial saludo, certero y azorado amigo, de este su segundo de a bordo, oh, capitán, mi capitán.

    1. Estimado colega: Desde luego «no hay color» entre un Marías y otro. Y en relación con el pasaje que me cita del P. Isla, que estoy seguro vendrá al pelo para esos gramáticos de la legua que pueblan el caserón neogriego de detrás del Prado, ¿tendría la amabilidad de señalarme el capítulo? Como no dispongo de la misma versión, me las vería y desearía para localizar el pasaje de marras. Cuento con ello y no veo la hora de leerlo para corroborar lo dicho.
      La respuesta del autor de «Corazón tan blanco» (¡hay que ver que propaganda le estamos haciendo al novelista!), aun siendo, como bien dice, una de tantas, tiene su aquél precisamente por su condición de académico. Y como bien dice o por lo menos da a intuir Ud., si los propios académicos —por lo menos alguno, y aun uno solo, como los justos de la bíblica ciudad— no van a respetar lo que ellos mismos dictaminan, no veo por qué razón los escribidores de a pie debemos hacernos el menor escrúpulo en seguir a la RAE en lo que nos parezca conveniente y en no hacerlo en lo que se nos antoje arbitrario y poco puesto en razón. Que es un poco lo que éste su no capitán, sino grumete —pero eso sí, grumete algo corrido—, ha hecho desde que se gana el pan de cada día poniendo letras una detrás de otra.
      Un cordial saludo a Ud., que sí que es capitán.

  2. Espero, amigo Hache, que el término que uso en italiano (“chiaroscuri”) sea el correcto y no caiga yo en las mismas aberraciones que el escritor de arriba. Nada sé de la hermana lengua, salvo su historia, que va para largo, y de sus gentes, que se han quedado cortas con tanto ‘mussolini’ y tanto ‘berlusconi’ (‘oh, tempora, oh mores!’), pero sí sé cuanto usted sabe de ella. Corríjame llegado el caso, y hágalo como las cicerones y sénecas hacían, aun a riesgo de sus cervices, con sus malcriados e imperiales pupilos.
    Un abrazo

  3. Amigo Melmoth: Correctísimo es el término, por lo que no procede corregir, y menos con la férula de romana (y no tan romana) memoria: aun sin salir de Italia, en Turín, pero dos mil años después, en el año del Señor de 1968, una maestra rompió la vara de nogal que utilizaba como puntero en la cabeza de uno de mis compañeros, la verdad que bastante díscolo, todo hay que decirlo. Y en la clase de mi señora hermana, la respectiva maestra encerraba al niño o a la niña rebelde en el armario empotrado de la clase do guardábanse las tizas y demás material escolar: emparedado o emparedada vivo o viva (en aquella época no había que hacer todos estos distingos) cual vestal (o vestalo) ante el jocoso alborozo de la clase, entreverado, eso sí, de cierto temor en cada condiscípulo a ser el siguiente en probar tan amarga disciplina. Y en ese mismo colegio, en pleno año 68 (aunque, claro, entonces aún no se sabía lo que significaba ese año), la profesora de francés, por no querer cantar un servidor «Gentille alouette» (cancioncita, por demás, truculenta donde las haya: hoy la supongo felizmente desterrada por obra de las protectoras de animales), me paseó por todas las clases con un cartel colgado de la espalda donde leíase: «Je suis un âne» (sigo sin ver la relación entre estos dos animales). Al entrar en cada clase (y había varias) decía la profesora con su acento francés: «Signoga maestgra, questo bambinó ha qualcosa da dighe alla classe» (“Señoga maestgra, este niñó tiene algó que decigle a la clase», y acto seguido me daba la vuelta con un manotón y me exponía al público ludibrio. No, que bastante es que uno no haya salido asesino múltiple tras tan edificantes experiencias… ¿Y todo esto a qué venía? Ah, sí, que me he ido por los cerros de Turín. Usted perdonará seguramente.
    Un fuerte abrazo.

  4. Mi muy estimado y estimable doctor (‘gimnasiarca’, que nos diría dijéramos fray Gerundio, en una más de sus retorcidas y taraceadas sentencias): el capítulo al que hace referencia la tan malograda disputa ortográfica es el V (de la primera parte del Libro I). Lógrelo tanto como yo hice al leer su fluido y florido castellano con que contaba de sus años escolares, que luego comentaremos entre nos cuanto haya de ser rescatado, que es mucho y de varia lección.
    Hasta pronto, mi querido Hache (cuando vea la que se monta en las páginas gerundinas ya mentadas sobre las palabras con hache, le será difícil para de reír, y disculpará a los gramáticos de entonces y a los de ahora por sus menesterosas y un tanto ridículas controversias).

  5. Por lo de las haches creo recordarlo, pero refrescaremos la memoria tan pronto como sea posible, y hasta si se tercia (que se terciará) lo traeremos aquí, no sólo, que también, como disculpa —o picota, y no del Jerte— de gramáticos, sino como modelo, en lo narrado, de «fluido y florido castellano», como bien apunta. Pues ya se dijo en alguna otra ocasión en este modestísimo reducto que a más de exponer al público y general denuesto determinados vicios, de cuando en vez expondríamos también modelos de buen decir y escribir, que entre el vituperio de lo malo debe caber también la alabanza de lo bueno.

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