Del español «doblado»

El documentado artículo del profesor Juan Luis Conde que hemos tenido el honor y el placer de publicar en esta bitácora es de los que mueven a la reflexión. Certeramente, a nuestro juicio, amplía el ámbito de introducción de los calcos innecesarios, abusivos y empobrecedores (con ese «efecto obús» al que atinadamente se refiere) de la terminología a la expresión y a la sintaxis, y localiza con análogo acierto y exactitud la fuente principal del deterioro de nuestro idioma en los malos doblajes y las malas traducciones, particularmente de películas y de series televisivas.

Hace tiempo que venimos observando, en películas y series estadounidenses o inglesas dobladas o subtituladas en español, uno de estos vicios: la traducción, prácticamente permanente, machacona, de la pregunta inglesa «Seriously?» como «¿En serio?», en situaciones para las que, en español de España, siempre hemos recurrido a una amplia variedad de soluciones, dependiendo del contexto y del interlocutor, y, llegado el caso, echando mano incluso de la exclamación en lugar de la interrogación («¿De veras?», «¿De verdad?», «¿Qué me dice(s)?», «¿Lo dice(s) en serio?»,  «¡No me diga(s)!», «¡No me lo puedo creer!», «¡Lo que hay que oír!»,  «¡Acabáramos!», etcétera…). Naturalmente —como bien apunta el profesor Conde—, los hablantes de español expuestos sin ningún bagaje cultural a la obra destructiva de la «caja tonta», acaban preguntando, en su vida diaria, «¿en serio?» a troche y moche, y las demás expresiones van cayendo en el olvido (no sabemos la de años que llevamos sin oír, fuera de nuestro entorno más inmediato, un «¿de veras?»).

Lógicamente también, el calco transmitido por la mala traducción de una serie foránea, una vez tomada carta de naturaleza en el habla diaria, acaba inevitablemente reflejado en las series de producción propia, las cuales multiplican indefinidamente ese «efecto obús» al que hace referencia el ilustre catedrático de la Universidad Complutense. Un ejemplo reciente: la semana pasada, en dos series televisivas de producción española —y, para más inri, de buen nivel en cuanto a guión (con perdón), reparto e interpretación—, sendos personajes, uno al sufrir un ataque al corazón y otro al desvanecerse su jefa, en vez de pedir —como siempre se ha hecho en España en casos similares, y como nosotros mismos haríamos, llegado el caso— «¡Auxilio!» o «¡Socorro!», no hacían más que repetir: «¡Ayuda! ¡Ayuda!», en claro calco, ya naturalizado, del inglés «Help!».

Bueno es conocer los nuevos usos: no vaya a ser que un día, precisados de auxilio, pidamos «¡Socorro!» y nadie se dé por aludido por no llamarse así.

Pablo Herrero Hernández

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