Una traducción llena de cucarachas

Tal vez aquí, tal vez en otro lugar de la Red, hemos afirmado en más de una ocasión que en España, hoy en día, se suele traducir bastante mal, razón por la que los libros que nos interesan, si escritos en lengua que dominamos, en ella procuramos leerlos, y si lo están en otra que desconocemos, preferimos saborearlos traducidos a lenguas distintas del español.

Con todo, de vez en cuando recibimos, como obsequio de familiares o allegados, obras foráneas en su versión española, y por el debido respeto al obsequiante nos prestamos a leerlas con la mejor de las intenciones.

Sabedora de nuestro interés por la figura y la obra de Walter Benjamin, una persona muy allegada puso en nuestras manos, hace unas semanas, la novela Todo el hierro de la torre Eiffel, de Michele Mari, publicada en nuestro país por Seix Barral en su «Biblioteca Formentor» y traducida —digamos así, por convención— por cierta María Jesús Fenero.

El planteamiento de escribir una novela sobre un encuentro que nunca se produjo entre Benjamin y Céline, en teoría muy interesante, se convierte en manos del novelista italiano en una especie de gran guiñol o esperpento —eso sí, trufado de referencias culturales, para que veamos cuánto «se lo ha currado»— sin apenas nada medianamente serio o digno de atención. Tal vez deslumbrado por toda esa labor de investigación —lamentablemente puesta al servicio de una trama a la altura, o mejor dicho, a la bajura de una Julia Navarro cualquiera—, el jurado de un premio como el Bagutta, otrora otorgado a un Sciascia o un Primo Levi, ha juzgado procedente galardonar semejante mamarracho. Nada es ya lo que era, ni siquiera en Italia.

Pero vengamos a lo nuestro, es decir a la versión española de la infumable novela. Nunca se advertirá lo suficiente sobre el escollo que representan para los traductores los que se han dado en llamar «falsos amigos», más peligrosos cuanto más cercanos estén los universos lingüísticos y culturales del par de lenguas en que se trabaja. Pues en tales escollos naufraga, hasta hacer agua, la versión que perpetra Fenero.

Uno de los errores que se repite a lo largo y ancho de toda la obra, debido precisamente al título férreo de la obra, es el de traducir el italiano bullone (que equivale a nuestro perno, al estar formado por la unión entre dos elementos como, por ejemplo, un tornillo y una tuerca) como bulón, cuya acepción, según el DRAE, es ‘tornillo grande de cabeza redondeada’ —lo que no es en absoluto lo mismo, sino acaso la mitad de lo que se quiere significar—, y además empleado como tal, según la misma fuente, sólo en la Argentina, el Uruguay y el Paraguay.

Pasamos de puntillas sobre otras traducciones «al pie de la litera» (que decía con chunga nuestro abuelo materno, maestro de traductores), como es dejar candela como candela, en vez de vela; emplear banana, en vez de plátano; fémina, en vez de hembra; «ciudadano privado», en vez de particular, y hasta una «estatua tombal» (?) que suponemos querrá decir sepulcral. Pasen también bajo misericordioso velo frases como: «Media hora más tarde los tres compañeros estaban en la cabecera de Benjamin…» (¡menuda cabecera debía de ser para contenerlos a los tres!) y otras lindezas de parecido jaez.

Pero una última perla que no nos resistimos a presentar es la de la escena, en la que, en la página 22 de la versión española, «un escarabajo atravesó velozmente la habitación» hasta meterse «por una grieta entre los azulejos de la pared». Evidentemente, se trata, en realidad, de una cucaracha (en italiano, scarafaggio), y no de un escarabajo (en italiano, scarabeo). Ni más ni menos como las que pueblan tantas traducciones como ésta.

Pablo Herrero Hernández 

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