Acentuación ambulatorial

Es la que nos hemos encontrado esta mañana en el centro de salud de una conocida mutua cercano a nuestro domicilio, adonde nos trasladamos —cada vez con mayor frecuencia— para los necesarios estudios diagnósticos, con la ilusión de que el acompañamiento de nuestro cuerpo al sepulcro por parte de los galenos «musitando palabras griegas» —como dijo un gran autor cómico al definir el arte de la Medicina— sea lo más dilatado posible en el tiempo.

Una vez realizada la prueba, al entrar en el servicio de caballeros —¡qué antiguo suena esto, como apearse o dar la vez!—, vemos un cartel primorosamente impreso en varios colores en el que la compañía, tras indicarnos que el agua es un bien escaso, nos exhorta con desenfadado tuteo:

Usalá con responsabilidad

No úsala, como sería lo correcto, sino usalá, como en verdad la mayoría de la población —ésa que según el harakírico axioma de la RAE está en posesión de la verdad en temas lingüísticos— tiende a pronunciar los imperativos con enclítica. Vemos, pues, que, pese a que no corren buenos tiempos para esa imitación de pacotilla rococó que son las reales academias españolas en relación con sus modelos transpirenaicos, la doctrina recientemente abrazada con fervor de neófito converso por la RAE, según la cual hay que tildar como se pronuncie —aunque nosotros debemos de vivir en Babia, pues seguimos sin dar con nadie que pronuncie guion o pais—, tiene fervorosos adeptos en una de las principales mutuas sanitarias españolas.

La misma que, para más inri, ha dado en llamarse Sanitas, llana, cuando este trisílabo latino —como sus semejantes caritas, bonitas o veritas— es esdrújulo.

Estrambote

Bien pensado, tal vez nos equivoquemos en atribuir el dislate ambulatorial a reverencia —en este caso anticipadora seguramente de  una próxima reforma— por la RAE y sus hilarantes dictados. Sabido es que en España la musa popular siempre se ha peleado con los acentos, y al igual que cantábamos a voz en grito en nuestra ya lejana infancia (y sin que nos sirviera de mucho la expresión de nuestro deseo):

Quisiera ser tan alto como la luná

se oye por tierras manchegas aquello de

Ahí la tienes, Currillo, echalé el ojó
a esa desmelenada del peló rojó
del peló rojó, niña, del peló rojó

Eso por no irnos directamente a orillas del Ebro o del Guadalquivir, donde jotas y sevillanas respectivamente imponen su pegadiza dictadura rítmica destrozando toda letra que se ponga por medio.

Y que no es sólo achaque moderno, confírmalo (mejor dicho, confirmaló, aunque aquí no sea imperativo) el hecho de que, de diez canciones actuales en que aparezca la palabra corazón (con mucho, la víscera más presente en ese tipo de composición, metáfora eufemística y canora de otros órganos menos cantables aunque mucho más implicados en la génesis del motivo de la canción), puede estar seguro el lector que en nueve de ellas como mínimo se habrá convertido, como por ensalmo, de aguda en esdrújula (el córazon).

Y, puestos ya a corregir acentos, un servidor da gracias a sus progenitores por no haberle llamado José y verse así abocado a aguantar, en boca de deudos y amistades, el horroroso e insoslayable Jose que prospera por estos pagos.

Pablo Herrero Hernández

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