Pequeñeces

161 Aniversario del nacimiento de Luis Coloma
     Con la supuestamente tierna imagen que encabeza estas líneas nos encontrábamos esta mañana al acceder al navegador de Google en su versión española. Curiosos por saber qué aniversario se celebraba, al pasar nuestro ratón informático por encima del que figura en la imagen nos enterábamos de que se cumplen hoy 161 años del nacimiento del Padre Coloma (al que el buscador, que imaginamos protestante o por lo menos políticamente correcto, apea sin más su tradicional tratamiento de eclesiástico, dejándolo en un Luis Coloma a secas). Al leer el texto, la imagen nos desvelaba al momento su razón de ser: el simpático Ratón Pérez del homónimo cuento del escritor jesuita.
     Así, el autor de algunas de las mejores novelas de nuestro siglo XIX —por supuesto de Pequeñeces, literatura cinematográfica ante litteram y magnífica descripción de la podrida alta sociedad de la Restauración, pero también de la mucho menos conocida y no menos hermosa Boy—; el talentoso creador de biografías noveladas justamente célebres como Jeromín, Fray Francisco o La reina mártir; el pintor preciso y cariñoso de decenas de relatos y cuadros populares, y señaladamente andaluces, dignos de la pluma de su admirada mentora Fernán Caballero, objeto además de sus emocionados Recuerdos; el cronista fiel de los espléndidos Retratos de antaño y de El marqués de Mora; el divertido escritor de narraciones llenas de gracejo, como Por un piojo… —primera de sus obras que las manos maternas pusieron en las nuestras—; y el sorprendente narrador, en su calidad de sacerdote, de un cuento de terror realmente escalofriante como El salón azul —que creemos no desmerecería entre los de Poe—; pues bien, el autor de todas las citadas y de muchas obras más, a cual más galana y amena, se ve hoy recordado, al parecer, sólo o principalmente por el personaje de un cuentecito que ocupa 6 páginas de las más de 1700 que componen sus Obras Completas en la 2.ª edición de Razón y Fe (Madrid, 1947), que tenemos a la vista.
     Una prueba más —ésta es nuestra triste conclusión— de ese velo de ignorancia que va sepultando ya, en la gran masa de la población española, las letras de los clásicos y que, en el mejor de los casos, tolera sólo lo más anécdotico, superficial o infantil que en ellas pueda encontrarse, arrinconando todo lo demás.
    Vivimos —¿o morimos?— inmersos en una sociedad que parece caminar con entusiasmo digno de mejor causa hacia la infancia, no ya hacia la que proponía y aun exigía a sus seguidores el Rabí de Galilea, sino hacia la que —siguiendo el étimo del término en cuestión— carece de palabras, de letras, de escritura: sociedad ágrafa e iletrada, sociedad ese-eme-ese que va, irremediablemente, rodeándonos e intentando anegarnos día tras día.

Pablo Herrero Hernández

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2 comentarios

  1. Carlos Patrignani |Responder

    Muchísimas gracias por tus lecciones de precisión lingüística y sensibilidad literaria y emocional. Con tus comentarios no solo parece que estamos en clases virtuales -por los conocimientos que nos facilitas- sino porque -y eso es algo que se olvida con demasiada frecuencia- el conocimiento está dirigido a hacernos mejores personas.

    Un fuerta abrazo,

    Carlos Patriganni.

  2. Muchas gracias por tu aprecio, Carlo. La verdad es que no pretendo dar lecciones a nadie, sino, en todo caso, poner en la picota usos y tendencias que me parecen erróneos o injustos. Intento hablar siempre de lo que conozco, y el Padre Coloma es uno de los autores del siglo XIX español que he ido frecuentando a lo largo de la vida (ahora lo tenía un poco postergado, y será buena ocasión para refrescar su recuerdo).
    Desde luego, como muy bien dices, si fuéramos siempre conscientes de que el fin último del conocimiento no es otro que la ética —ser mejor en sí y consigo mismo para serlo también con los demás—, cambiaría completamente la perspectiva con que abordar, por ejemplo, la frecuentación de los clásicos y, en general, el planteamiento de todo lo que conforma lo que llamamos «cultura».
    Tu intervención, como ves, desencadena toda una serie de reflexiones que tal vez puedan ser objeto de una entrada autónoma sobre la relación conocimiento-comportamiento. Ahi queda apuntado el deseo.
    Y estas puertas están siempre abiertas a posibles colaboraciones…

    Un fuerte abrazo, con toda gratitud.

    Pablo

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