Elogio —¿fúnebre?— del punto y coma

Nuestro abuelo, el periodista, traductor y escritor Luis Hernández Alfonso, había heredado, a la par que muchos otros escritores españoles del siglo XX, la impecable sintaxis que caracterizó a los grandes novelistas de nuestro siglo XIX —Siglo de Oro de ese género no sólo en España, sino también en Francia, en Gran Bretaña, en Italia, en Alemania o en Rusia—. Galdós, Valera, Pereda, Clarín, Alarcón, la Pardo Bazán y tantos otros buenos escritores de aquel siglo —que se prolonga en el que fue nuestro, por ejemplo, hasta un Baroja— solían puntuar de manera prácticamente perfecta, dando el justo valor en sus oraciones a comas, puntos, puntos y comas y demás signos. Basta con abrir cualquiera de sus obras para percatarse de ello.

Luego vino, por ejemplo, el inaguantable Azorín —uno de los pocos casos en que el actual velo de olvido caído sobre un escritor se nos antoja más que justo—, con su proverbial siembra de puntos a razón de tres por línea; vinieron también los plumíferos aprendices de futuristas que decidieron, entre otras, la proscripción de las comas —aunque forzoso es reconocer que en España, diferentemente de lo que acaeció, por ejemplo, en Italia, su prédica no gozó, por fortuna, de gran influencia—; vino también un cierto García Lorca —al que parece que no se le puede criticar literariamente hablando lo más mínimo, un poco como, en otro orden de cosas, a nuestro actual borbón— anunciando y propugnando voce magna la muerte del punto y coma (y cabe observar, al respecto, que este escritor, tan aupado al empíreo de las letras hispanas por motivos extraliterarios todo lo lamentables que se quiera, si fue buen poeta y dramaturgo de éxito —en esta última faceta acaso no tan grande como muchos piensan—, nunca brilló especialmente en la prosa, que es o debería ser, por obvios motivos, reino, palenque y señorío del punto y coma).

Y vino, por último y por ahora, la actual generación iletrada y, por ende, no leída, la cual, en feliz coincidencia con los actuales medios de comunicación más extendidos, como los SMS o los correos electrónicos, en su gran mayoría o bien prescinde directamente de la puntuación —todos hemos visto circular por la Red mensajes de varias líneas sin un solo signo de puntuación— o bien, en el mejor de los casos, sólo sabe sembrar comas, y no siempre, por desgracia, atinadamente, sino al buen tuntún.

Todos estos factores, y seguramente varios más, han causado o están causando, como primer desastre sintáctico, la desaparición del punto y coma, de esa «pausa mayor que la marcada por la coma y menor que la señalada por el punto» (DPD) que, como su propia definición indica, supone e implica un importante matiz expresivo. Y no es de extrañar que el pueblo llano actual lo esté olvidando y obviando cuando a escribir se aventura, si escritores consagrados y, para mayor inri, miembros de la RAE, lo ningunean, rivalizando en ello con el más abnegado de los tuiteros.

Éste es el caso, por ejemplo, de Javier Marías, a quien tuvimos ocasión de alabar en estas mismas páginas con motivo de su atinada critica a las nuevas y excéntricas normas ortográficas. Causa estupor, tratándose de un escritor tan culto como él, que, en su novela Los enamoramientos, el yo narrante de María Dolz, evidente trasunto del autor pese al cambio de sexo, siembre comas donde la frase pide a gritos un punto y coma, hasta el punto de que tal vez se cuenten con los dedos de una mano las ocurrencias de este signo de puntuación en las 395 páginas de la novela, con el lamentable resultado de cargarse todo matiz de pausa y toda estructura sintáctica.

Véase, de los centenares de pasajes que podríamos citar, el siguiente: «…se había abalanzado sobre él por detrás y lo había apuñalado repetidamente, tirándole las cuchilladas al tórax y a un costado, según un periódico, a la espalda y al abdomen, según otro, y a la espalda, el tórax y el hemitórax, según un tercero» (p. 47). A la vista está que, si el punto y coma sería cuando menos deseable después de «otro», objetiva y ciertamente se impondría después de «periódico». O este otro, modélico: «Le pregunté las señas, me las dio, era bastante cerca». Aquí, el encadenamiento de tres acciones completamente distintas, y cada una con su correspondiente sujeto, pedía igualmente a gritos un punto y coma en lugar de cada coma. Y podíamos traer muchos otros casos de esta puntuación, que en el mejor de los casos cabe tildar de dejada y poco trabajada en la pluma de un académico culto como Javier Marías.

A quien alegue que, de entre todos los signos de puntuación, el punto y coma es el que «presenta un mayor grado de subjetividad en su empleo» (DPD), concederemos que ésta es, desde luego, una verdad como un templo; pero nos permitiremos recordarle también lo que la misma RAE dice a renglón seguido con idéntica razón y justicia: que «esto no significa que el punto y coma sea un signo prescindible».

Para convencer de ello bastará concluir este pequeño alegato a favor del punto y coma con algún ejemplo tomado al azar de unos cuantos de nuestros buenos novelistas:

«César encontraba algo absurdo ser querido así; además, veía que ella le arrastraba a él; a los seis meses de casados, ella le iba haciendo cambiar de ideas y de vida, y él no influía en ella absolutamente nada» (Pío Baroja, César o nada, cap. XIV).

«Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad» (Vicente Blasco Ibáñez, Los argonautas, cap. XI).

«Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él, que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino, siendo glotón a la vez que gastrónomo, gourmand a la vez que gourmet; un tonel sin fondo en cuanto a la calidad y modo de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago» (Luis Coloma, Pequeñeces, cap. III).

«Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en estos tiempos, vióse reducido a la indigencia; pero está probado que procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, como lo acredita la ejecutoria que posee; y, además, figúrese Su Paternidad si tendrá méritos personales cuando la Junta Central le dió espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el Gobierno francés» (Benito Pérez Galdos, Episodios Nacionales.— Napoleón, en Chamartín, cap. XXV).

Pablo Herrero Hernández

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6 comentarios

  1. Me temo que yo, que soy nuevo en estas lides de la escritura, además sin suficiente preparación, cometa muchos errores de este tipo. Intentaremos tratar mejor al punto y coma.

    Un saludo.

    1. Amigo Eduardo: No creo que haya que tener miedo a equivocarse, en esto como en todo lo que se refiere al estilo. En gajes de puntuación, y más en el uso del punto y coma, es muy poco lo rigurosamente preceptivo, y la mayor parte del peso recae en el gusto y oído de quien escribe. Dicho esto, para mí no hay como leer a buenos prosistas como los que se citan en el artículo —o a muchos otros que se quedaron en el teclado—, para tomarle cariño y afición al punto y coma y empezar a utilizarlo en los escritos propios.
      Muchas gracias por tu intervención, y un saludo muy cordial.

  2. Entonces, no usan el punto y coma por no saber cómo usarlo… y, al no usarlo cuando deberían, cometen errores notables. Pues si estos gobiernan la Ciudad de la Palabra, vamos apañados. Gracias, una vez más, por tus artículos. Abrazos.

  3. Sinceramente, creo que nunca estuvo el «pandero» de nuestro idioma (me refiero, ante todo, a la RAE, pero también, más en general, al mundo académico y universitario, que debería ser modélico) en peores manos que las que lo tocan ahora. Andan por ahí ejemplos impresos de espantosa sintaxis de todo un García de la Concha, por poner un «ilustre» ejemplo. Por supuesto, también hay bastantes —si no muchas— excepciones; pero el saldo final no me parece muy alentador.
    Gracias a ti por leer estos artículos y por comentarlos.
    Un abrazo.

  4. He notado, o creído notar, que la desaparición de este signo se debe, sobre todo, a los traductores. Leemos un aluvión de textos y novelas que provienen, principalmente, del inglés; y los traductores no encuentran el “punto y coma ” en el original. Deberían ponerlo ellos mismos… pero quizá no lo saben, o no quieren comprometerse, o no tienen tiempo para pensarlo. Luego el libro traducido sale como ya sabemos; y nos acostumbramos a leer -y entender- sin el signo mencionado.

  5. Estimado Carolus: No puedo estar más de acuerdo con su atribución de la causa de esa falta del punto y coma. Como traductor y también, de un tiempo a esta parte por lo menos, como revisor de traducciones ajenas, noto en muchos de mis colegas un respeto ilógico e indebido —muy espeialmente en textos no literarios o creativos— a la puntuación del original, sin ninguna consideración por la sintaxis española, que prefiere y requiere en general una articulación más amplia de las oraciones, en la que el punto y coma tiene una función específica que cumplir. Como bien dice usted, del traductor al lector, y del lector cuando escribe al lector segundo que lee lo escrito por él, la falta se va asumiendo como algo normal y hasta normativo, en un ciclo vicioso en la expresión escrita muy parecido al que denunciábamos en estas mismas columnas (https://defensadelidioma.wordpress.com/2011/04/19/del-espanol-%C2%ABdoblado%C2%BB/) en relación con los vicios del doblaje del inglés y su influencia en el habla del español actual.
    Por cierto, enhorabuena por su blog, que seguiré con atención y al que enlazaré desde aquí. Veo por él que le apasiona el tema de las citas, por lo que me permito indicarle otro blog de mi autoría, «Cuaderno de glosas y subrayados» (cuyo enlace figura en esta página), que pretende precisamente ir recopilando citas de mis lecturas.
    Reciba un saludo muy cordial.

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