El parto de los montes

La siguiente noticia, que la todavía Real Academia Española cuelga hoy triunfalmente en la portada de su sitio en Internet, dice mucho sobre la labor de algunas instituciones patrias. Declara con emoción apenas disimulada el anónimo redactor de tan fausta nueva (que recomendamos leer, como procede, con engolamiento y solemnidad propias del añorado locutor del NODO, y si es posible cuadrándose en señal de respeto):

«El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, ha entregado hoy a Soledad Becerril, en una reunión celebrada en la sede de la RAE, el informe solicitado por la oficina del Defensor del Pueblo sobre el uso de la firma del titular de este cargo cuando lo ocupa una mujer, como sucede en la actualidad.
El informe entregado hoy personalmente a la defensora del pueblo por el director de la RAE concluye que, “para designar la institución, debe mantenerse la denominación Defensor del Pueblo —precedida o no del sustantivo genérico— y que, en cambio, para hacer referencia al cargo, debe establecerse la concordancia de persona en función del sexo del referente. Por tanto, en el caso actual, los escritos oficiales deben utilizar la expresión defensora del pueblo”».

Por un lado, la Defensora del Pueblo —por lo visto sin nada más interesante ni apremiante que hacer, habida cuenta de la balsa de aceite que es la España actual y de la idílica situación por la que atraviesa su feliz, próspera y jubilosa ciudadanía— se despertó una mañana embargada, devorada y carcomida por la hamlética duda sobre si su sexo había de influir o no en el género de la institución por ella presidida. Nos parece verla: descompuesta, llega a su despacho del palacete de estilo «remordimiento español» que alberga tan prescindible institución y pide que la pongan de inmediato con su homólogo en la otra entidad —no menos  prescindible que aquélla— que ocupa un caserón de rojo ladrillo y portada griega —es decir un caserón oxímoron— detrás del Prado.

Y nos parece ver, igualmente, al mandarín académico, conmovido, emocionado y transido ante la importante misión encomendada por la Patria, tocando a rebato   la polvorienta campanilla de la institución y llamando a capítulo a las lumbreras de la Casa (principalmente columnistas y novelistas de tres al cuarto)  para, en una escena afín a la de la famosa consulta de galenos de El rey que rabió, elaborar —¡ahí es poco!— nada menos que todo un informe para dictaminar, corroborar y confirmar algo tan evidente, lampante y trivial que hasta un niño de primaria de los antes lo sabría (de los de ahora no nos atrevemos a afirmarlo, ni de muchos de sus maestros): verbigracia, ¡que la mujer que ocupa el cargo de Defensor del Pueblo deberá llamarse defensora, lo mismo que la titular de un ministerio es ministra,  y la que desempeña una portería —si es que aún existen porterías—, portera!

El país se estará yendo al cuerno —si nos permiten tan coloquial expresión—, pero en lo tocante a sus instituciones, ya podemos ver los levantiscos súbditos, contribuyentes y ciudadanos cómo trabajan febrilmente en pro de nuestro bienestar. ¡Y es que las nuestras son puras ganas de protestar! Menos mal que la RAE y la Defensora del Pueblo velan por nosotros. ¡Qué suerte, la nuestra!

Pablo Herrero Hernández

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8 comentarios

  1. Y una duda malpensada… ¿La RAE habrá elaborado gratuitamente dicho informe o se lo habremos pagado otra vez entre los pringados del país?

  2. Lo haya hecho gratuitamente o no, la cosa no cambia: la Academia es institución estatal —no así otras que llevan el mismo título, como la de Jurisprudencia y Legislación, que pese a titularse como «Real» es privada—, por lo que la mantenemos entre todos; claro que, por una vez los recortes que seguramente haya sufrido —su presupuesto nunca ha sido esplendoroso— no deberían causar, como muchos otros, alarma social, sino, muy al contrario, plácemes, congratulaciones y alborozo popular y generalizado.
    Gracias por su «duda» muy bien pensada.

  3. soledad andres castellanos |Responder

    Sí que es al menos sorprendente que estemos todavía aquí. Yo empecé a ocuparme de los asuntos relacionados con el sexismo lingüístico en los años 90, y continué, estimulada por el interés de muchos de
    mis alumnos, hasta 2005, en que me jubilé. Sin alumnos, ahora no tengo tiempo para estos asuntos, otras cuestiones ocupan mi cabeza. Mi impresión es que avanzamos muy poquito, a veces hasta retrocedemos descaradamente, pero, ay, me temo que no es solo en este sector…
    Me encantan tus reflexiones, Pablo.
    Te recomiendo las publicaciones de Marina Yaguello, que, al menos desde los años 80 estuvo observando, desde la ironía y la inteligencia, estas cuestiones en la lengua francesa. La Academia Francesa también se lució, prohibiendo a las ministras el uso del femenino en la denominación del cargo, como también hizo con las primeras, escasas, académicas. Ahora, de memoria, creo recordar el caso de Yourcenar, quizá en 1981; naturalmente, algunas rebeldes no hicieron ni caso. Los académicos, franceses y españoles, olvidan siempre que la Virgen María nos dio ejemplo, pues fue durante siglos y siglos ‘abogada nuestra’.
    ms

  4. Querida Marisol:

    ¡Qué alegría leerte y saber también que me lees! Desde luego en todo lo que afecta a la lengua, y muy señaladamente en lo relacionado, como bien dices, con el «sexismo lingüístico», tu palabra es, más aún que autorizada, ley. De ahí mi satisfacción por ver que no voy demasiado descarriado al sorprenderme por lo del informe de marras.
    Apunto desde ahora el nombre de Marina Yaguello e indagaré al respecto, pues me interesa mucho, por los muchos y fuertes lazos laborales y culturales que me unen a Francia, saber lo que pasó allí.
    No sé si en algún artículo aquí he hablado ya alguna vez del curioso fenómeno de Italia a este respecto; allí, y aun siendo un idioma que como el nuestro permite cómodamente la formación de femeninos a partir de masculinos (professore/professoressa, direttore/direttrice, segretario/segretaria…), el feminismo ha seguido el camino opuesto, y reivindica y ya ha hecho suyo el masculino del cargo como si la aplicación del mismo a una mujer fuera señal de «no sexismo». Así, se habla de «il ministro Fulanita de Tal», y directoras, secretarias generales, rectoras, decanas, abogadas y prácticamente cualquier otra mujer que ocupe un cargo o desempeñe ciertas profesiones suele anteponer a su firma el título masculino, y así suele constar también en sus tarjetas de visita.
    Así que, como bien concluyes, no sólo en Francia y en España, sino que también en Italia, otro gran país de tradición católica, parece haberse olvidado del ejemplo mariano que tan oportunamente traes a colación (también en Italia se ha rezado la Salve diciendo de la Virgen «avvocata nostra», pero ahora todas o casi todas las que desempeñan esa profesión suelen llamarse, presentarse y titularse como «l’avvocato Fulanita de Tal»). En eso, por lo menos en España, estamos mejor.
    Muchas gracias por tu comentario, tan enriquecedor como tuyo.

    Pablo

  5. soledad andres castellanos |Responder

    Encantada de leer tu largo comentario. No me extraña nada la solución italiana actual de preferir el masculino. Ya hace mil años, uno de mis más admirados guías en estas lides, Álvaro García Meseguer, ingeniero especialista en hormigón armado, pero aficionadísimo al estudio del sexismo lingüístico, autor de dos excelentes libros y un montón de artículos sobre estas cosas, reconocía como válida esta solución que prefieren muchas mujeres, puesto que seguimos con el rollo increíble de que ‘el masculino es más prestigioso’. En la época en que me dediqué a estos rollos, no tuve tiempo de informarme sobre el italiano, así que me ha interesado muchiiiisimo lo que me cuentas.
    ms

  6. En efecto, esa solución que presentaba García Meseguer parece coincidir con la adoptada en Italia desde hace unas decenas de años: claro que quienes la sostienen no admitirán de ninguna manera que «el masculino es más prestigioso», sino que la designación del cargo o de la profesión heredada de un pasado machista constituye una suerte de «neutro» aplicable tanto a hombres como a mujeres. A mí, con todos los respetos, me sigue pareciendo una opción muy discutible, y no sólo desde el punto de vista lingüístico y gramatical, sino también desde el sociopolítico, por así llamarlo. Ello no significa que no existan ejemplos de una tendencia afín en el español actual, si bien están, por suerte, muy limitados a algunos términos concretos: es el caso del —a mi modo de ver— injustamente proscrito «poetisa», o el de un hipotético «sacerdotisa» aplicado no ya a las pretéritas de antiguas religiones, sino a las actuales de ciertas confesiones protestantes, a las que oigo llamar en España mayoritariamente «mujeres sacerdote», engendro que creo estarás de acuerdo conmigo en que es tan disparatado en lo lingüístico como en lo conceptual.
    Gracias una vez más por tan sugestivo debate.

    Pablo

  7. ¡ Dio mio ! Con tanta podredumbre que acumulan y con un pais tan dolorido, tenemos que tragar con esos ejemplos.

  8. Así están las cosas, en efecto, querido José Luis. Esto no es más que la guinda de la tarta.
    Gracias por tu comentario y un fuerte abrazo.

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