Publicaciones de la categoría: Anglicismos

¿Gamificación?

Se trata de un anglicismo absolutamente reprobable, ya que, en buen español, gamificación sólo podría significar el proceso de convertirse algo en una gama (¡o en un gamo!). Aunque, dada su difusión, damos ya la batalla por perdida, no por ello vamos a dejar de indicar una alternativa bien construida en nuestro idioma: ludificación, que recurre al latín ludus, cuyo étimo hallamos igualmente en otros términos —todos ellos de moderna introducción— referidos al juego, como lúdico, ludopatía, ludópata…

Es de lamentar, una vez más, que las academias que debieran velar por la lengua española —tanto la de este lado del charco como las del otro—, en vez de tanto mirarse el ombligo celebrando congresos absolutamente innecesarios en los que se repite como una letanía el mantra de la «excelente salud de que goza el español» y se reitera con necio orgullo la clasificación de éste entre las primeras lenguas del mundo (sin parar mientes en su más que comatoso estado), no constituyan comités de intervención urgente para atajar a la raíz la introducción de barbarismos como el que nos ocupa y proponer, recomendar y hasta exigir —por ejemplo en los medios públicos y en los documentos oficiales— el empleo de alguna alternativa sabia y castizamente concebida: es lo que hace, por ejemplo, en Francia su correspondiente academia, a la que deberían mirar nuestros inutilísimos inmortales.

De otra manera, la labor de éstos ante casos como el de gamificación se limita, como siempre, a mirar para otro lado mientras el barbarismo se instala a sus anchas y, una vez asentado y arraigado éste, a entronizarlo con todas sus bendiciones en el templo de la lengua, acompañándolo con la consabida jaculatoria, que viene a ser, sobre poco más o menos, la siguiente: «Empléese esta forma, por ser la más extendida».

Pablo Herrero Hernández

Anuncios

¿Abrahán o Abraham?

A diferencia de otras versiones de la Biblia de época reciente —como la por otra parte muy meritoria Biblia de Jerusalén—, la versión oficial del texto bíblico publicada por la Conferencia Episcopal Española hace unos dos años (y que a partir del que viene será, según tenemos noticia, la que adopten los textos litúrgicos de esta confesión en España) ha optado, con muy buen acuerdo, por la forma hispanizada Abrahán frente a la más etimológica de Abraham.

Nos parece un criterio excelente, el de esta adaptación de la forma semítica al genio de nuestra lengua, a la que es ajena la terminación en eme. Con ello no se hace, además, sino adaptar la grafía del nombre del patriarca a la completamente asentada de otros nombres propios bíblicos como Adán, Joaquín o Efraín, por no recordar topónimos de tanta importancia y notorio arraigo en nuestra cultura como los de Jerusalén o Belén.

También nos alegra mucho comprobar que esta nueva versión autorizada del texto bíblico en español no cae en el ridículo vicio que aqueja a innumerables padres y madres españoles —cuando no a las propias interesadas—: el de añadir una hache espuria, totalmente ajena al espíritu de nuestra lengua, a la hora de imponer a alguna de sus hijas los clásicos nombres de heroínas bíblicas como Rut, Ester o Judit, que bueno será recordar que en español no llevan esa hache, importada no ya del hebreo bíblico, sino de otros idiomas modernos.

Por mucho que en el Registro Civil las Ruth, Esther o Judith —y hasta puede que ya las Martha— sean legión (algo que comprobamos con frecuencia quienes ejercemos el oficio de traductores jurados), conviene que se sepa que el uso castizo reprueba en estos casos el añadido de la hache, al igual que en topónimos asimismo de procedencia bíblica, como el de Nazaret.

Con gran acierto, pues, el nuevo texto oficial bíblico de la iglesia católica en España no se ha doblegado, en este caso, a la tendencia dominante.

Pablo Herrero Hernández

Mi cadera y la gira de Lady Gaga

Al leer este mediodía «El País» digital, quien estas líneas firma ha emitido un suspiro de alivio. Hace precisamente dos días, un molesto problema de cadera lo mantuvo inmovilizado en casa. Y al leer el siguiente titular…

Lady Gaga

…no ha podido menos de alegrarse, al quedar acreditado que ha sido el problema en la cadera de Lady Gagasu cadera») —y no, por ejemplo, el de la cadera del firmante,— lo que ha impedido la gira de tan cotizada estrella. ¡Y luego dirán que el periodismo no cumple una función social!

Es curioso, por cierto, el mundo del periodismo español: con alguna honrosa excepción, sus porfesionales no saben ni redactar ni pronunciar en inglés, de manera medianamente presentable, más de dos o tres frases trilladas de manual para turistas, pero —paradójicamente— calcan las estructuras de este idioma al español (en este caso, los posesivos) con una fidelidad rayana con el fanatismo.

¿Será que tampoco saben español?

Pablo Herrero Hernández

Un imperativo que ya no impera

Una compañera de lides traductoriles —y sin embargo amiga— nos pide que digamos algo sobre «la cuestión de los imperativos». Y prosigue: «Hace años ya que me pregunto dónde han ido a parar. Apenas los oigo. Esa espeluznante costumbre bien arraigada de convertirlos en infinitivos (¡beber el vaso de leche! ¡callarse todos! y demás perlas) los ha borrado del universo del discurso». Coincidimos completamente con su diagnóstico de la situación casi comatosa en la que vive el imperativo plural de segunda persona del plural en oraciones afirmativas como las que aporta nuestra correspondiente. Lejos quedan ya los tiempos en que leíamos, por ejemplo, en puertas de todo tipo de establecimientos, rótulos que indicaban correctamente: «Empujad» o «Tirad» (recordamos, sin ir más lejos, las numerosas puertas de cristal que daban acceso a la Torre de Madrid en la madrileña plaza de España, desaparecidas, junto con sus correspondientes rótulos de color rojo, en la última reforma del edificio).

En este como en otros casos, la ignorancia de gran parte de los hablantes y escribientes  —que posiblemente olvidan o desconocen en su gran mayoría la propia existencia de la forma plural del  imperativo—, conjugada con la perniciosa influencia del infinitivo inglés en su empleo con valor imperativo en todo tipo de textos y soportes, debe de haber determinado la actual situación.

Una situación, ésta, que la propia RAE —que ya ni fija, ni limpia, ni mucho menos da esplendor— contribuye, una vez más, a embrollar y a empeorar, ante todo cuando nos informa de la existencia de un «habla esmerada» en la que «no se considera correcto el uso del infinitivo en lugar del imperativo, como se hace a menudo en el habla coloquial». ¡Mal vamos si distinguimos, en el conjunto de la normativa ortográfica y gramatical —no estamos hablando de estilo, ni de registro lingüístico—, un habla esmerada y un habla coloquial, cada una con sus propias leyes!

Pero no para ahí la grave responsabilidad de la Academia en el coma profundo que aqueja actualmente al imperativo plural, inmolado en el altar del todopoderoso infinitivo, ya que, al dictaminar que «no debe confundirse el empleo desaconsejable del infinitivo en lugar del imperativo de segunda persona del plural con la aparición del infinitivo con valor exhortativo en indicaciones, advertencias, recomendaciones o avisos dirigidos a un interlocutor colectivo e indeterminado, habituales en las instrucciones de uso de los aparatos, las etiquetas de los productos o los carteles que dan indicaciones…» —por tratarse, según ella, de «estructuras impersonales en las que no se da una orden directa, sino que se pone de manifiesto una recomendación, una obligación o una prohibición de carácter general»—, lo que está haciendo es, amén de asignar al infinitivo un valor del que gramaticalmente en puridad carece, condenar al imperativo  de segunda persona del plural a desaparecer del universo visual del hablante (instrucciones, etiquetas, carteles…) y, por consiguiente, de ese «universo del discurso» al que tan acertadamente se refiere nuestra compañera, depauperando así un idioma últimamente ya bastante empobrecido.

Pablo Herrero Hernández

Una compañía poco aplicada

Nos llega lo que seguimos tozudamente llamando en España recibo de la luz en vez de factura, que sería lo correcto, y al susto que nos producen las nuevas tarifas se le añade otro de carácter gramatical y sintáctico.

Escribe Iberdrola, para justificar lo que eufemísticamente llama «ajuste periodo 23 a 31 diciembre 2011», que éste obedece a una resolución del Ministerio del ramo, y que el mismo «aplica a los consumos producidos entre el 23 y el 31 de diciembre, ambos incluidos».

El uso del verbo aplicar con la acepción de ‘emplear o poner en práctica [algo] con un fin determinado’ (DPD) es siempre transitivo, por lo que Iberdrola aplica el ajuste a los consumos, pero el ajuste se aplica o es aplicado a los mismos.

Lo creemos, a pie juntillas, anglicismo absolutamente reprobable. Y no es el único que se comete aplicando abusivamente en español el verbo inglés to apply.

Pablo Herrero Hernández

Estar previsto a…

Esta mañana, en el Eskup de «El País» (suponemos se dirá así), una construcción que jamás habíamos visto ni oído nos ha llamado la atención, y hemos tenido que releerla para cerciorarnos de que la habíamos entendido bien y de que no se trataba de una mala pasada que la vista nos había jugado. Hablaba la información del inminente abandono de la energía nuclear en el Japón, y terminaba diciendo que «el único reactor que continúa operativo —lo de operativo merece una próxima entrada aparte— está previsto a ser apagado en mayo».

La construcción de marras, al parecer, está bastante extendida,  especialmente en tierras americanas, y constituye, a nuestro humilde entender, un verdadero barbarismo sintáctico, resultado de calcar al español la estructura inglesa «to be foreseen to + infinitivo».

El anónimo perpetrador del texto de «El País» habría podido escribir, sin menoscabo alguno de nuestro idioma: «…está previsto que se apague en mayo», «…está previsto que sea apagado en mayo»,  «…se prevé apagarlo en mayo», «…se prevé que sea apagado en mayo»…

Otro ejemplo que encontramos en la Red, procedente éste de la República Dominicana, da pie para indicar otras posibilidades de decir correctamente en español lo que se pretende. Dice el original: «La obra, que está prevista a ser terminada en unos ocho meses, estará bajo la supervisión…» (en realidad, el original habla de supervisón, que imaginamos será el no va más en cuestión de pieles).

En este caso, además de las soluciones apuntadas arriba para el texto de «El País» (p. ej., «La obra, que se prevé terminar en unos ocho meses..»), otra buena opción sería la de bajar al pronombre relativo cuyo de ese desván de trastos supuestamente inútiles en el que la ignorancia de muchos escribientes —y de no pocos escritores actuales, si queremos mantener tan discutible diferenciación— parece haberlo arrumbado, y decir: «La obra, cuya terminación se prevé en unos ocho meses —o, mejor aún, «para dentro de unos ocho meses»—, estará bajo la supervisión…».

Todo, menos emplear en español la aberrante construcción «estar previsto a + infinitivo».

Pablo Herrero Hernández

Secuelas que se cuelan

Una colega traductora nos ruega amablemente que digamos algo acerca del uso y abuso de secuela por parte de los medios de comunicación para significar la continuación de una película o de un libro.

Se trata de una palabra que en español presenta hoy en día dos acepciones básicas, distintas de la citada (‘consecuencia o resulta de algo’ y ‘ trastorno o lesión que queda tras la curación de una enfermedad o un traumatismo, y que es consecuencia de ellos’). Incorporarla a nuestra lengua con el significado de continuación de una obra literaria, cinematográfica o afín a éstas constituye, a nuestro entender, un anglicismo innecesario.

En efecto, en inglés el latinismo sequel sí tiene mayoritariamente este significado, además del primero de los que tiene en español. Pero no vemos qué valor añadido pueda aportar el término secuela en dicha acepción concreta respecto a continuación.

En el origen de este vicio está, desde luego, el papanatismo copialotodo que caracteriza a gran parte de los medios de comunicación españoles y que  acaba arrinconando —cuando no proscribiendo— los vocablos propios, bien para acoger a equivalentes foráneos que nada les añaden, bien —como en el caso de marras— para cargar a una palabra ya presente en nuestro léxico con una nueva acepción, a todas luces innecesaria.

Y obsérvese que el hecho de que —en este caso como en algunos otros— el préstamo del inglés proceda del latín, matriz del español, en nada rebaja, a nuestro juicio, su improcedencia.

Pablo Herrero Hernández

Del español «doblado»

El documentado artículo del profesor Juan Luis Conde que hemos tenido el honor y el placer de publicar en esta bitácora es de los que mueven a la reflexión. Certeramente, a nuestro juicio, amplía el ámbito de introducción de los calcos innecesarios, abusivos y empobrecedores (con ese «efecto obús» al que atinadamente se refiere) de la terminología a la expresión y a la sintaxis, y localiza con análogo acierto y exactitud la fuente principal del deterioro de nuestro idioma en los malos doblajes y las malas traducciones, particularmente de películas y de series televisivas.

Hace tiempo que venimos observando, en películas y series estadounidenses o inglesas dobladas o subtituladas en español, uno de estos vicios: la traducción, prácticamente permanente, machacona, de la pregunta inglesa «Seriously?» como «¿En serio?», en situaciones para las que, en español de España, siempre hemos recurrido a una amplia variedad de soluciones, dependiendo del contexto y del interlocutor, y, llegado el caso, echando mano incluso de la exclamación en lugar de la interrogación («¿De veras?», «¿De verdad?», «¿Qué me dice(s)?», «¿Lo dice(s) en serio?»,  «¡No me diga(s)!», «¡No me lo puedo creer!», «¡Lo que hay que oír!»,  «¡Acabáramos!», etcétera…). Naturalmente —como bien apunta el profesor Conde—, los hablantes de español expuestos sin ningún bagaje cultural a la obra destructiva de la «caja tonta», acaban preguntando, en su vida diaria, «¿en serio?» a troche y moche, y las demás expresiones van cayendo en el olvido (no sabemos la de años que llevamos sin oír, fuera de nuestro entorno más inmediato, un «¿de veras?»).

Lógicamente también, el calco transmitido por la mala traducción de una serie foránea, una vez tomada carta de naturaleza en el habla diaria, acaba inevitablemente reflejado en las series de producción propia, las cuales multiplican indefinidamente ese «efecto obús» al que hace referencia el ilustre catedrático de la Universidad Complutense. Un ejemplo reciente: la semana pasada, en dos series televisivas de producción española —y, para más inri, de buen nivel en cuanto a guión (con perdón), reparto e interpretación—, sendos personajes, uno al sufrir un ataque al corazón y otro al desvanecerse su jefa, en vez de pedir —como siempre se ha hecho en España en casos similares, y como nosotros mismos haríamos, llegado el caso— «¡Auxilio!» o «¡Socorro!», no hacían más que repetir: «¡Ayuda! ¡Ayuda!», en claro calco, ya naturalizado, del inglés «Help!».

Bueno es conocer los nuevos usos: no vaya a ser que un día, precisados de auxilio, pidamos «¡Socorro!» y nadie se dé por aludido por no llamarse así.

Pablo Herrero Hernández

Castellano doblado. Interferencias del inglés en el castellano contemporáneo

En el n.º 122 de «Punto y Coma» —Boletín de los traductores españoles de las instituciones de la Unión Europea— correspondiente a marzo/abril de este año, D. Juan Luis Conde, profesor de Filología Latina en la Universidad Complutense de Madrid, publica el siguiente e interesante artículo, que reproducimos en su integridad en nuestra bitácora con su autorización expresa, por la que le estamos muy agradecidos.

El 13 de mayo de 1993, y bajo el título «Modernos y elegantes», el escritor Julio Llamazares publicó en el diario El País un divertido artículo que desde entonces ha corrido mucho, llegando incluso a circular por Internet como un anónimo, reelaborado y reenviado por cada internauta como un palimpsesto. En aquel texto, su autor pretendía denunciar y ridiculizar la actitud de importación indiscriminada e incontinente de términos ingleses, que por entonces afloraba en España. Sus primeras líneas dan el tono del artículo: «Desde que las insignias se llaman pins, los homosexuales gays, las comidas frías lunchs [sic], y los repartos de cine castings, este país no es el mismo: ahora es mucho, muchísimo más moderno».

1. Una nueva evaluación de la modernidad lingüística

Su percepción ―consciente o inconsciente― de que la llamada modernidad no era (es) más que un disfraz o una coartada de las relaciones de poder es muy correcta. «Modernidad» es, ciertamente, una coartada más atrayente que cualquier «superioridad» basada en cualesquiera supuestas ventajas inherentes a esa lengua. La sensibilidad y la sumisión a esa forma específica de poder (y a la avaricia de apoderarse de su capital simbólico, que algunos ven inmenso) es lo que yo llamaría papanatismo.
La intención de Llamazares es satírica, y su idea de una substitución de palabras tradicionales castellanas por otras inglesas una a una no pretendía otra cosa que conseguir el ridículo por acumulación casi caótica. Como hemos tenido ocasión de comprobar con el paso de los años, ese planteamiento daba una idea insuficiente de la gravedad del proceso: el problema real es que cada término importado del inglés por los papanatas (economistas, periodistas, tecnócratas, negociantes, tenderos o simples indocumentados con trascendencia pública) cae sobre la lengua de llegada como un obús que deja a su alrededor un socavón de silencio en forma de palabras extinguidas. La fascinación por el neologismo imanta la imaginación verbal y la reseca. Como sucede a menudo con una especie foránea que se trasplanta, en torno a cada importación se rompe el equilibrio ecológico, crece el desierto y surge una nueva lengua para el intercambio habitual sin la flora ni la fauna autóctonas, irremisiblemente depauperada.
Por no extenderme demasiado me limitaré a una importación reciente pero especialmente ilustrativa del efecto obús: me refiero a la versión anglófona de «ratio», el viejo término latino del que deriva el castellano «razón». Pues bien, el uso sumiso de «ratio» no suple a una palabra castellana, sino que ha provocado la cuasiextinción de una retahíla de recursos léxicos: los substantivos «proporción», «promedio», «media», la expresión «por término medio», ciertos sentidos de «relación» e incluso «razón» en la locución preposicional «a razón de». Convertida en fetiche, «ratio» ha ampliado su campo designativo hasta abarcar cualquier dato al que, en el ámbito de las cuantificaciones, quiera pintársele bigote. En una reciente carta que he recibido de D. Rodrigo Rato, presidente de Cajamadrid, alabándose a sí mismo y a su buena gestión medida en porcentajes, la palabra «ratio» (o, más exactamente en plural, «los ratios», sic) significaba sencillamente «cifra».
Los años trascurridos desde la publicación del artículo pionero de Julio Llamazares nos han permitido un balance más atinado de los daños ocasionados en la lengua castellana por obra de los modernos papanatas anglómanos. Llamazares se centra exclusivamente en el léxico, y esa esfera es, si se quiere, la más superficial y controlable, por evidente. Mucho más perturbadores son los mimetismos relacionados con estructuras y hábitos lingüísticos, puesto que estas modificaciones operan imperceptiblemente (es decir, como si se debieran a decisiones propias de los usuarios de la lengua, al haber desaparecido todo rastro formal o superficial de la lengua inglesa). Como en el caso del léxico, las novedades no simplemente substituyen a un recurso tradicional del castellano, sino que, habitualmente, socavan o diluyen diferencias funcionales, estilísticas o connotativas elaboradas por el trabajo intergeneracional en nuestra lengua.

El calco como creatividad

En mis años mozos me movilicé muchas veces contra el ingreso de mi país en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. En aquellos tiempos, entre los setenta y los ochenta del siglo pasado, las pancartas que levantábamos rezaban «OTAN, no». Por aquel entonces, los coches de los que tenían coche y las motos de los que tenían moto (incluso las bicis de los que tenían bici) llevaban adheridas en algún lugar visible alegres pegatinas con el lema «Nucleares, no (gracias)». Ese tipo de formulación del rechazo era lo que se hacía habitualmente en la lengua del país: la tipología del castellano impone que el rechazo a algo o alguien se exprese detrás del nombre de la cosa rechazada, igual que decimos «Tonterías, ninguna», u «Hoy póngame plátanos, pero naranjas, no», o «Perros, no» (con o sin coma). Sin embargo, en las manifestaciones de los tiempos en que escribo esto, leo otra manera de poner las cosas: «No a la guerra de Irak», «No al laicismo agresivo», «No a las drogas», etc. La negación se antepone y se liga sintácticamente.
No se trata de que este nuevo procedimiento para eslóganes de condena o rechazo sea, digamos, incorrecto o agramatical. Aunque peregrino y merodeante, siempre ha estado disponible. Se trata de que el viejo modo expresivo ha desaparecido del uso. ¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que han empezado a traducirse palabra por palabra lemas originados en los Estados Unidos (en cuya lengua, la negación precede a lo negado: No dogs, No war, No nukes, etc.), para proceder luego a aclimatar su sintaxis como un rasgo de lo moderno, lo elegante o simplemente lo correcto.
Pero esa inversión de la tradición no es la única. Los sintagmas ingleses se organizan de lo particular a lo general, exactamente al revés que el castellano, que formula la realidad de lo general a lo particular. Esa es precisamente la diferencia que existe entre una lengua denominada «tipo OTAN», como la castellana, y otra «tipo NATO», como la inglesa. La adopción de una sintaxis tipológicamente inglesa ha sido secundada por el mundo del márketing, la publicidad y la negocística de forma masiva. De esa manera, sobre el modelo del archicélebre sintagma «Warner Brothers» y otros similares, sus «creativos» han conseguido que «Viajes Halcón» se transformara en «Halcón Viajes», los «Hermanos Ramírez» en «Ramírez Hermanos», el «Pabellón Fernando Buesa» en «Fernando Buesa Arena» o la «Parrilla El Javi» en (¡y juro que es un ejemplo real!) «El Javi Parrilla».
El papanatismo suele ser el pecado de la clase media con humos. Es difícil ignorar sus efectos en sectores «intelectuales» y cuadros de la administración, en el lenguaje de la economía, de las diversas políticas, desde la educativa a la sindical, incluso del ejército. Es en estos ámbitos donde se ha creado y desarrollado una nueva manera de construir plurales en castellano. Responden estos a una gramática especial que no se ajusta a ninguno de los supuestos previstos en la casuística de nuestra lengua, que se aplica en principio a palabras percibidas como cultas y (morfológicamente) extranjeras, pero que ya ha empezado a hacer estragos en su entorno ecológico. Cualquier palabra no castellana forma su plural de una única manera y siempre la misma: se le añade una sencilla -s desinencial, incluso aunque el singular termine en consonante.
Se oye, así, hablar de referéndums, ultimátums, currículums, déficits, júniors, etc. Los plurales de cultismos extranjeros, preferentemente procedentes del latín (pero también de otras lenguas, en realidad de cualquier lengua extranjera), se tratan de esta sorprendente manera: para construirlos no se recurre ni a «referenda» (como en el original latino), ni a «referendos» (que sería la adaptación morfológica natural al castellano para los cultismos), ni a «referéndumes» (la adaptación coloquial a las reglas del plural del castellano, como «álbumes» ―o «álbunes»― para «álbum» ―o «albun»―) ni, como alternativa, a permitir que sean los determinantes, adjetivos o artículos los que aporten la marca del plural manteniendo el cultismo inalterado (i.e., indeclinable) en su forma del singular latino: «los, algunos, estos referéndum». Cualquiera de esas soluciones tendría una lógica gramatical. Pero, no: la forma preferida y reiterada en la prensa es «referéndums», un plural que agrede la fonología del castellano y que no se corresponde a la forma de hacer plurales ni en latín, la lengua original de la palabra, ni en castellano. ¿Será catalán? No, por dios: aunque algunos hablantes del catalán puedan reforzar su uso, se trata del simple y sencillo plural inglés.
La introducción de un nuevo plural «fino» modificará, sin duda, la ecología del plural en castellano. Este plural «moderno» presiona: yo ya he oído «carácters» en la radio.

Películas y peliculeros

En una gran proporción, si no en su mayoría, estos mimetismos se cuelan, por así decirlo, por los intersticios de la mala traducción, una actividad cuya presencia y frecuencia en estos tiempos no se puede, por mucho que se pretenda, exagerar. En la actualidad, las vías de traducción del inglés abarcan todos los aspectos de la realidad comunicativa: sin ser apenas consciente, uno escucha traducciones de inglés cuando oye las noticias internacionales o programas musicales, cuando asiste a conferencias sobre economía, lingüística o sociología, cuando consulta instrucciones de uso y prospectos médicos, cuando recibe consignas políticas y eslóganes. Y, al traducir, calcamos. Eventualmente podemos ver el proceso en marcha. Ciertos grupos (o las cabezas pensantes de ciertos grupos) parecen especialmente sensibles a la influencia de la lengua inglesa. Uno de ellos es el activismo feminista, que ya ha conseguido imponer la palabra «género», calcando el inglés gender, e intenta por todos los medios imponer el calco correspondiente a to empower y empowerment a base de llenar las paredes con pintadas que proponen de forma (aún) enigmática para la población: «Mujer, empodérate».
Pero eso es ahora, últimamente. Durante años, la principal vía de traducción del inglés ha sido la destinada al doblaje cinematográfico. Las perversas directrices del régimen franquista que obligaban al doblaje de las películas extranjeras con objeto de mejor someterlas a censura y control están teniendo, al cabo de los años, consecuencias difíciles de prever para sus impulsores y, seguramente desde su punto de vista, seriamente contraproducentes. Un par de generaciones más tarde, los niños, que según estudios recientes se sientan unas tres horas de media ante el televisor y acuden en masa al cine los fines de semana, aprenden a través de estos medios un castellano nuevo, transformado, ecológicamente degradado. Es el resultado de escuchar una lengua que, en un porcentaje altísimo y creciente, consiste en tra- ducciones estajanovistas del inglés de los Esta- dos Unidos.
Cuando describo muchos de los fenómenos que vienen a continuación tengo la sensación de estar describiendo el idioma generacional de mis hijos: el castellano doblado.

2. Modificaciones de la ecología lingüística

El posesivo y la propiedad privada

Los fenómenos son muy evidentes; los efectos son sutiles y de calado. Salvo quizá para quienes tienen dificultades en aceptar el llamado «calentamiento global», es fácil de observar en el castellano contemporáneo un insólito abuso de los adjetivos posesivos, a los que se recurre de las maneras más inoportunas. Los locutores deportivos son entusiastas de la cosa: «Se ha lesionado en su rodilla», nos dicen, sin animarse a explicarnos en la rodilla de quién más podría haberse lesionado alguien. Los profesionales de los hospitales están contaminados: la persona encargada de tomarme una placa radiográfica me daba las indicaciones diciendo «Acerca tu pecho», «Levanta tus brazos». Le pregunté por qué me hablaba de manera tan poética, pero lo tomó por un chiste.
El radiólogo ya no distinguía, al parecer, las diferencias que hay entre el registro poético «Dame tu mano», con posesivo, y el coloquial y cotidiano «Dame la mano», con el artículo en su lugar. El abuso obsesivo de los adjetivos posesivos ha terminado por diluir la barrera entre esos registros, hasta el punto de que su empleo ha llegado a ser considerado por parte de una capa semiculta de la población como un detalle urbano o moderno (en el sentido de Llamazares) del lenguaje. De ese modo, primero en las pelis y luego en la calle, poesía y grosería coexisten contranatura en expresiones como «Mueve tu culo», en lugar del castizo, prosaico y normal «Mueve el culo».
El uso es desinhibido en la publicidad, donde la propiedad privada y sus defensores semánticos han hecho de curso habitual expresiones como «Acuda a su banco», «Consulte con su concesionario», como si uno tuviera un banco, un concesionario de automóviles o una pizzería. Una especie de colmo me pareció una recomendación publicitaria: «Entre ya en su web y contacte con nosotros».
Aspecto especialmente grave de esta contaminación de corpúsculos posesivos es el que afecta a los verbos que se construyen en castellano, de una forma muy idiosincrática, con una estructura derivada del dativo ético latino, del tipo «Le planchó la camisa», «Me agarró el brazo», «Te robó la cartera», transformadas por arte del inglés mal traducido en «Planchó su camisa», «Agarró mi brazo» o «Robó tu cartera». Educados a una media de tres horas diarias de exposición a la televisión, los niños hablan ya así: «Mira mi espalda», le dice mi hija a mi mujer cuando algo le molesta en esa zona del cuerpo, y no «Mírame la espalda».
Es obvio que las relaciones de propiedad se expresan de manera muy diferente en inglés y castellano. El recurso del inglés a las partículas posesivas es dominante, mientras que el castellano tiene alternativas consolidadas. La pereza para encontrarlas por parte de algunos traductores es también responsable de la recurrente substitución de la estructura transitiva de ciertas construcciones castellanas {tener + OD [artículo + sustantivo] + predicado} por una atributiva siguiendo el orden de palabras inglés {S [posesivo + sustantivo] + ser/estar + atributo}, del tipo: «Tu mano está helada» en lugar de «Tienes la mano helada» o «Tu casa es enorme», en lugar de «Tienes una casa enorme».
La corrosión no solamente afecta a esa estructura y, de nuevo, a la desaparición de un contraste estilístico entre el lenguaje poético y el coloquial. Como compensación de su anemia gramatical y su mayor flexibilidad en otros órdenes, la sintaxis inglesa es más rígida, su orden de palabras es muy estricto. Si el uso de posesivo se combina con el orden de palabras de la lengua de Beckham, dentro de poco asistiremos al postmodernísimo parto «Mi cabeza duele» por «Me duele la cabeza».
Otra consecuencia indeseable más, vinculada al mimetismo de estructuras posesivas, es la relegación del adjetivo posesivo pospuesto, ignorado en favor del antepuesto allí donde el inglés prefiere esta solución: «No es mi culpa», dicen los chavales en lugar de «No es culpa mía»; los anuncios institucionales admiten «Es nuestra responsabilidad», pero nunca «Es responsabilidad nuestra», como si esa opción hubiese desaparecido. El recurso sin excepción al posesivo átono amenaza con eliminar de la mente de los hablantes la segunda solución, con el posesivo tónico, después de haber perdido estos la capacidad para advertir sus diferencias. Sin embargo, entre «Es mi hermano/amigo/socio» y «Es hermano/amigo/socio mío» existe una diferencia, al menos: la segunda frase parece informar además de que el hablante tiene varios hermanos, amigos o socios. Sin duda existen otras connotaciones contextuales que ahora mismo no estoy en condiciones de describir (1), pero la diferencia incluye, al menos, el indicio de una pluralidad de objetos en la sintaxis pospuesta del posesivo y sugiere una exclusividad, una singularidad en la antepuesta. Cuando se dice «Es nuestra responsabilidad» parece que no tienen otra.
En cuanto a «No es mi culpa», eso no se decía hasta la generación de mis hijos, salvo en algún contexto literario, filosófico o religioso grandioso que no me siento capaz de evocar aquí. Para mis oídos, «No es culpa mía», una construcción hoy día en trance de extinción, habla de una mis posibles culpas, incluidas las muy triviales, y era muy frecuente en el uso cotidiano; en cambio, «No es mi culpa» habla de «la» culpa, la única, la grande o la por antonomasia. Es raro, muy raro; no se dice eso en castellano, no se decía.

Insensibilidad pronominal

Las influencias entre las lenguas han existido siempre, y en ocasiones no sin cierta inventiva, pero, la verdad, no veo por qué aceptar resignadamente las confusiones y mucho menos las limitaciones de posibilidades. Observa cómo se reduce la sintaxis de la lengua castellana y observarás la sintaxis de la lengua inglesa. Y también hay una lección para quienes aprenden idiomas: fíjate en cómo hablan los de las películas y estarás aprendiendo la personalidad orgánica de la lengua inglesa.
El inglés precisa obligatoriamente del uso de pronombres personales para indicar la persona del verbo, mientras que el verbo castellano puede servirse simplemente de sus desinencias para esa función. Nuestras desinencias verbales valen por sus pronombres personales, que el castellano tiene también, pero reserva para hacer énfasis por vía de la redundancia. No es lo mismo «Lo cogí» que «Yo lo cogí» (o, para el caso, «Lo cogí yo»): en la primera expresión se subraya el verbo (qué hice), en la segunda el sujeto (quién lo hizo: «yo», y no «otro»). La diferencia que hay entre las dos expresiones es la que media entre información y desafío. En inglés, esa función enfática es muy difícil de transmitir por escrito y de viva voz se refleja exclusivamente por medios tonales, que incluyen siempre el pronombre personal. La traducción descuidada, palabra por palabra, genera una sobreabundancia de pronombres personales en castellano, erosionando así la distinción entre el uso enfático y el no enfático, y transformando en narcisismo desafiante lo que suelen ser informaciones bastante tontorronas:
―Yo tengo hambre, ¿qué tenemos nosotros para comer hoy? ―Nosotros tenemos unas judías pintas en la olla.
Existen lamentablemente numerosas muestras de la pérdida de sensibilidad con el uso de los pronombres. En los mapas urbanos con los que el paseante puede toparse por las calles de Madrid, encontrará una localización marcada con un punto rojo y la leyenda «Usted está aquí». De nuevo ese texto delata una erosión en la capacidad para percibir diferencias en la posición de las palabras, causada por seguidismo perruno de mapas urbanos originales en inglés, donde el pronombre precede inexcusablemente al verbo en las oraciones enunciativas. Pero, no, en castellano no es lo mismo «Usted está aquí» que «Está usted aquí».
Con la primera información se satisface a la pregunta «Y yo (aparte de otros, a diferencia de otros), ¿dónde estoy?». Si no mediara la formalidad, la respuesta hubiera sido: «Tú estás aquí», igual que dice un director de escena cuando va repartiendo a sus diversos intérpretes por el escenario. Pero en realidad, porque el mapa urbano no reparte posiciones geográficas entre figurantes, se debería limitar a contestar a la sencilla pregunta «¿Dónde estoy?»
Como respuesta, y si la susodicha formalidad no mediara, el texto del Ayuntamiento rezaría jovialmente «Estás aquí», sin pronombre, por supuesto. Formalidad mediante, la solución adecuada sería, en efecto, «Está usted aquí». Y eso porque el uso del pronombre personal «usted» en esa posición pospuesta al verbo no tiene nada que ver con la función de énfasis: es una posibilidad específica de dicho pronombre que se emplea para desambiguar la forma verbal, ya que podría confundirse con la tercera persona si se escribiese escuetamente «Está aquí» (todo el mundo se preguntaría «¿Quién?»).

Quiasmo interlingüístico

Los verbos no son menos conflictivos y traidores que los pronombres. Otro aspecto especialmente característico (la manera en que percibimos lo estructural) y que parece pasar inadvertido a los traductores es la relación inversa entre elemento verbal y adverbial en las expresiones de movimiento (y en otras accio- nes modales). Cuando escuchamos traducciones como «El bombero corrió adentro del edificio», «Sally se deslizó afuera de la habitación» o «Mi amigo nadó a través del río» estamos escuchando estructuras inglesas traducidas palabra por palabra. Un análisis ecuánime de las dos lenguas permite observar que el inglés coloca como verbo lo que el castellano coloca como adverbio, y viceversa: en inglés la dirección o sentido del movimiento (adentro, afuera, abajo, arriba, a través, etc.) se expresa en el adverbio (o preposición), mientras que el modo de ese desplazamiento (andando, corriendo, a zancadas, de puntillas, etc.) aparece como verbo. Se produce así una especie de quiasmo interlingüístico: las palabras que expresan el modo y la dirección, en inglés y castellano, se cruzan en aspa. Como resultado: The fireman ran in no significa un absurdo «El bombero corrió adentro», sino «El bombero entró corriendo», He/She slipped out no es «Se deslizó afuera», sino «Salió a hurtadillas / de manera furtiva» (o cualquier otra cosa), ni My friend swam across the river es «Nadó a través del río», sino «Cruzó el río a nado / nadando». Es esa peculiar diferencia la que causa la perplejidad del aprendiz hispano de inglés, que piensa que los verbos en esa lengua son infinitos. Y en cierto modo lo son; en esas estructuras cualquier información modal en castellano puede convertirse en verbo inglés: si es que «crucé a saltos» el río, entonces I jumped/hopped across the river; «Crucé en bici/moto» podría equivaler a I biked across, «Crucé de puntillas» sería I tip-toed across, etc. Como se ve en la serie, lo que permanece estable en castellano es la forma verbal («Crucé»), en tanto que en in- glés es lo que la gramática escolar llama el adverbio o preposición correspondiente (across).
Otras muchas discrepancias que se filtran en el castellano en los doblajes de las películas, series o cualquier otro producto de ficción se han hecho características. El uso supletivo del verbo to do produce serias vacilaciones en la traducción, con una proliferación realmente innecesaria del verbo «hacer». Las estructuras de comprobación, del tipo She ate the meal, didn’t she?, produce resultados barrocos en castellano. Por ejemplo, el diálogo: He travels a lot, but his sister doesn’t, no se traduce «Él viaja mucho pero su hermana no lo hace», sino, «Él viaja mucho pero su hermana, no».
Asimismo, la dificultad para percibir sintagmas con significado conjunto y depender de la traducción palabra a palabra ha transformado el uso del verbo «soler» en castellano, disparándolo. La frase «You used to smoke» no se traduce «Tú solías fumar», sino «Antes fu- mabas». Del mismo modo, no se hace justicia a la frase I used to go there when I was a child traduciendo «Solía ir allí de pequeño», sino «De pequeño, iba allí». No parece comprenderse que la traducción del verbo auxiliar used to no es otro verbo, sino un adverbio o su equivalente expresivo.

Órdenes y prohibiciones

Las lenguas no son solo las palabras. Para no ser absurdas o simplemente malas, las traducciones deben tener en cuenta también los hábitos de cada idioma que, como las costumbres horarias o las gastronómicas de cada país, varían de uno a otro.
La ignorancia de aspectos pragmáticos por parte de los traductores no permite a muchos de ellos, al parecer, observar que el castellano formula preferentemente como prohibiciones lo que el inglés expresa en forma de órdenes. Casos corrientes para quien se mueve en co- che: Keep clear equivale a «Prohibido aparcar»; Keep out a «Prohibido el paso». No significa que no se pueda decir en castellano «Mantenga despejado» o «Manténgase fuera», pero, ¿por qué decir cosas así? Lo más normal, en todo caso, es que el castellano coloquial recurra simplemente a la oración negativa: Stay away from me no debe traducirse automáticamente como «Mantente alejado/lejos de mí», sino más bien como «No te acerques a mí».
Como vemos, el problema es característico de los verbos to stay y to keep, frecuentísimos en inglés, que la traducción descuidada vierte como «mantener», sin darse cuenta de que ese verbo posee en la lengua de Sánchez Ferlosio un componente durativo y activo ajeno al uso prácticamente auxiliar que tiene en el idioma de Graham Greene. Un caso ya casi irremediable ha dado como resultado la expresión típica de los prospectos médicos: «Mantenga este medicamento fuera del alcance de los niños», traducción literal de inglés Keep this medicine out of children’s reach. Pero «mantener» exige una participación activa del sujeto resistiendo una presión ajena. Para imaginar eso hay que representarse al cumplidor o la cumplidora de la prescripción corriendo delante de los niños, manteniendo el producto lejos de su alcance, mientras estos se empeñarán a toda costa en hacerse con él. Pero esa no es la idea… Es obvio que lo que se quiere decir en castellano es, simplemente, «No deje este medicamento al alcance de los niños», cuyo cumplimiento se satisface de una vez por todas, con una acción puntual.
Por las mismas vías el abuso de «mantener» se ha colado en supuestos usos papanatas- moderno-educados, de manera que, ya reiteradamente, me he encontrado el cartel «Mantén la puerta cerrada» adherido al exterior de algún local o edificio al que pretendo acceder. Siempre me paro, obediente, esperando que alguien venga a asistirme. Semejante orden, aunque sea por favor, me parece exagerada e incomprensible: no solo me invita a no intentar pasar por ella, sino incluso a arrimar el hombro para que nadie consiga abrirla desde dentro. ¡Semejante falta de tacto para decir «No dejes la puerta abierta» o, todavía más sencillo, «Deja la puerta cerrada»! Lo otro (igual que «Mantén la boca cerrada») advierte de que la puerta no se abrirá bajo ningún pretexto, cuando lo que se pretende decir, en realidad, es que la puerta debe volver a cerrarse una vez se ha pasado por ella. Son dos cosas muy diferentes. Si lo hablas con quien ha puesto el cartel, está dispuesto perfectamente a admitir su error, pero puede llegar a argüir que en su versión absurda y papanatas suena mejor… Algunas instituciones donde lo he encontrado son educativas, lo que añade gravedad al pecado. Habitualmente, el texto castellano aparece bajo el texto inglés: Keep the door closed. De nuevo asistimos aquí a un sutil y perverso triunfo de las relaciones de poder lingüístico: persiguiendo el español ‘fino’, se ha llegado a la infinita sofisticación de ¡traducir (mal) del inglés!

Juan Luis Conde
Universidad Complutense de Madrid

———

[1] Me atrevo a sugerir la existencia de un énfasis particular sobre la relación en la construcción con adjetivo tónico contrapuesto a un énfasis sobre el posesivo cuando se utiliza el átono. En cualquier caso, los criptotipos nunca son sencillos.