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Un error del que bebemos mucho

Un error del que bebemos mucho | Opinión | EL PAÍS.

Álex Grijelmo

Belleza de la elipsis clásica (3)

No crea, quien haya leído nuestros dos anteriores articulillos de esta serie, que sólo se refugia la hermosa elipsis del español clásico en textos literarios; ya vimos en uno de ellos que ni siquiera la tradicionalmente denostada prosa burocrática hacía ascos a tan expresivo recurso estilístico.

El ejemplo que hoy traemos nos ha salido al paso al releer la descripción que de la famosa Capilla Mozárabe de la catedral de Toledo traza el benemérito Sixto Ramón Parro, autor de Toledo en la mano, ó descripcion histórico-artística de la magnífica catedral y de los demás célebres monumentos y cosas notables que encierra esta famosa ciudad, antigua córte de España, con una esplicacion sucinta de la misa que se titula Muzárabe, y de las más principales ceremonias quer se practican en las funciones y solemnidades religiosas de la Santa Iglesia Primada (evidentemente, aún no existía Twitter), Imprenta y Librería de Severiano López Fando, Toledo 1857, tomo I, p. 257; tomo que tenemos la dicha de albergar en nuestros anaqueles; no así el segundo, para el que tuvimos que adquirir la reedición publicada en 1978 por el Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos. Se trata, por cierto, de la mejor y más completa guía de un monumento que hemos conocido hasta la fecha: piénsese que dedica, en su primer tomo, nada menos que ¡709! tupidas y documentadísimas páginas a la descripción externa e interna de la Dives Toletana.

Pero pasemos ya a reproducir el párrafo en cuestión, en el que, debido a su articulación y para su mejor comprensión, señalaremos en negritas el término objeto de las elipsis y los artículos que lo sustituyen. Refiérese Parro al insigne cardenal Cisneros, fundador, como es sabido, de la Capilla Mozárabe:

«Luego que obtuvo del Papa Julio II las bulas de autorizacion para llevar á cabo su pensamiento y adquirió el sitio que dejamos insinuado para destinarle a capilla muzárabe, y habiendo instituido ya las capellanías que se ha dicho, estableciendo por el pronto su culto en la Sala capitular de verano, encomendó al famoso Enrique Egas, maestro mayor de la obras de la Santa Iglesia, la necesaria para transformar en la actual capilla la antigua Sala de los Cabildos y capillita del Corpus Christi; lo cual ejecutaron, bajo la direccion de aquel célebre arquitecto, dos buenos maestros de albañilería, moros de nacion, llamados Farax y Mohamá, quienes sin duda hicieron por el pronto la mas precisa para que los capellanes pudieran instalarse allí en el citado año de 1504…».

Como se ve, las dos elipsis suplen el singular del término de referencia, que está en plural. Y llama la atención lo distante que está la segunda respecto a aquél; pero la buena estructura sintáctica del pasaje la hace plenamente comprensible.

Pablo Herrero Hernández

 

Una muerta faltona

Lo mismo que el Cid Campeador ganaba batallas después de muerto, una muerta ilustre de estos últimos días, la editora Esther Tusquets (otro día hablaremos sobre la dichosa manía, devenida en plaga, de insertar la th en nombres que no la llevan en español), corre el peligro de pasar a la historia por «tratar con desconsideración y sin el debido respeto», una vez fallecida, no sólo a Umberto Eco (a quien, en buena lógica, tendría que estarle agradecida), sino, como mínimo, a todos los lectores de «El País».

Es lo que se desprende de la necrológica publicada en dicho diario el 24 del corriente con la firma del ilustre escritor italiano, titulada y cerrada con las palabras: «Me faltará, nos faltará».

Evidentemente, lo que Eco escribió en italiano sería «Mi mancherà, ci mancherà», del verbo mancare (faltar), pero que, en español, equivale exactamente a «echar de menos a alguien», es decir: «La echaré de menos, la echaremos de menos» (sobre el catalanismo —reprobable por innecesario—  echar a faltar ya tuvimos ocasión de decir algo en un anterior artículo).

Cabe esperar que la anónima mano que ha traducido al español la necrológica no sea precisamente la misma que traduce las obras de Eco a nuestra lengua, pues si en un texto tan sencillo ha cometido un error garrafal como éste, a saber cómo habrá trasladado al español las no fáciles páginas del celebrado autor.

Pablo Herrero Hernández

Distinción entre «EL» artículo y «EL» pronombre

Más sencilla aún que la distinción entre «tu» y «mi», adjetivos posesivos apocopados, y «tú» y «mí» (pronombres personales, respectivamente) es la que debemos establecer entre «el», artículo determinativo, y «él», pronombre de tercera persona, masculino y singular.

Efectivamente: «el», artículo, acompaña —de manera inmediata o con palabra interpuesta— a un sustantivo, con el que concuerda en género y número. Ejemplos: sin interposición de otra voz: «El libro pequeño»; «el pino más alto»; «el caballo negro»; «el lobo más voraz». Con interposición: «El pequeño libro», «el más alto pino»; «el negro caballo»; «el más voraz lobo».

Se advierte, con claridad, en los cuatro últimos ejemplos, que puede construirse la frase, sin alterar su sentido, de forma que el artículo «el» se halle precediendo, de manera inmediata, al sustantivo determinado.

Como en los casos aludidos al comienzo, el pronombre «él» se halla, naturalmente, sustituyendo a un sustantivo, sea común o propio, más corrientemente éste que aquél, dado que es un «pronombre personal», si bien puede siempre «personalizarse» un sustantivo común que sea nombre de animal o cosa.

Veamos unos cuantos ejemplos, en los que empleamos «el», como artículo, y «él», como pronombre.

«Juan dice que él no tiene el libro». Es evidente que esta frase equivale a «Juan dice que Juan no tiene el libro». «Hablé con Antonio; y creo que él no robó el dinero»; es decir: «Hablé con Antonio; y creo que Antonio no robó el dinero». El pronombre «él» (acentuado gráficamente) suple a los nombres propios «Juan» y «Antonio», mientras que el artículo «el» (sin acento) determina, respectivamente, a los sustantivos «libro» y «dinero».

Lo mismo sucede cuando se «personalizan» los nombres de animales o cosas. V. gr.: «Ahuyentó al león; pero él volvió por el cervatillo»; «La encina se irguió frente al viento; el matorral, se inclinó; ella era fuerte y él, débil». Naturalmente, estas frases tienen sentido figurado. En ellas, se emplena los pronombres personales para evitar la repetición del sustantivo «león», en el primer ejemplo, y «encina» y «matorral»,en el segundo.

En casos de duda, ésta se resuelve con solo considerar femeninas las palabras dudosas: el artículo, forzosamente habrá de sustituirse por «la», y el pronombre, por «ella», con lo que desaparecerá la confusión. Supongamos, pues, que, en lugar de «Juan» fuera «Juana»; y diremos: «Juana dice que ella no tiene el libro»; o bien que, en vez de libro, se trata de «libreta»; y tendremos: «Juan dice que él no tiene la libreta».

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Malas traducciones

Las malas traducciones suelen depender, más que de no saber el traductor la lengua de que traduce, de no saber bien aquella a que va a traducir, aunque sea la propia suya.

(Miguel de Unamuno, Los maestros de escuela, en «La Nación», Buenos Aires, 4-XI-1907).

Colgar techo

Por una vez, no tema nuestro lector —y tal vez el singular no constituya aquí sinécdoque— que el título que encabeza estas líneas reproduzca, como las más de las veces, lo que consideramos un vicio del lenguaje. Se trata, por el contrario, de una expresión completamente correcta que captamos ayer, al entrar en un edificio sometido a reformas, en labios de un operario que dialogaba con otro y le preguntaba, poco más o menos:

—¿Váis a colgar techo mañana? ¿O lo váis a hacer esta tarde?

Como obreros nosotros también en el sector de la lengua, siempre hemos tenido una gran curiosidad por conocer las jergas especializadas de los diferentes oficios. Y, al anotar la expresión colgar techo —mentalmente ayer, y hoy en estas páginas—, nos hacemos tres reflexiones.

La primera, que debe de tratarse de expresión relativamente reciente, es decir de cuando empezaron a emplearse esos falsos techos que ocultan todo el entramado de cables y conductos, y que, efectivamente, cuelgan de una suerte de armazón metálico (o metálica, según prefiera el lector) que sustenta los elementos que los componen.

La segunda, que su construcción es afín a la de otras expresiones  —esas sí veteranas— pertenecientes al mismo ámbito terminológico, como es el caso de cubrir aguas o de echar cimientos.

La tercera, y de alcance más general, es la relativa frecuencia con que el español —comparado a otras lenguas, no sólo sajonas, sino también neolatinas— puede prescindir del artículo determinado, lo que constituye, por ejemplo y para volver a nuestro particular oficio, todo una ventaja a la hora de buscar esa «economía de expresión» que debe ser una de las pautas de acción de todo buen traductor.

Pablo Herrero Hernández