Publicaciones de la categoría: Gastronomía

Cruzada contra la absenta

Nadie crea que nos ha dado por emprender una cruzada contra uno de los licores que más nos gusta saborear, siquiera espaciadamente y «en pequeñas diócesis» —como decía el personaje del sainete—, por aquello de no convertir con demasiada rapidez nuestro ya maltrecho hígado en fuagrás.

Lo que sucede es que estamos cansados de toparnos en todo tipo de textos redactados en español con el innecesario galicismo o catalanismo absenta (dócilmente aceptado por la RAE en 1983), cuando existe en nuestro idioma el término castizo ajenjo, acogido en el diccionario ya en 1813, derivado evidentemente de la misma raíz, y con el que modernamente se designan tanto la planta como el licor que de ella se destila.

Que sea cruzada perdida de antemano —como aquellas que seguimos impulsando para que en las cartas de los restaurantes españoles se opte por allioli, ajoaceite o ajiaceite en vez de por el absurdo alioli (que no es ni español ni catalán), o por alcuzcuz (de plena y directa raigambre árabe) en vez del importado cous-cous— no hará que cejemos en nuestro quijotesco esfuerzo.

Por eso esta mañana, al visitar la exposición titulada Luces de bohemia en la madrileña Fundación Mapfre —en la traducción de cuyo catálogo hemos tenido el honor de colaborar por cuenta de la empresa Polisemia—, hemos visto con satisfacción y con una punta de legítimo orgullo —que suponemos tan confesable como disculpable— que nuestra propuesta de traducir el título de algunas de las obras expuestas optando por el ajenjo en vez de por la absenta ha sido acogida en todos los casos por la Fundación en los letreros que las acompañan.

Y creemos que absenta es catalanismo más aún que galicismo, pues es sabido que desde el famoso y entrañable local de Els Quatre Gats, transposición barcelonesa de Le Chat Noir parisiense, se difundió en España la fama del brebaje ultrapirenaico; nosotros mismos, hace ya unos años, pudimos adquirir en él una botella de tan preciado licor, el cual, dicho sea de paso, no tuvo el tiempo de añejarse a orillas del Manzanares.

Pablo Herrero Hernández

Pero sí «pantumaca»

Si ayer nos atraíamos involuntariamente las alabanzas de los catalanohablantes por pedir que se pronuncie y escriba correctamente, en el resto de España, la excelente salsa denominada allioli, hoy mucho nos tememos que las cañas de allende el Ebro se nos vuelvan lanzas al propugnar, con idéntica convicción y fundados en el mismo respeto a nuestro idioma, la grafía pantumaca como la más adecuada para trasladar al español este otro hito —tan sencillo como grandioso— de la excelente cocina de Cataluña.

Ya vemos a nuestros amigos de allí haciendo visajes ante lo que consideran palabro que salpica, con mayor o menor regularidad, pizarras y carteles de chiringuitos, merenderos y —sobre todo— de puestos ambulantes de esos que van de verbena en verbena. Admitido que visualmente el vocablo en cuestión no es de los más estéticos, cabe observar, una vez familiarizado el ojo con el mismo (como en su día pasó con fútbol, bastante más horrible), que esta vez, diferentemente de lo que acontece con el alioli, el pueblo llano ha dado en la diana: pantumaca constituye, a nuestro entender, la adaptación más próxima y correcta a la pronunciación española del sintagma original catalán pa amb tomàquet (pan con tomate), leído como una sola palabra.

Y obsérvese que el término está bien construido desde el punto de vista  del español, ya que engloba y simplifica la preposición catalana amb —cuyo significado, por otra parte, no le resulta inmediato al castellanohablante— incorporándola como la «n» que el español echa a faltar en pa. En segundo lugar, y aunque el sonido de la última sílaba de tomàquet no es exactamente el de una «a» española, sino más bien intermedio entre «a» y «e», con predominio de la primera, al carecer el español de esta modulación resulta lógico y natural que el genio de la lengua lo asimile al sonido dominante, es decir al de la «a». Por último, la palabra respeta plenamente el sonido original de la «o» catalana átona de tomàquet, que suena cercana a la «u».

Como colofón, la forma pantumaca constituye un homenaje al original catalán, al mantener precisamente esa sílaba final de la palabra tomàquet, adaptada al español. Es decir que, allí donde podría haberse optado por pan con tomate o, llegado el caso, por pantomate, la forma española pantumaca mantiene y conserva, por el contrario, el rastro etimológico de la procedencia catalana del sabroso manjar y de la palabra que lo define.

Pantumaca es, pues, en resumidas cuentas —y aunque a muchos (tanto tirios como troyanos) les cueste creerlo—, un modesto homenaje que se rinde a Cataluña a lo largo y a lo ancho del resto de España, especialmente cada verano, en los puestos de las kermeses. Y es palabra tan bien adaptada y construida como la sencilla pero sutil y exquisita combinación de pan, tomate y aceite que significa.

Pablo Herrero Hernández

Todo, menos «alioli»

Ya hemos comentado, tal vez en más de una ocasión, que el campo de los disparates léxicos, tan feraz en nuestro país, alcanza una de sus poco envidiables cumbres en mercados, cocinas y mesas —por su orden lógico—, hasta el punto de que se cuentan por decenas, cuando no por centenares, los despropósitos con los que nos topamos en cartas y menús, y ello indistintamente desde el modesto bar de barrio hasta el lujoso restaurante de varios tenedores.

Es el caso, por ejemplo, del término catalán allioli, que con la incomprensible bendición del DRAE se escribe y pronuncia en español como alioli, suscitando las más de las veces risa y en ocasiones cierta indignación en los hablantes de catalán cuando viajan por el resto de España. Aunque, en puridad, la «ll» catalana no se pronuncie exactamente igual que la castellana, sino más bien como si a ésta le precediera una «i» —así por lo menos nos lo han enseñado, y es un buen truco para los que no tenemos al catalán como lengua materna—, no vemos dónde reside la dificultad que pueda entrañar para cualquier español decir allioli —al igual que decimos gallina— y, aún menos, escribirlo como tal, en vez de perpetuar el ridículo alioli, que parece más bien el nombre de un califa salido de una astracanada ambientada en un Oriente de guardarropía.

No estará de más recordar que, para quien prefiera recurrir  a términos  genuinamente castellanos,  existen en español las formas castizas equivalentes ajoaceite, ajiaceite y hasta ajaceite —nosotros nos permitimos recomendar la segunda—, que designan exactamente una salsa hecha a partir de esos dos mismos ingredientes. ¡Todo, antes que seguir propagando el risible alioli!

Pablo Herrero Hernández