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¡También la infanta Cristina!

Nadie piense que tenemos nuevas revelaciones sobre lo que ya, más que «vox populi», es evidencia difícilmente refutable: los círculos, cuadrados y demás figuras geométricas que frecuentamos no pican tan alto. Y ya saben además nuestros lectores que en estas páginas evitamos cuidadosamente toda cuestión extralingüística, aunque forzosamente, como las palabras siempre se refieren a objetos y conceptos pertenecientes al mundo fenoménico (no diremos que al real, pues resulta patente que también el de las palabras en sí lo es), siempre asoman a través de ellas, según los casos, la política, la sociedad, la religión, etcétera.

El motivo de nuestro titular y de nuestro articulejo de hoy es que, según noticia que publica hoy «El País», la susodicha infanta iba a ser «asesor deportivo» en una de las empresas del tinglado urdangarinesco; no «asesora deportiva», como cabría esperar.

Habiendo tratado hace sólo unos días del asunto de las designaciones femeninas en cargos y funciones con motivo del ya famoso informe de la RAE dirigido a la Defensora del Pueblo, nos ha llamado la atención esta noticia. Nuestra duda ahora es la siguiente: ¿se alinea la infanta (¿o la infante?) con el feminismo de corte italiano, que hace, por ejemplo, de la ministra Fulanita de Tal «il ministro» Fulanita de Tal?

Vale que tu hermana, al ser mayor que tú, te robe el trono por razón de primogenitura, pero que un hermano más pequeño que las dos os lo sustraiga a ambas en razón exclusiva de su sexo lo creemos motivo suficiente para abrigar en los corazones infantiles —permítasenos el aquí jocoso adjetivo—, como mínimo y a parte de otras pulsiones tan justificadas como poco confesables, un noble feminismo de talante más reivindicativo; algo que en español es, además, no sólo plenamente correcto, sino hasta obligatorio: es decir, que una mujer que desempeñe funciones de asesoramiento se titule y sea llamada asesora, y no asesor.

No creemos demasiado pedir que en cierta chabola de ese poblado marginal de absorción barcelonés en la que, presuntamente, se han atropellado tantas leyes escritas y no escritas, se respete, cuando menos, ésta, elementarísima, de nuestra gramática.

Pablo Herrero Hernández 

El parto de los montes

La siguiente noticia, que la todavía Real Academia Española cuelga hoy triunfalmente en la portada de su sitio en Internet, dice mucho sobre la labor de algunas instituciones patrias. Declara con emoción apenas disimulada el anónimo redactor de tan fausta nueva (que recomendamos leer, como procede, con engolamiento y solemnidad propias del añorado locutor del NODO, y si es posible cuadrándose en señal de respeto):

«El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, ha entregado hoy a Soledad Becerril, en una reunión celebrada en la sede de la RAE, el informe solicitado por la oficina del Defensor del Pueblo sobre el uso de la firma del titular de este cargo cuando lo ocupa una mujer, como sucede en la actualidad.
El informe entregado hoy personalmente a la defensora del pueblo por el director de la RAE concluye que, “para designar la institución, debe mantenerse la denominación Defensor del Pueblo —precedida o no del sustantivo genérico— y que, en cambio, para hacer referencia al cargo, debe establecerse la concordancia de persona en función del sexo del referente. Por tanto, en el caso actual, los escritos oficiales deben utilizar la expresión defensora del pueblo”».

Por un lado, la Defensora del Pueblo —por lo visto sin nada más interesante ni apremiante que hacer, habida cuenta de la balsa de aceite que es la España actual y de la idílica situación por la que atraviesa su feliz, próspera y jubilosa ciudadanía— se despertó una mañana embargada, devorada y carcomida por la hamlética duda sobre si su sexo había de influir o no en el género de la institución por ella presidida. Nos parece verla: descompuesta, llega a su despacho del palacete de estilo «remordimiento español» que alberga tan prescindible institución y pide que la pongan de inmediato con su homólogo en la otra entidad —no menos  prescindible que aquélla— que ocupa un caserón de rojo ladrillo y portada griega —es decir un caserón oxímoron— detrás del Prado.

Y nos parece ver, igualmente, al mandarín académico, conmovido, emocionado y transido ante la importante misión encomendada por la Patria, tocando a rebato   la polvorienta campanilla de la institución y llamando a capítulo a las lumbreras de la Casa (principalmente columnistas y novelistas de tres al cuarto)  para, en una escena afín a la de la famosa consulta de galenos de El rey que rabió, elaborar —¡ahí es poco!— nada menos que todo un informe para dictaminar, corroborar y confirmar algo tan evidente, lampante y trivial que hasta un niño de primaria de los antes lo sabría (de los de ahora no nos atrevemos a afirmarlo, ni de muchos de sus maestros): verbigracia, ¡que la mujer que ocupa el cargo de Defensor del Pueblo deberá llamarse defensora, lo mismo que la titular de un ministerio es ministra,  y la que desempeña una portería —si es que aún existen porterías—, portera!

El país se estará yendo al cuerno —si nos permiten tan coloquial expresión—, pero en lo tocante a sus instituciones, ya podemos ver los levantiscos súbditos, contribuyentes y ciudadanos cómo trabajan febrilmente en pro de nuestro bienestar. ¡Y es que las nuestras son puras ganas de protestar! Menos mal que la RAE y la Defensora del Pueblo velan por nosotros. ¡Qué suerte, la nuestra!

Pablo Herrero Hernández

Clima femenino

Hubo un tiempo en que clima, al igual que otros sustantivos terminados en «a», como fantasma, era femenino. Así lo encontramos, por ejemplo, en uno de los bellísimos romances que canta Preciosa, la gitanilla cuya condición da nombre a la famosa novela ejemplar cervantina. Se trata del que empieza con los versos Salió a misa de parida / la mayor reina de Europa. Hacia el final del romance, la reina Margarita encomienda al padre de su hijo, el rey Felipe III, a la protección de la Virgen: «A su padre te encomiendo, / que, humano Atlante, se encorva / al peso de tantos reinos / y de climas tan remotas» (Miguel de Cervantes Saavedra, La gitanilla, en Íd., Obras Completas, Aguilar, Madrid 1956, p. 777).

Pablo Herrero Hernández

Las miles de…

La prensa escrita sigue, con tenacidad y constancia dignas de mejor causa, contribuyendo a la abnegada labor de desmontar el idioma mediante la difusión en sus columnas de errores que antaño se habrían calificado propios de un alumno de escuela primaria (hoy ya probablemente sean de rango universitario, como mínimo).

Así, el anónimo —para su suerte— redactor del artículo sobre un juego de dudoso gusto lanzado por el PP catalán (con perdón por el oxímoron) en plena campaña electoral nos informa, en «El País» del 17 del corriente, de que la página que albergaba en Internet semejante engendro «se colapsó por las miles de entradas registradas».

No estará de más recordar el criterio académico al respecto: «Cuando miles va precedido de artículo o de cualquier otro determinante, deben usarse las formas masculinas, como corresponde al género de este sustantivo: “Desde allí pude saludar […] a los miles de personas que aguardaban”».

Pablo Herrero Hernández