Publicaciones de la categoría: Inglés

Una compañía poco aplicada

Nos llega lo que seguimos tozudamente llamando en España recibo de la luz en vez de factura, que sería lo correcto, y al susto que nos producen las nuevas tarifas se le añade otro de carácter gramatical y sintáctico.

Escribe Iberdrola, para justificar lo que eufemísticamente llama «ajuste periodo 23 a 31 diciembre 2011», que éste obedece a una resolución del Ministerio del ramo, y que el mismo «aplica a los consumos producidos entre el 23 y el 31 de diciembre, ambos incluidos».

El uso del verbo aplicar con la acepción de ‘emplear o poner en práctica [algo] con un fin determinado’ (DPD) es siempre transitivo, por lo que Iberdrola aplica el ajuste a los consumos, pero el ajuste se aplica o es aplicado a los mismos.

Lo creemos, a pie juntillas, anglicismo absolutamente reprobable. Y no es el único que se comete aplicando abusivamente en español el verbo inglés to apply.

Pablo Herrero Hernández

Estar previsto a…

Esta mañana, en el Eskup de «El País» (suponemos se dirá así), una construcción que jamás habíamos visto ni oído nos ha llamado la atención, y hemos tenido que releerla para cerciorarnos de que la habíamos entendido bien y de que no se trataba de una mala pasada que la vista nos había jugado. Hablaba la información del inminente abandono de la energía nuclear en el Japón, y terminaba diciendo que «el único reactor que continúa operativo —lo de operativo merece una próxima entrada aparte— está previsto a ser apagado en mayo».

La construcción de marras, al parecer, está bastante extendida,  especialmente en tierras americanas, y constituye, a nuestro humilde entender, un verdadero barbarismo sintáctico, resultado de calcar al español la estructura inglesa «to be foreseen to + infinitivo».

El anónimo perpetrador del texto de «El País» habría podido escribir, sin menoscabo alguno de nuestro idioma: «…está previsto que se apague en mayo», «…está previsto que sea apagado en mayo»,  «…se prevé apagarlo en mayo», «…se prevé que sea apagado en mayo»…

Otro ejemplo que encontramos en la Red, procedente éste de la República Dominicana, da pie para indicar otras posibilidades de decir correctamente en español lo que se pretende. Dice el original: «La obra, que está prevista a ser terminada en unos ocho meses, estará bajo la supervisión…» (en realidad, el original habla de supervisón, que imaginamos será el no va más en cuestión de pieles).

En este caso, además de las soluciones apuntadas arriba para el texto de «El País» (p. ej., «La obra, que se prevé terminar en unos ocho meses..»), otra buena opción sería la de bajar al pronombre relativo cuyo de ese desván de trastos supuestamente inútiles en el que la ignorancia de muchos escribientes —y de no pocos escritores actuales, si queremos mantener tan discutible diferenciación— parece haberlo arrumbado, y decir: «La obra, cuya terminación se prevé en unos ocho meses —o, mejor aún, «para dentro de unos ocho meses»—, estará bajo la supervisión…».

Todo, menos emplear en español la aberrante construcción «estar previsto a + infinitivo».

Pablo Herrero Hernández

Secuelas que se cuelan

Una colega traductora nos ruega amablemente que digamos algo acerca del uso y abuso de secuela por parte de los medios de comunicación para significar la continuación de una película o de un libro.

Se trata de una palabra que en español presenta hoy en día dos acepciones básicas, distintas de la citada (‘consecuencia o resulta de algo’ y ‘ trastorno o lesión que queda tras la curación de una enfermedad o un traumatismo, y que es consecuencia de ellos’). Incorporarla a nuestra lengua con el significado de continuación de una obra literaria, cinematográfica o afín a éstas constituye, a nuestro entender, un anglicismo innecesario.

En efecto, en inglés el latinismo sequel sí tiene mayoritariamente este significado, además del primero de los que tiene en español. Pero no vemos qué valor añadido pueda aportar el término secuela en dicha acepción concreta respecto a continuación.

En el origen de este vicio está, desde luego, el papanatismo copialotodo que caracteriza a gran parte de los medios de comunicación españoles y que  acaba arrinconando —cuando no proscribiendo— los vocablos propios, bien para acoger a equivalentes foráneos que nada les añaden, bien —como en el caso de marras— para cargar a una palabra ya presente en nuestro léxico con una nueva acepción, a todas luces innecesaria.

Y obsérvese que el hecho de que —en este caso como en algunos otros— el préstamo del inglés proceda del latín, matriz del español, en nada rebaja, a nuestro juicio, su improcedencia.

Pablo Herrero Hernández

Los espejismos del propio idioma

A veces, pensar teniendo como único referente la propia lengua puede jugar malas pasadas.

Es, sin ir más lejos, lo que le ha sucedido al columnista de «El País» Eduardo Verdú, que al final de un artículo que hoy publica sobre el nuevo auge del gin tonic en la Villa y Corte, escribe:

«Johann Jacob Schweppe, el inventor de la tónica, vivía en Ginebra. Quizá esta combinación de factores impulsó a un alto general inglés a juntar el agua carbonatada (con la que se combatía el paludismo) y el gin durante el receso de una batalla en la India».

Como ese «alto general» no supiera español y, sobre todo, «pensara» en nuestro idioma, difícilmente iba a establecer una conexión entre el gin y la ciudad que en su lengua se llama Geneva, objetos que carecen de toda conexión etimológica y que sólo en español, por uno de esos azares del lenguaje, llamamos de la misma manera.

El error en que ha incurrido el columnista no es muy diferente del que cometen muchos hispaohablantes al pensar que la ciudad belga de Brujas sea una especie de Zugarramurdi flamenco, cuando —como es sabido aunque por lo visto no lo suficiente— su peculiar nombre en nuestra lengua procede de los puentes  (bruggen) que la jalonan. Hasta tal punto debe ser recurrente la estulticia de mucho turista —imaginamos más español que hispanoamericano—, que, según leíamos hace unos meses en una revista de traducción, en las tiendas de recuerdos de tan hermosa localidad venden ya, a propósito para españoles incultos, todo tipo de objetos sólo apócrifamente locales, decorados con brujas.

¡Avispados fabricantes y tenderos, los de Brujas, que reirán justa y doblemente de la ignorancia española, haciendo caja con ella!

Pablo Herrero Hernández