Publicaciones de la categoría: Italianismos

Rotonda, glorieta, redonda,rotunda…

Hace unos veinte años más o menos, si no nos equivocamos, alguien —creemos que en Francia— inventó o por lo menos difundió a escala mundial la que en España se viene denominando mayoritariamente, con italianismo evitable aun cuando bendecido por la Academia, rotonda; elemento viario que ha servido, entre otras cosas, para alterar casi todos los Códigos de la Circulación, minando el dogma de la prioridad al vehículo que procede de la derecha, haciendo de la circulación entre poblaciones vecinas un auténtico viacrucis y, «last but not least», para permitir a muchos ayuntamientos españoles, y señaladamente a los del cinturón suroccidental de Madrid, dar salida a los más espantosos partos de artífices amigos o allegados, oportunamente subvencionados con cargo al erario, en forma de horripilantes fuentes o de espantosas esculturas.

Siempre hemos pensado que no hacía falta recurrir al italianismo rotonda cuando en nuestra lengua disponemos del ya españolísimo término glorieta, que aunque de origen francés está presente en nuestro idioma escrito por lo menos desde 1788 y en la pluma de Tomás de Iriarte, según el CORDE.

Hace una semana, aprovechando el fin de semana largo de la Almudena,  viajamos a tierras murcianas. Y hasta en dos ocasiones, el personal del hotel en que nos alojábamos aludió a la glorieta a través de la cual se accedía al aparcamiento reservado a los clientes llamándola redonda, lo que nos pareció una excelente alternativa al italianismo tan en boga. Si ya hablamos del sustantivo redondo para significar cosas tan dispares como ‘Cosa de forma circular o esférica’, ‘Perfil de sección circular’ y ‘Pieza de carne de res, que se corta de forma casi cilíndrica, de la parte inmediata a la contratapa’ (aquí los académicos se molestaron en preguntar a un carnicero, pues no creemos que haya miembros de ese gremio entre ellos), y de redonda para nombrar otras igualmente disímiles como ‘Espacio grande que comprende varios lugares, zonas o pueblos’, ‘Dehesa o coto de pasto’, ‘Letra redonda’, ‘Vela cuadrilátera que se larga en el trinquete de las goletas y en el único palo de las balandras’ (casi siempre ha habido algún militar del arma de marina en la Docta Casa, a la vista está) y ‘Nota cuya duración llena un compasillo, semibreve’, no vemos por qué no podría añadirse este nuevo significado, sinónimo de glorieta en su 3.ª acepción (‘Plaza donde desembocan por lo común varias calles o alamedas’); eso sí, quitando «las alamedas», que creemos sobrantes en ambas definiciones.

No fue ésta la única perla lingüística que del antiguo reino levantino nos llevamos. El joven guía que nos enseñaba la espléndida Torre del Espolón del castillo de Lorca rogaba a los visitantes que disculparan las molestias por ser la escalera que lleva hasta la azotea (desde donde se divisa un magnífico panorama de toda la feraz comarca) angosta. ¡Qué hermosura oír de nuevo este adjetivo, tontamente desplazado por el omnipresente estrecho!

Y en un bar de esa misma monumental ciudad, tan dañada por los recientes terremotos como deseosa de curar las heridas que éstos han provocado en su caserío y en sus monumentos, muy próximo a la soberbia Plaza de España, la encargada, al preguntarnos qué deseábamos tomar con nuestra caña de cerveza, nos ofreció, con sencillez teresiana, «un poquico de almendricas», que como es natural aceptamos gustosos, saboreando no menos que el exquisito fruto de los almendros murcianos el precioso diminutivo tan propio de esa tierra.

Pablo Herrero Hernández 

Anuncios

Una muerta faltona

Lo mismo que el Cid Campeador ganaba batallas después de muerto, una muerta ilustre de estos últimos días, la editora Esther Tusquets (otro día hablaremos sobre la dichosa manía, devenida en plaga, de insertar la th en nombres que no la llevan en español), corre el peligro de pasar a la historia por «tratar con desconsideración y sin el debido respeto», una vez fallecida, no sólo a Umberto Eco (a quien, en buena lógica, tendría que estarle agradecida), sino, como mínimo, a todos los lectores de «El País».

Es lo que se desprende de la necrológica publicada en dicho diario el 24 del corriente con la firma del ilustre escritor italiano, titulada y cerrada con las palabras: «Me faltará, nos faltará».

Evidentemente, lo que Eco escribió en italiano sería «Mi mancherà, ci mancherà», del verbo mancare (faltar), pero que, en español, equivale exactamente a «echar de menos a alguien», es decir: «La echaré de menos, la echaremos de menos» (sobre el catalanismo —reprobable por innecesario—  echar a faltar ya tuvimos ocasión de decir algo en un anterior artículo).

Cabe esperar que la anónima mano que ha traducido al español la necrológica no sea precisamente la misma que traduce las obras de Eco a nuestra lengua, pues si en un texto tan sencillo ha cometido un error garrafal como éste, a saber cómo habrá trasladado al español las no fáciles páginas del celebrado autor.

Pablo Herrero Hernández