Publicaciones de la categoría: Lingüística

Más sobre fiducia y confianza

Si anteayer proponíamos, al hilo de un texto de Aranguren, concebir y emplear el término fiducia como expresivo de la confianza en Dios —distinguiéndola así de la confianza propiamente dicha, que puede darse entre iguales—, una reflexión de esas que la almohada suele traer nos ha sugerido otra posible acepción adicional de fiducia, esta vez en el ámbito de las relaciones humanas.

Nuestra lengua no tiene, que nosotros sepamos, un sustantivo que exprese exactamente la acción y el resultado de fiarse de alguien. Para ello se suele recurrir a confianza, que, propiamente hablando, expresa, sin embargo, la acción y el resultado de confiar en alguien. Ahora bien: a la vista está que no es lo mismo fiarse de alguien que confiar en él: suelen ser muchas más las personas de las que nos fiamos que aquellas en las que confiamos, o, dicho de otra manera, lo segundo implica necesariamente lo primero (evidentemente, no podemos confiar en alguien de quien no nos fiamos), pero no viceversa (no por fiarnos de alguien hemos de confiar necesariamente en él).

Si esto es así, se nos ocurre que fiducia podría ser una buena solución para definir la acción y el resultado de fiarse de alguien.

Pablo Herrero Hernández

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Un ramillete de hermosas palabras

…es lo que nos ha dejado —naturalmente además de su interesante y, bajo muchos aspectos, siempre actual contenido— la reciente lectura de la obra de Aranguren titulada Contralectura del catolicismo (Planeta, Barcelona 1978). No nos resistimos a compartirlas con nuestros amables lectores:

misteriosidad, o ‘calidad de misterioso’ (p. 61). Aunque no la registre el DRAE, huelga decir que es plenamente legítima y que está perfectamente construida, como sus otras muchas «hermanas» que sí acoge el diccionario académico (peligrosidad, animosidad, grandiosidad, etc.).

fiducia: «[…] Lutero concibió la fe, de modo unilateralmente personalista, como una relación de fiducia, de confianza y esperanza del hombre en Dios […]» (p. 78). Lo registra actualmente el DRAE como «poco usado», y remite a su —en nuestra opinión— casi sinónimo confianza. Ahora bien: como acertadamente da a entender Aranguren al distinguir en su frase entre fiducia, confianza y esperanza, podríamos definir la fiducia como una confianza inspirada por la fe (la fides latina) o que dimana de ésta; algo distinto, por lo tanto, de la confianza, que, propiamente hablando, puede perfectamente darse también entre iguales.

manido: «[…] ningún otro [novelista] tiene hoy su obra tan madurada, tan a punto, para mi gusto incluso un poco manida (manida, participio del verbo manir) como él» (p. 92). Aquí Aranguren casi podría decirse que nos descubre un sentido positivo de este adjetivo y participio, cuyo uso exclusivamente negativo, como ‘muy trillado’, es —si se nos permite el juego de palabras—, en efecto, manido. Lo interpreta aquí nuestro autor como participio de manir en la 2.ª acepción de este verbo (‘Hacer que las carnes y otros alimentos se pongan más tiernos y sazonados, dejando pasar el tiempo necesario antes de condimentarlos o comerlos’), que es, a todas luces, positiva. Lo emplea, pues, como un sinónimo de decantado, otro bonito adjetivo participial, procedente asimismo del mundo de la alimentación, tan productivo también en el orden metafórico.

enterizo: «Yo no pronunciaré una sola palabra desdeñosa para el eclecticismo, y mucho menos entre nosotros, enterizos e intolerantes hasta el extremo […]» (p. 146). Precioso adjetivo, empleado por Aranguren, en sentido figurado, en su 2.ª acepción (‘De una sola pieza’), y que, por desgracia —como sucede en la frase citada— retrata con cruel fidelidad esa supuesta virtud tan española consistente en ser uno, en sus creencias y opiniones, granítico, inquebrantable, numantino, sosteniéndolas sin enmendarlas, a machamartillo, etcétera: en una palabra, enterizo.

transmundo: «Es verdad que la secularización creciente de la vida tiene, por desgracia, un sentido indiscutible de apartamiento del transmundo y entrega total a la tierra […]» (p. 165). Se trata de un hermoso vocablo para designar el ‘ámbito más allá de la muerte’, claramente infrautilizado frente a otros sinónimos, encabezados por el omnipresente (¡pese al apartamiento lamentado en su día por el filósofo!) el más allá. Aranguren escribe transmundo, aunque la tendencia actual, amparada por el DRAE y por el DPD, parece aconsejar, en este caso, la reducción del grupo consonántico en beneficio de la forma trasmundo.

Pablo Herrero Hernández

Diccionario de colocaciones del español (DiCE)

DICE

Ya hemos ponderado —creemos recordar— en estas columnas la gran utilidad que tienen para todo redactor de textos (escritor, periodista, traductor, etcétera) la familia de diccionarios combinatorios o de colocaciones, familia que va creciendo paulatinamente en nuestro idioma. Al pionero REDES (2004) y a su desarrollo, el imprescindible Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo creaciones ambas del benemérito Ignacio Bosque y de su equipo—, van incorporándose de manera lenta pero segura nuevas herramientas que van en la misma dirección, algunas en Internet, como ésta que hoy presentamos.

El DiCE, o Diccionario de colocaciones del español, aun cuando sólo incluye, por el momento, el campo semántico de los nombres de sentimientos, resulta modélico a este respecto. Antes de consultarlo, conviene leer con detenimiento su introducción. Viene también equipado con unas unidades didácticas con vistas a facilitar el conocimiento de cómo funciona.

Pablo Herrero Hernández

El poder de una lengua es el poder de aquellos que la hablan

Cuando hablamos hoy del lenguaje y de la lengua, tema sobre el que hay miles y miles de trabajos escritos, sabemos que sigue vigente la enseñanza de Guillermo Humboldt, que cada idioma fomenta un esquema de pensamiento y unas estructuras mentales propias. Dime en que idioma te expresas y te diré cómo ves el mundo.

Así los hablantes modelan una lengua y ésta modela la mente proyectando un modelo de pensamiento que adquiere su expresión máxima en las identidades nacionales o regionales.

En el caso del castellano, éste es expresión de unas veinte identidades nacionales consolidadas.

Pero la lengua no es aquella aprendida, no es la segunda lengua. La lengua como lugar de poder es la asumida existencialmente. Y así podemos comprender como siendo 56 los países francófonos y 22 los hispanoparlantes, tenga el castellano mayor peso internacional que el francés.

Es que de los 56 países franco parlantes solo tres o cuatro han asumido el francés vitalmente, el resto lo usa por conveniencia. En general, para pedir créditos a la metrópoli.

Con el inglés pasa algo parecido pero en menor medida, porque el peso poblacional de los anglo parlantes es mayor (USA, Inglaterra, Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda), no obstante la mayoría de los países que han declarado el inglés como idioma oficial, 59 en total, utilizan de hecho, infinidad de lenguas locales, que reducen la expresión de lo nacional en inglés. Por ej.: en Nigeria se hablan 521 lenguas. O en la India, ¿en qué expresa la identidad nacional el inglés, declarado idioma oficial? En nada.

Entonces, afirmamos que la lengua es un instrumento de poder cuando es asumida existencialmente, de lo contrario es un simple vehículo de comunicación como lo es el inglés en los aeropuertos.

En este sentido, el castellano como lengua occidental tiene una ventaja infinita respecto del inglés y del francés. Pues aun cuando supera al inglés, su máximo competidor, en más de cien millones de hablantes, posee la infinita ventaja que es efectivamente, la lengua oficial de veintidós naciones.

Si a ello le sumamos la proximidad lingüística del portugués (Brasil, Portugal, Mozambique, Angola et alii) se constituye una masa crítica de 800 millones de personas que pueden comunicarse entre sí sin mayor esfuerzo y, lo que es más importante, con estructuras mentales similares.

Esto no es un chiste, ni una anécdota, es un dato geopolítico de crucial importancia para comprender el mundo actual en profundidad.

Es incomprensible como de 31 Estados (22 hispano parlantes y 9 luso parlantes) no haya uno, al menos, que tenga una política internacional de defensa de la expresión lingüística luso-castellana.

Es incomprensible que los teóricos franceses, tan sutiles para otros asuntos, no se hayan apercibido que «la mayor presencia del español como lengua de trabajo internacional, garantiza una mayor presencia del francés, frente al inglés».

En este campo específico estamos rodeados de un hato de ineptos. Ineptos que como el «rey cazador de elefantes» sostuvo en la última cumbre Iberoamericana de Cádiz que somos cuatrocientos millones los hispanoparlantes o como las autoridades del Instituto Cervantes que sostiene que somos 450 millones de castellano hablantes en el mundo (cuando hoy sumamos 550 millones) y, para colmo de errores, que es la segunda lengua después del inglés: stultorum infinitus numerus est.

Más allá del rey Borbón y del Instituto Cervantes los usuarios habituales del castellano se han metido en el corazón del imperio talasocrático y así suman en USA, 45 millones. Este hecho bruto, real e indubitable ha hecho exclamar al estratega Samuel Huntington en El Reto Hispano, uno de sus últimos trabajos:  «Los estadounidenses están aceptando que se convertirán en dos pueblos, con dos culturas (anglo e hispana) y dos lenguas (inglés y español)…. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, cada vez hay más ciudadanos (sobre todo negros) que no pueden conseguir el trabajo o el sueldo que sería de esperar porque sólo pueden comunicarse en inglés… Si la expansión del español como segunda lengua de EE UU sigue adelante, con el tiempo podría tener serias consecuencias para la política y el gobierno».

Es que el castellano además es un idioma pluricéntrico, pues a diferencia del inglés o el francés donde Londres y París se han constituido como centros de poder lingüístico, Madrid no tiene vocación de centralidad lingüística.

Es hora que nuestros gobiernos asuman una política internacional de la lengua. Que el castellano sea utilizado como lengua de trabajo de ámbito mundial. Informaciones recientes nos dicen que hoy en China el castellano es la lengua extranjera más estudiada. Que no hay un millón de hispano parlantes en Filipinas sino alrededor de diez millones. Que en Brasil el castellano no es considerada lengua extranjera en las universidades, pues su uso profesoral es habitual. En fin, contamos en definitiva con un instrumento geopolítico y metapolítico poderosísimo que no está explotado[1].

Alberto Buela
buela.alberto@gmail.com


[1] Nobleza obliga y tenemos que rendir homenaje acá al esfuerzo del Prof. Renato Epifanio y quienes lo acompañan en el Movimiento Internacional Lusófono quien desde hace años viene trabajando en la consolidación del portugués como lengua internacional. (www.zefiro.pt)