Publicaciones de la categoría: Literatura

Un personal no tan moderno

Siempre hemos pensado que el empleo del sustantivo personal fuera del ámbito laboral —es decir como sinónimo de «conjunto de personas, gente»— constituía un uso relativamente moderno, por no decir reciente, y propio del habla informal, incluso con un leve matiz irónico o simplemente humorístico: «En su concierto, el cantante X aburrió a todo el personal».

Sin embargo, que es uso ya clásico lo atestigua Pérez Galdós en Vergara, poniendo en boca del narrador de los avatares bélico-amatorios de Fernando Calpena la siguiente expresión, referida al ambiente de la ciudad que da nombre al episodio tras acoger en su seno a Maroto y a don Carlos: «Cualquier observador que conociese el personal habría podido advertir que los amigos de toda la vida no se hablaban ya, y se dirigían miradas recelosas» (c. XXVI).

Pablo Herrero Hernández

A piedra y barro

Locución que suponemos variante de la más corriente «a cal y canto», acompañada por regla general por verbos como cerrar, encerrar o encerrarse: «[…] y fué para él un rato triste y al propio tiempo placentero recorrer la villa a media noche, ponerse a la sombra del caserón de Castro-Amézaga, cerrado a piedra y barro» (Benito Pérez GaldósVergara, c. XX, en: Íd., Obras Completas. Tomo II, Episodios nacionales, Aguilar, Madrid 1970, p. 1057).

Pablo Herrero Hernández

Belleza de la elipsis clásica (2)

«La casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño. Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando le tiraron de una pata».

(Benito Pérez GaldósVergara, c. XX, en: Íd., Obras Completas. Tomo II, Episodios nacionales, Aguilar, Madrid 1970, p. 1055).

Estar a las agrias y a las maduras

Variante del más corriente dicho «estar a las duras y a las maduras», que encontramos en el c. XV de Vergara, de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós: «[…] era forzoso que estuviesen a las agrias y a las maduras» (Íd., Obras Completas. Tomo II, Episodios nacionales, Aguilar, Madrid 1970, p. 1037).

Pablo Herrero Hernández

Belleza de la elipsis clásica (1)

Uno de los factores que contribuyen a la belleza del español clásico es, sin duda, el recurso a la elipsis. En La gitanilla, la vieja gitana y supuesta abuela de Preciosa traza un certero cuadro de la venalidad de la justicia al decir: «Por un doblón de dos caras se nos muestra alegre la triste del procurador». Otro ejemplo, tomado de la misma obra cervantina: «Somos astrólogos rústicos, porque como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche».

Y tan encantadoras como espontáneas y abundantes salen de la pluma galana de Teresa de Jesús.

Pero no se ciñe la elipsis, en el uso clásico, a lo literario, sino que también se complace en sentar sus reales en otro campo en que suelen estar presentes más bien la reiteración y la redundancia, sus rivales: nos referimos al lenguaje burocrático. Tenemos a la vista un curioso documento impreso de la Real Chancillería de Granada, fechado en 1814. Y empieza con las palabras: «Al Excmo. Sr. Presidente de esta Chancillería se ha comunicado de orden del Consejo la que dice así».

Pablo Herrero Hernández

Una muerta faltona

Lo mismo que el Cid Campeador ganaba batallas después de muerto, una muerta ilustre de estos últimos días, la editora Esther Tusquets (otro día hablaremos sobre la dichosa manía, devenida en plaga, de insertar la th en nombres que no la llevan en español), corre el peligro de pasar a la historia por «tratar con desconsideración y sin el debido respeto», una vez fallecida, no sólo a Umberto Eco (a quien, en buena lógica, tendría que estarle agradecida), sino, como mínimo, a todos los lectores de «El País».

Es lo que se desprende de la necrológica publicada en dicho diario el 24 del corriente con la firma del ilustre escritor italiano, titulada y cerrada con las palabras: «Me faltará, nos faltará».

Evidentemente, lo que Eco escribió en italiano sería «Mi mancherà, ci mancherà», del verbo mancare (faltar), pero que, en español, equivale exactamente a «echar de menos a alguien», es decir: «La echaré de menos, la echaremos de menos» (sobre el catalanismo —reprobable por innecesario—  echar a faltar ya tuvimos ocasión de decir algo en un anterior artículo).

Cabe esperar que la anónima mano que ha traducido al español la necrológica no sea precisamente la misma que traduce las obras de Eco a nuestra lengua, pues si en un texto tan sencillo ha cometido un error garrafal como éste, a saber cómo habrá trasladado al español las no fáciles páginas del celebrado autor.

Pablo Herrero Hernández

Clima femenino

Hubo un tiempo en que clima, al igual que otros sustantivos terminados en «a», como fantasma, era femenino. Así lo encontramos, por ejemplo, en uno de los bellísimos romances que canta Preciosa, la gitanilla cuya condición da nombre a la famosa novela ejemplar cervantina. Se trata del que empieza con los versos Salió a misa de parida / la mayor reina de Europa. Hacia el final del romance, la reina Margarita encomienda al padre de su hijo, el rey Felipe III, a la protección de la Virgen: «A su padre te encomiendo, / que, humano Atlante, se encorva / al peso de tantos reinos / y de climas tan remotas» (Miguel de Cervantes Saavedra, La gitanilla, en Íd., Obras Completas, Aguilar, Madrid 1956, p. 777).

Pablo Herrero Hernández

La pregunta de un crítico

En el por otra parte ejemplar suplemento cultural de «La Vanguardia», titulado «Cultura|s», correspondiente al 20 del pasado mes de junio, se pregunta Robert Saladrigas, al presentar las recientes traducciones al español y al catalán de la novela de Niccolò Ammaniti Io e te, por qué tanto en uno como en otro idioma (Tú y yo/Tu i jo) «no ha sido respetado» el título en italiano que, según él, «invierte el orden de los sujetos».

Es el problema de los críticos que critican lo que ignoran. Resulta que en italiano lo normal es decir «io e te», ya que no se percibe como señal de mala educación —como sucede, en cambio, en español y suponemos que también en catalán— anteponer el pronombre de primera persona al de segunda. Los traductores (Juan Manuel Salmerón y Joan Casas, respectivamente) han traducido, pues, correctamente, invirtiendo los términos como pide el genio de las lenguas catalana y española.

Análogamente, si el libro fuera inglés y se titulara Black and White, o francés y llevara por título Noir et blanc, lo lógico y natural sería que en español se tradujera Blanco y negro, y no al revés.

De res, Robert.

Pablo Herrero Hernández

Uso y desuso de las formas verbales

Los idiomas latinos poseen gran riqueza de formas verbales; y cada una de éstas obedece a una necesidad de expresión, a una exigencia de propiedad, de exactitud. Cada tiempo, responde a una realidad concreta y taxativa; no son formas arbitrarias y caprichosas, que puedan emplearse ad líbitum, sin perjuicio de la idea que desea expresarse.

La traslación es una figura que sirve para dar más vigor a un relato: «Llega Julio César a las Galias y su genio militar se impone», en lugar de «llegó» y «se impuso». «Por excitación de Eva, Adán come la fruta prohibida», en vez de «comió».

Pero el abuso de la traslación acarrea el empleo inadecuado de los tiempos y aun la mezcla de formas verbales incompatibles. En un libro editado en Buenos Aires hemos leído: «Ignoraba que usted sabe eso»; «Si hubiera creído que viene V. con nosotros…»; «Andaba como si querría adelantar a los otros»; «Apenas llegué notaba que la situación es grave».

Los críticos literarios franceses se lamentan de que los escritores galos prefieran las formas compuestas y abandonen las simples, con lo que, a más de perder exactitud y precisión las expresiones, el lenguaje se empobrece y se hace monótono, por la repetición de los verbos auxiliares y de los participios.

He aquí, por ejemplo, la traducción literal de un párrafo, perteneciente a cierta novela, de autor muy conocido:

«El señor Masson ha llegado esta mañana; ha visitado las granjas; ha recorrido los establos y se ha mostrado satisfecho en todos estos sitios. Ha comido a las cuatro, ha reposado un poco, ha leído la correspondencia y ha salido otra vez».

¡Ocho veces la forma del verbo auxiliar «ha» y ocho participios de pasado, correspondientes a nuestro pretérito perfecto! ¿No resultaría menos monótono ese párrafo redactado en otra forma?

«El señor Masson llegó esta mañana; visitó las granjas y recorrió los establos, mostrándose (aquí está en su lugar el gerundio) satisfecho en todos estos sitios. Comió a las cuatro; y, después de reposar un poco y leer la correspondencia, salió otra vez».

Lo cierto es que los literatos franceses abandonan las formas simples, hasta el punto de que hay páginas enteras en las que solo se encuentran formas verbales compuestas, con reiteración que llega a hacerse insoportable.

Este vicio, al través de las traducciones serviles y pedestres, comienza a invadir nuestra literatura, y los efectos son aún peores en castellano que en francés, ya que en este último idioma se emplean los dos verbos auxiliares être (ser y estar) y avoir (haber y tener) casi con igual frecuencia uno que otro, mientras que en español apenas se usa con tal carácter el verbo ser, fuera de la voz pasiva.

No se trata, naturalmente, de condenar el empleo de las formas compuestas, que son necesarias, sino de que se usen, en cada caso, las que la exactitud y la propiedad de la expresión requieran.

Es impropio decir: «Fulano se ha establecido en Madrid hace veinte años»; y también lo es: «Vine ahora mismo». Más propio y correcto resultará «se estableció» y «he venido».

La falta de correspondencia en los tiempos da lugar a frases inadmisibles: «Cuando llegué, me he encontrado a Juan»; «Luis me dijo que si no viene es porque tenía que hacer» etc.

Error frecuentísimo es el de emplear el modo potencial, en su forma simple, como equivalente al pretérito imperfecto de subjuntivo: «Si yo tendría dinero, compraría la casa», en lugar de «si yo tuviera o tuviese»; «Si yo querría, podría perjudicarle mucho».

La propia Academia Española (y con ella no pocos gramáticos) aceptó esa equivalencia durante muchos años, considerando esa forma como segunda de las tres que entonces se atribuían al pretérito imperfecto de subjuntivo: «amara, amaría o amase»; «temiera, temería o temiese»; «partiera, partiría o partiese».

Por fortuna, se rectificó el error y se introdujo el modo potencial, denominación que nos parece muy acertada y más lógica y exacta que la de «condicional», empleada en Francia, ya que el modo subjuntivo implica siempre también, en cierta forma, la existencia de una condición.

Puesto que la conjugación española es rica en matices, conviene usar adecuadamente sus formas, con lo cual se logra expresar con precisión las circunstancias de la acción del verbo, evitando, a la vez, la monotonía y el empobrecimiento del lenguaje.

Suele ocurrir, en la enseñanza de las conjugaciones, que los alumnos aprendan de memoria las formas verbales, por el mismo orden en que aparecen expuestas en los textos y como si se tratara de un «catálogo» y no de palabras corrientes en la conversación. Muchas veces hemos comprobado este fenómeno: los niños, al enumerar los modos y los tiempos, lo hacen mecánicamente, sin comprender la aplicación de cada uno de ellos… aunque, cuando hablen, los empleen adecuadamente.

Es un error craso pensar que se conoce la conjugación con solo saber repetir de memoria y correlativamente las formas verbales. Éstas, como es lógico, han de agruparse en un orden; y nos parece muy bien el adoptado por la Academia Española en su Gramática. Pero importa mucho hacer que los alumnos comprendan que no se trata de una tabla de elementos (como las de los metales y metaloides en Química, por ejemplo) sino de la ordenación de las formas verbales que ellos mismos usan —y usan bien, por lo común— en el lenguaje ordinario.

Aun cuando no pretendemos escribir una lección de Gramática, estimamos que no será superfluo hacer aquí un resumen de lo que significan los modos y los tiempos verbales y cuál es su empleo:

Indicativo: Sirve para expresar un hecho real.

Presente: Se usa cuando la acción se realiza en el momento en que se habla: «Juan estudia».

Pretérito imperfecto: Cuando la acción se realizaba aún en el tiempo pasado a que nos referimos: «Entonces yo estudiaba mucho».

Pretérito indefinido: Cuando se habla de una acción pasada, sin determinar si había concluido o no en el momento a que nos referimos: «Napoleón sojuzgó a media Europa».

Préterito perfecto: Cuando el hecho que expresamos acaba de ocurrir en el momento de hablar: «Francia ha pasado por un período de disturbios».

Pretérito pluscuamperfecto: Cuando el hecho se había realizado ya al ocurrir otro, también pasado: «Yo había comido cuando tú llegaste».

Pretérito anterior: Cuando el hecho ocurrió inmediatamente antes de otro también pasado: «Apenas hubo llegado, vinieron a prenderle».

Futuro imperfecto: Cuando queremos significar que ocurrirá algo, después del momento en que se habla, pero sin supeditar la acción a ninguna otra, es decir, en absoluto: «Volveré a visitarle».

Futuro perfecto: Cuando nos referimos a un hecho que tiene que realizarse después de otro todavía no ocurrido cuando se habla: «Tu padre habrá regresado cuando tú te cases».

Potencial: Sirve para expresar la posibilidad de la acción.

Imperfecto: Se usa para indicar esa posibilidad, simplemente, sin determinar tiempo: «Saldría de viaje».

Perfecto: Cuando nos referimos a la posibilidad de la acción, realizada ya al ocurrir otra futura: «Habría salido cuando él llegase».

Subjuntivo: Sirve para expresar la acción como un deseo o como supeditada a otra acción.

Presente: Cuando se quiere expresar que la acción ocurrirá en lo venidero, subordinada a otra: «Cuando llegue, será tarde». Con admiraciones, equivale a expresar un deseo: «¡Que llueva pronto!».

Pretérito imperfecto: Cuando la acción es posible o necesaria para que se realice otra: «Si viniera Juan, se iría Pedro». Con admiraciones y precedido de la partícula si, expresa deseo de que suceda la acción: «¡Si lloviese un poco más!».

Pretérito perfecto: Cuando la acción constituye condición terminante para que se realice otra en lo porvenir: «Cuando hayas dormido, saldrás de paseo».

Pretérito pluscuamperfecto: Cuando la acción constituía, en el pasado, condición absoluta para la realización de otra: «Si hubieras estudiado, tendrías mejores notas». Es un tiempo que podría denominarse «hipotético», ya que expresa hipótesis o suposición.

Futuro imperfecto: Cuando queremos expresar una acción no concluida, dudando de que se realice en lo porvenir: «Si alguien mintiere, sea castigado».

Futuro perfecto: Cuando queremos expresar, dudando de que se haya realizado, una acción concluida: «Si hubieres pecado, debes arrepentirte».

Imperativo: Sirve para mandar, rogar o aconsejar que se realice la acción; y así tiene cierto carácter de futuro: «Corred a salvarle»; «haced lo que os digo»; «sal inmediatamente». Puede denominársele también exhortativo o suplicativo; será imperativo, cuando se dirige a quien tiene obligación de obedecer; suplicativo, si es a persona de igual o superior categoría; y exhortativo, si se expresa la acción como consejo. La misma palabra puede significar orden, ruego o consejo, según el tono en que se pronuncie: «¡Callad!», por ejemplo.

Infinitivo: Sirve, en todas sus formas (cada cual de aplicación distinta) para expresar la idea de la acción, en abstracto, sin precisar persona: «Amar», «amando», «amado».

El Participio pasado, salvo cuando constituye parte de los tiempos compuestos, es, en realidad, un adjetivo.

Respecto al Gerundio, dedicamos párrafo aparte a su empleo.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Elogio —¿fúnebre?— del punto y coma

Nuestro abuelo, el periodista, traductor y escritor Luis Hernández Alfonso, había heredado, a la par que muchos otros escritores españoles del siglo XX, la impecable sintaxis que caracterizó a los grandes novelistas de nuestro siglo XIX —Siglo de Oro de ese género no sólo en España, sino también en Francia, en Gran Bretaña, en Italia, en Alemania o en Rusia—. Galdós, Valera, Pereda, Clarín, Alarcón, la Pardo Bazán y tantos otros buenos escritores de aquel siglo —que se prolonga en el que fue nuestro, por ejemplo, hasta un Baroja— solían puntuar de manera prácticamente perfecta, dando el justo valor en sus oraciones a comas, puntos, puntos y comas y demás signos. Basta con abrir cualquiera de sus obras para percatarse de ello.

Luego vino, por ejemplo, el inaguantable Azorín —uno de los pocos casos en que el actual velo de olvido caído sobre un escritor se nos antoja más que justo—, con su proverbial siembra de puntos a razón de tres por línea; vinieron también los plumíferos aprendices de futuristas que decidieron, entre otras, la proscripción de las comas —aunque forzoso es reconocer que en España, diferentemente de lo que acaeció, por ejemplo, en Italia, su prédica no gozó, por fortuna, de gran influencia—; vino también un cierto García Lorca —al que parece que no se le puede criticar literariamente hablando lo más mínimo, un poco como, en otro orden de cosas, a nuestro actual borbón— anunciando y propugnando voce magna la muerte del punto y coma (y cabe observar, al respecto, que este escritor, tan aupado al empíreo de las letras hispanas por motivos extraliterarios todo lo lamentables que se quiera, si fue buen poeta y dramaturgo de éxito —en esta última faceta acaso no tan grande como muchos piensan—, nunca brilló especialmente en la prosa, que es o debería ser, por obvios motivos, reino, palenque y señorío del punto y coma).

Y vino, por último y por ahora, la actual generación iletrada y, por ende, no leída, la cual, en feliz coincidencia con los actuales medios de comunicación más extendidos, como los SMS o los correos electrónicos, en su gran mayoría o bien prescinde directamente de la puntuación —todos hemos visto circular por la Red mensajes de varias líneas sin un solo signo de puntuación— o bien, en el mejor de los casos, sólo sabe sembrar comas, y no siempre, por desgracia, atinadamente, sino al buen tuntún.

Todos estos factores, y seguramente varios más, han causado o están causando, como primer desastre sintáctico, la desaparición del punto y coma, de esa «pausa mayor que la marcada por la coma y menor que la señalada por el punto» (DPD) que, como su propia definición indica, supone e implica un importante matiz expresivo. Y no es de extrañar que el pueblo llano actual lo esté olvidando y obviando cuando a escribir se aventura, si escritores consagrados y, para mayor inri, miembros de la RAE, lo ningunean, rivalizando en ello con el más abnegado de los tuiteros.

Éste es el caso, por ejemplo, de Javier Marías, a quien tuvimos ocasión de alabar en estas mismas páginas con motivo de su atinada critica a las nuevas y excéntricas normas ortográficas. Causa estupor, tratándose de un escritor tan culto como él, que, en su novela Los enamoramientos, el yo narrante de María Dolz, evidente trasunto del autor pese al cambio de sexo, siembre comas donde la frase pide a gritos un punto y coma, hasta el punto de que tal vez se cuenten con los dedos de una mano las ocurrencias de este signo de puntuación en las 395 páginas de la novela, con el lamentable resultado de cargarse todo matiz de pausa y toda estructura sintáctica.

Véase, de los centenares de pasajes que podríamos citar, el siguiente: «…se había abalanzado sobre él por detrás y lo había apuñalado repetidamente, tirándole las cuchilladas al tórax y a un costado, según un periódico, a la espalda y al abdomen, según otro, y a la espalda, el tórax y el hemitórax, según un tercero» (p. 47). A la vista está que, si el punto y coma sería cuando menos deseable después de «otro», objetiva y ciertamente se impondría después de «periódico». O este otro, modélico: «Le pregunté las señas, me las dio, era bastante cerca». Aquí, el encadenamiento de tres acciones completamente distintas, y cada una con su correspondiente sujeto, pedía igualmente a gritos un punto y coma en lugar de cada coma. Y podíamos traer muchos otros casos de esta puntuación, que en el mejor de los casos cabe tildar de dejada y poco trabajada en la pluma de un académico culto como Javier Marías.

A quien alegue que, de entre todos los signos de puntuación, el punto y coma es el que «presenta un mayor grado de subjetividad en su empleo» (DPD), concederemos que ésta es, desde luego, una verdad como un templo; pero nos permitiremos recordarle también lo que la misma RAE dice a renglón seguido con idéntica razón y justicia: que «esto no significa que el punto y coma sea un signo prescindible».

Para convencer de ello bastará concluir este pequeño alegato a favor del punto y coma con algún ejemplo tomado al azar de unos cuantos de nuestros buenos novelistas:

«César encontraba algo absurdo ser querido así; además, veía que ella le arrastraba a él; a los seis meses de casados, ella le iba haciendo cambiar de ideas y de vida, y él no influía en ella absolutamente nada» (Pío Baroja, César o nada, cap. XIV).

«Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad» (Vicente Blasco Ibáñez, Los argonautas, cap. XI).

«Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él, que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino, siendo glotón a la vez que gastrónomo, gourmand a la vez que gourmet; un tonel sin fondo en cuanto a la calidad y modo de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago» (Luis Coloma, Pequeñeces, cap. III).

«Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en estos tiempos, vióse reducido a la indigencia; pero está probado que procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, como lo acredita la ejecutoria que posee; y, además, figúrese Su Paternidad si tendrá méritos personales cuando la Junta Central le dió espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el Gobierno francés» (Benito Pérez Galdos, Episodios Nacionales.— Napoleón, en Chamartín, cap. XXV).

Pablo Herrero Hernández