Publicaciones de la categoría: Ortografía

Aqui tú donación….

Aquí tú donación

El casi siempre impresentable consistorio madrileño, amén de tener el descaro de mendigar de propios y extraños para sostener su megalómano e inconsistente proyecto llevado a cabo en el antiguo Palacio de Correos, pisotea alegremente la ortografía y la gramática española al rotular, en una especie de cepillos estratégicamente diseminados por los espacios del inhóspito y carísimo engendro gallardónico-botellero, «aqui  donación» ¡precisamente para «apoyar este espacio cultural»!

La foto que ampliamos procede del artículo publicado ayer en «El País» digital por Ana García d’Atri (quien, sin embargo, no parece haberse dado cuenta de los disparates, cabe esperar que únicamente por deficiencias visuales y no de formación; y que, además, habla de huchas, cuando lo correcto sería hacerlo de cepillos).

Sólo nos queda recomendar al anónimo responsable cultural de la Cosa de Cibeles que, si hizo novillos el día en que en su escuela se enseñaban los adverbios de lugar y volvió a hacerlos (¡vaya, hombre!) en la clase donde se estudiaba la diferencia entre el  pronombre y el tu adjetivo, se lea por lo menos lo que sobre esta sencillísima cuestión escribió nuestro abuelo Luis Hernández Alfonso en su Defensa del Idioma, y que publicamos en su día en la siguiente entrada. ¡Ánimo, que nunca es tarde! De nada.

Pablo Herrero Hernández

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¿Abrahán o Abraham?

A diferencia de otras versiones de la Biblia de época reciente —como la por otra parte muy meritoria Biblia de Jerusalén—, la versión oficial del texto bíblico publicada por la Conferencia Episcopal Española hace unos dos años (y que a partir del que viene será, según tenemos noticia, la que adopten los textos litúrgicos de esta confesión en España) ha optado, con muy buen acuerdo, por la forma hispanizada Abrahán frente a la más etimológica de Abraham.

Nos parece un criterio excelente, el de esta adaptación de la forma semítica al genio de nuestra lengua, a la que es ajena la terminación en eme. Con ello no se hace, además, sino adaptar la grafía del nombre del patriarca a la completamente asentada de otros nombres propios bíblicos como Adán, Joaquín o Efraín, por no recordar topónimos de tanta importancia y notorio arraigo en nuestra cultura como los de Jerusalén o Belén.

También nos alegra mucho comprobar que esta nueva versión autorizada del texto bíblico en español no cae en el ridículo vicio que aqueja a innumerables padres y madres españoles —cuando no a las propias interesadas—: el de añadir una hache espuria, totalmente ajena al espíritu de nuestra lengua, a la hora de imponer a alguna de sus hijas los clásicos nombres de heroínas bíblicas como Rut, Ester o Judit, que bueno será recordar que en español no llevan esa hache, importada no ya del hebreo bíblico, sino de otros idiomas modernos.

Por mucho que en el Registro Civil las Ruth, Esther o Judith —y hasta puede que ya las Martha— sean legión (algo que comprobamos con frecuencia quienes ejercemos el oficio de traductores jurados), conviene que se sepa que el uso castizo reprueba en estos casos el añadido de la hache, al igual que en topónimos asimismo de procedencia bíblica, como el de Nazaret.

Con gran acierto, pues, el nuevo texto oficial bíblico de la iglesia católica en España no se ha doblegado, en este caso, a la tendencia dominante.

Pablo Herrero Hernández

Pintadas, pero con tildes

VenezuelaHace unos días, aparecía en «El País» digital esta foto de la agencia AFP, correspondiente a una pintada en Caracas, o, mejor dicho, a una pinta, que así nos asegura el DRAE que las llaman en el país de nuestro venerado Simón Díaz. Vaya por delante que aunque, como todo hijo de vecino, tengamos nuestra particular opinión sobre el mandatario en ella citado, huelga en esta bitácora cualquier consideración de carácter político. Y precisemos también que no somos especialmente amigos de esa forma de contaminación visual y estética que suponen las pintadas o grafitos.

Una vez dicho esto, hemos de comprobar, una vez más, la superioridad de nuestros hermanos de habla y escritura de allende el Océano en el respeto al idioma que compartimos. En efecto, salta a la vista el énfasis con que el autor de la pintada ha tildado correctamente las tres palabras de su texto que llevan acento gráfico: Chávez, está, díganlo. Y aunque, puestos a buscar peros, echemos de menos un signo de puntuación entre las dos frases (nos inclinaríamos por los dos puntos) y el de apertura de la exclamación (que podría coincidir, tal vez, con lo que parece ser el trazo vertical de la «D» que sobresale por debajo), mucho nos tememos que, de ostentar dicha pintada cualquier pared de España, las tildes brillarían en ella por su ausencia.

Y es que, en la antigua cuna del idioma común, a pie de calle (nunca mejor dicho), los acentos gráficos están bastante más muertos que Chávez.

Pablo Herrero Hernández

La hache no importa

Hace unos diez días tuvimos que darnos cita con un técnico de Telefónica —o, mejor dicho, de una empresa subcontratada por esta entidad— para devolverle, ante nuestra inminente mudanza, el equipo de fibra óptica que teníamos instalado en nuestro antiguo domicilio.

Al tomar nota el jovenzuelo de nuestros apellidos para extender el debido justificante, notamos con gran desconcierto que escribía «Errero Ernández»; educadamente, le advertimos de que ambos apellidos debían escribirse con hache inicial, a lo que el mozo nos contestó que no importaba en absoluto dicha falta.

Gente que tal vez ya sólo escribe sms que, brevitatis causa, se comen todo signo juzgado inútil o sobrante, deben ya de escribir así las pocas veces que se ven obligados a empuñar no ya una estilográfica —que ni siquiera deben saber qué es—, sino el más prosaico de los bolígrafos.

Y aunque no rebatimos nada —no fuera a ser que nos cobraran por malas pulgas un servicio que en sí era gratuito—, no pudimos dejar de pensar que, si una vez llegado ese documento a su destino lo procesara otro individuo igualmente iletrado, insertando en la base de datos nuestros apellidos por la e y no por la hache, el detalle sin importancia podría entrañar también implicaciones prácticas importantes.

Pero a la vista está que la hache, como el punto y coma y ya casi la coma, las tildes y los interrogativos y exclamativos iniciales, sobran en la nueva ortografía imperante.

Pablo Herrero Hernández

Distinción entre «EL» artículo y «EL» pronombre

Más sencilla aún que la distinción entre «tu» y «mi», adjetivos posesivos apocopados, y «tú» y «mí» (pronombres personales, respectivamente) es la que debemos establecer entre «el», artículo determinativo, y «él», pronombre de tercera persona, masculino y singular.

Efectivamente: «el», artículo, acompaña —de manera inmediata o con palabra interpuesta— a un sustantivo, con el que concuerda en género y número. Ejemplos: sin interposición de otra voz: «El libro pequeño»; «el pino más alto»; «el caballo negro»; «el lobo más voraz». Con interposición: «El pequeño libro», «el más alto pino»; «el negro caballo»; «el más voraz lobo».

Se advierte, con claridad, en los cuatro últimos ejemplos, que puede construirse la frase, sin alterar su sentido, de forma que el artículo «el» se halle precediendo, de manera inmediata, al sustantivo determinado.

Como en los casos aludidos al comienzo, el pronombre «él» se halla, naturalmente, sustituyendo a un sustantivo, sea común o propio, más corrientemente éste que aquél, dado que es un «pronombre personal», si bien puede siempre «personalizarse» un sustantivo común que sea nombre de animal o cosa.

Veamos unos cuantos ejemplos, en los que empleamos «el», como artículo, y «él», como pronombre.

«Juan dice que él no tiene el libro». Es evidente que esta frase equivale a «Juan dice que Juan no tiene el libro». «Hablé con Antonio; y creo que él no robó el dinero»; es decir: «Hablé con Antonio; y creo que Antonio no robó el dinero». El pronombre «él» (acentuado gráficamente) suple a los nombres propios «Juan» y «Antonio», mientras que el artículo «el» (sin acento) determina, respectivamente, a los sustantivos «libro» y «dinero».

Lo mismo sucede cuando se «personalizan» los nombres de animales o cosas. V. gr.: «Ahuyentó al león; pero él volvió por el cervatillo»; «La encina se irguió frente al viento; el matorral, se inclinó; ella era fuerte y él, débil». Naturalmente, estas frases tienen sentido figurado. En ellas, se emplena los pronombres personales para evitar la repetición del sustantivo «león», en el primer ejemplo, y «encina» y «matorral»,en el segundo.

En casos de duda, ésta se resuelve con solo considerar femeninas las palabras dudosas: el artículo, forzosamente habrá de sustituirse por «la», y el pronombre, por «ella», con lo que desaparecerá la confusión. Supongamos, pues, que, en lugar de «Juan» fuera «Juana»; y diremos: «Juana dice que ella no tiene el libro»; o bien que, en vez de libro, se trata de «libreta»; y tendremos: «Juan dice que él no tiene la libreta».

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Las palabras «MI» y «TU» como pronombres personales y como adjetivos posesivos

Por raro que parezca, son muchos los que confunden, en la práctica, los pronombres personales «mí» y «tú» con los adjetivos «mi» y «tu», apócopes de los adjetivos posesivos «mío» y «tuyo», empleados delante del sustantivo.

Gráficamente, se diferencian porque los dos pronombres van acentuados, mientras que los adjetivos no llevan acento. Pero, naturalmente, esa diferencia ha de establecerse en virtud del oficio que las citadas voces desempeñen en la oración. Nada más fácil que distinguir cuándo son pronombres personales y cuándo adjetivos.

Por definición, los pronombres «hacen las veces de nombre», mientras que los adjetivos «acompañan al sustantivo» bien para calificarlo, bien para determinarlo, según su clase.

En consecuencia, cuando las voces «mi» y «tu» no vayan acompañando a un sustantivo, sino sustituyéndolo, serán pronombres personales y, por lo tanto, se escribirán con acento; y si concuerdan con un sustantivo al que determinen, solo podrán ser adjetivos posesivos apocopados y carecen de acento gráfico.

Unos ejemplos aclararán esta regla.

Si decimos: «Tú debes traer tu paraguas», es evidente que el primer «tu» se halla sustituyendo al nombre de la persona con quien hablamos, y podríamos poner éste en su lugar: «Lorenzo, debes traer tu paraguas». En cambio, el segundo «tu» no admite sustitución: queremos decir, simplemente, que Lorenzo debe traer el paraguas de su propiedad, el que posee.

Hay otro medio, sencillísimo, de saber si el segundo «tu» es posesivo: basta alterar el orden de las palabras en la oración. Entonces, si colocamos antes el sustantivo a que hace referencia y con el que concuerda, habremos de emplear la voz «tuyo», con lo que desaparecerá todo género de dudas: «Tú (Lorenzo) debes traer el paraguas tuyo».

Quedará, pues, claramente establecido que el primer «tu» es pronombre personal y el segundo, adjetivo posesivo.

Análogamente ocurre con «mi»:

Ejemplo: «Mi padre ha hablado por mí». El primer «mi» es posesivo y el segundo, pronombre, ya que aquél equivale a «mío» (el padre mío) y éste al nombre del que habla.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

La hache muda y la aspirada

En nuestro idioma, esta letra es casi siempre muda; pero en algunos vocablos, se aspira; y en algunas comarcas se aspira siempre. Carecemos de normas sobre el particular; y así, tal pronunciación se hace arbitrariamente. Incluso, familiarmente, se denomina jándalos a los andaluces y extremeños que convierten las haches en jotas… y, en ocasiones, aspiran las palabras que comienzan con vocal, como anteponiéndoles una h imaginaria.

El resultado de esta carencia de valor fonético fijo de la hache ha sido que, en los Diccionarios, figuren palabras sinónimas con la sola diferencia de una hache en lugar de una jota; y que se admitan como correctas, para una misma palabra, unas veces la grafía con «j» y otras la grafía con «h», rechazándose como barbarismo la no aceptada.

El lenguaje español apenas tiene pronunciación figurada, es decir, que, salvo contadas excepciones (la c, la g, la h…) las letras poseen un sonido constante. Lo general es que la hache sea muda; y, en consecuencia, cuando se pronuncia, se sustituye por la letra cuyo sonido, aunque más fuerte y gutural, es el que más se asemeja al de la aspiración. De aquí resulta una «digrafía» aceptada unas veces y rechazada otras por la Academia, la cual opta por la jota o la hache sin exponer las razones de su elección.

Veamos, como ejemplo, algunos de los numerosos casos que podrían citarse.

La Academia acepta estas voces:

Bahuno y Bajuno
Haca y Jaca
Hallullo y Jallullo
Humera y Jumera
Hopo y Jopo
Hollín y Jollín
Holgorio y Jolgorio

Considera incorrectas las siguientes:

Ajechar por Ahechar
Ajecho por Ahecho
Ajitera por Ahitera
Ajuate por Ahuate
Ajumarse por Ahumarse
Bojío por Bohío
Jallar por Hallar
Jamaca por Hamaca
Jato por Hato
Jenequín por Henequín
Jerrumbre por Herrumbre
Jico por Hico
Jipar por Hipar
Jonda por Honda
Jorro por Horro
Jorondo por Horondo
Jurgar por Hurgar
Juronera por Huronera
Jutía por Hutía

En todos estos casos, ha optado por la hache; pero opta por la jota en algunas palabras y estima incorrectas:

Bahareque por Bajareque y Herga por Jerga

Ahora bien: como, aun escribiéndose con h una voz, cabe la aspiración de dicha letra, los sonidos se diferencian mucho menos que las grafías, por lo que la confusión persiste en la práctica.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Algo sobre esdrújulos

La Real Academia Española, en su Diccionario Manual, estampa estas líneas: «Telégrama.— Es barbarismo hacer esdrújula esta voz».

Nada tendríamos que objetar a esa afirmación si no se diera la anomalía de que en el mismo Diccionario figuren, como vocablos correctos, los esdrújulos telégrafo, teléfono, gramófono, fonógrafo, sismógrafo, termómetro, barómetro, cronómetro, tipómetro, taxímetro, tipógrafo, topógrafo, cinematógrafo, cronógrafo, cronólogo, arqueólogo, entomólogo… y otros muchos de análoga morfología, formados, como telegrama, de dos voces griegas. ¿Por qué ha de decirse telégrafo y es barbarismo telégrama? La falta de consecuencia resulta evidente.

A mayor abundamiento, la docta corporación incluye en el léxico oficial las palabras kilogramo y kilolitro, llanas, junto a kilómetro, esdrújula. ¿A qué obedece esa diferencia? ¿Acaso el prefijo kilo varía de acento porque preceda a metro o a litro? Otro tanto sucede con hectómetro, hectolitro, hectogramo, hectárea, hectógrafo etc., unos llanos y otros esdrújulos, sin motivo alguno que justifique la disparidad.

Más ejemplos de tal anomalía: aeródromo, aeróstato, aeróscopo, aerolito, aerograma, aerófobo, decalitro, decámetro, decálogo, catálogo, decilitro, decagramo, decímetro, mililitro, miligramo, milímetro… La lista de palabras que se hallan incluidas, arbitrariamente, entre las llanas o entre las esdrújulas, sería demasiado extensa; y creemos que las indicadas bastan para demostrar la falta de unidad de criterio a que nos referimos.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Observaciones sobre el prefijo «a»

El prefijo a se antepone al nombre primitivo en la formación de muchos verbos; mientras que no ocurre así en otros. El resultado de esta diversidad es que el vulgo agregue el prefijo a los que no lo llevan y lo suprima en los que deben llevarlo.

Así vemos que suele oírse «hondar» por «ahondar», «hormar» por «ahormar»; y «afusilar» por «fusilar», «aconsolar» por «consolar», «acontagiar» por «contagiar»,  «arrecoger» por «recoger» etc. etc.

Hay, sin embargo, circunstancias que explican esos vicios vulgares. Existen muchos vocablos, especialmente verbos, que tienen dos formas casi iguales, sin más diferencia que la anteposición o la supresión del prefijo a. Se da este caso en nombres y en adjetivos; pero, repetimos, donde más abunda es en los verbos. Citamos algunos, tomados al azar, de los muchos que podrían mencionarse.

Amarinar – Marinar
Acachetear – Cachetear
Acocear – Cocear
Acombar – Combar
Acongojar – Congojar
Aconchabarse – Conchabarse
Acribar – Cribar
Acristianar – Cristianar
Adoctrinar – Doctrinar
Agrillarse – Grillarse

Nada tiene, pues, de extraño, que el vulgo, inclinado siempre a las generalizaciones, crea indiferente la anteposición o la supresión del prefijo, con el grave riesgo de suprimir la a inicial aunque no tenga ese carácter, sino cuando forme parte de la palabra primitiva, cambiando así, involuntariamente, la significación del verbo, como en «cometer» por «acometer» o a la inversa.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Elogio —¿fúnebre?— del punto y coma

Nuestro abuelo, el periodista, traductor y escritor Luis Hernández Alfonso, había heredado, a la par que muchos otros escritores españoles del siglo XX, la impecable sintaxis que caracterizó a los grandes novelistas de nuestro siglo XIX —Siglo de Oro de ese género no sólo en España, sino también en Francia, en Gran Bretaña, en Italia, en Alemania o en Rusia—. Galdós, Valera, Pereda, Clarín, Alarcón, la Pardo Bazán y tantos otros buenos escritores de aquel siglo —que se prolonga en el que fue nuestro, por ejemplo, hasta un Baroja— solían puntuar de manera prácticamente perfecta, dando el justo valor en sus oraciones a comas, puntos, puntos y comas y demás signos. Basta con abrir cualquiera de sus obras para percatarse de ello.

Luego vino, por ejemplo, el inaguantable Azorín —uno de los pocos casos en que el actual velo de olvido caído sobre un escritor se nos antoja más que justo—, con su proverbial siembra de puntos a razón de tres por línea; vinieron también los plumíferos aprendices de futuristas que decidieron, entre otras, la proscripción de las comas —aunque forzoso es reconocer que en España, diferentemente de lo que acaeció, por ejemplo, en Italia, su prédica no gozó, por fortuna, de gran influencia—; vino también un cierto García Lorca —al que parece que no se le puede criticar literariamente hablando lo más mínimo, un poco como, en otro orden de cosas, a nuestro actual borbón— anunciando y propugnando voce magna la muerte del punto y coma (y cabe observar, al respecto, que este escritor, tan aupado al empíreo de las letras hispanas por motivos extraliterarios todo lo lamentables que se quiera, si fue buen poeta y dramaturgo de éxito —en esta última faceta acaso no tan grande como muchos piensan—, nunca brilló especialmente en la prosa, que es o debería ser, por obvios motivos, reino, palenque y señorío del punto y coma).

Y vino, por último y por ahora, la actual generación iletrada y, por ende, no leída, la cual, en feliz coincidencia con los actuales medios de comunicación más extendidos, como los SMS o los correos electrónicos, en su gran mayoría o bien prescinde directamente de la puntuación —todos hemos visto circular por la Red mensajes de varias líneas sin un solo signo de puntuación— o bien, en el mejor de los casos, sólo sabe sembrar comas, y no siempre, por desgracia, atinadamente, sino al buen tuntún.

Todos estos factores, y seguramente varios más, han causado o están causando, como primer desastre sintáctico, la desaparición del punto y coma, de esa «pausa mayor que la marcada por la coma y menor que la señalada por el punto» (DPD) que, como su propia definición indica, supone e implica un importante matiz expresivo. Y no es de extrañar que el pueblo llano actual lo esté olvidando y obviando cuando a escribir se aventura, si escritores consagrados y, para mayor inri, miembros de la RAE, lo ningunean, rivalizando en ello con el más abnegado de los tuiteros.

Éste es el caso, por ejemplo, de Javier Marías, a quien tuvimos ocasión de alabar en estas mismas páginas con motivo de su atinada critica a las nuevas y excéntricas normas ortográficas. Causa estupor, tratándose de un escritor tan culto como él, que, en su novela Los enamoramientos, el yo narrante de María Dolz, evidente trasunto del autor pese al cambio de sexo, siembre comas donde la frase pide a gritos un punto y coma, hasta el punto de que tal vez se cuenten con los dedos de una mano las ocurrencias de este signo de puntuación en las 395 páginas de la novela, con el lamentable resultado de cargarse todo matiz de pausa y toda estructura sintáctica.

Véase, de los centenares de pasajes que podríamos citar, el siguiente: «…se había abalanzado sobre él por detrás y lo había apuñalado repetidamente, tirándole las cuchilladas al tórax y a un costado, según un periódico, a la espalda y al abdomen, según otro, y a la espalda, el tórax y el hemitórax, según un tercero» (p. 47). A la vista está que, si el punto y coma sería cuando menos deseable después de «otro», objetiva y ciertamente se impondría después de «periódico». O este otro, modélico: «Le pregunté las señas, me las dio, era bastante cerca». Aquí, el encadenamiento de tres acciones completamente distintas, y cada una con su correspondiente sujeto, pedía igualmente a gritos un punto y coma en lugar de cada coma. Y podíamos traer muchos otros casos de esta puntuación, que en el mejor de los casos cabe tildar de dejada y poco trabajada en la pluma de un académico culto como Javier Marías.

A quien alegue que, de entre todos los signos de puntuación, el punto y coma es el que «presenta un mayor grado de subjetividad en su empleo» (DPD), concederemos que ésta es, desde luego, una verdad como un templo; pero nos permitiremos recordarle también lo que la misma RAE dice a renglón seguido con idéntica razón y justicia: que «esto no significa que el punto y coma sea un signo prescindible».

Para convencer de ello bastará concluir este pequeño alegato a favor del punto y coma con algún ejemplo tomado al azar de unos cuantos de nuestros buenos novelistas:

«César encontraba algo absurdo ser querido así; además, veía que ella le arrastraba a él; a los seis meses de casados, ella le iba haciendo cambiar de ideas y de vida, y él no influía en ella absolutamente nada» (Pío Baroja, César o nada, cap. XIV).

«Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad» (Vicente Blasco Ibáñez, Los argonautas, cap. XI).

«Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él, que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino, siendo glotón a la vez que gastrónomo, gourmand a la vez que gourmet; un tonel sin fondo en cuanto a la calidad y modo de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago» (Luis Coloma, Pequeñeces, cap. III).

«Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en estos tiempos, vióse reducido a la indigencia; pero está probado que procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, como lo acredita la ejecutoria que posee; y, además, figúrese Su Paternidad si tendrá méritos personales cuando la Junta Central le dió espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el Gobierno francés» (Benito Pérez Galdos, Episodios Nacionales.— Napoleón, en Chamartín, cap. XXV).

Pablo Herrero Hernández