Publicaciones de la categoría: Periodismo y medios en general

¿Diptongofobia o hiatofilia?

Hace unos días terminaba el por muchos conceptos célebre concurso ¿canoro? de Eurovisión. Para los espectadores españoles, secundaba al ya vetusto Íñigo en sus funciones de comentarista una joven, a la que imaginamos infeliz becaria. Ésta, al referirse al país que acogía el certamen, siempre lo llamaba, metódicamente, con constancia digna de mejor causa, Suécia, convirtiendo indebidamente en hiato el diptongo. Y ello nos recordaba a otro caso análogo, harto extendido en los medios de comunicación oral españoles, en los que a la actual reina de los belgas se la suele llamar, con ignorancia y terquedad parejas, ya desde sus tiempos princesilesPaóla,  transformando análogamente en hiato el original diptongo italiano (idioma en el que este nombre, salvando la segunda vocal, se pronuncia exactamente igual que su equivalente español, Paula.

Más allá de la ignorancia y de la terquedad a las que aludíamos, el diagnóstico entre las dos tendencias que encabezan este artículo nos parece tan difícil como aventurado. Y acaso inútil.

Pablo Herrero Hernández

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Aqui tú donación….

Aquí tú donación

El casi siempre impresentable consistorio madrileño, amén de tener el descaro de mendigar de propios y extraños para sostener su megalómano e inconsistente proyecto llevado a cabo en el antiguo Palacio de Correos, pisotea alegremente la ortografía y la gramática española al rotular, en una especie de cepillos estratégicamente diseminados por los espacios del inhóspito y carísimo engendro gallardónico-botellero, «aqui  donación» ¡precisamente para «apoyar este espacio cultural»!

La foto que ampliamos procede del artículo publicado ayer en «El País» digital por Ana García d’Atri (quien, sin embargo, no parece haberse dado cuenta de los disparates, cabe esperar que únicamente por deficiencias visuales y no de formación; y que, además, habla de huchas, cuando lo correcto sería hacerlo de cepillos).

Sólo nos queda recomendar al anónimo responsable cultural de la Cosa de Cibeles que, si hizo novillos el día en que en su escuela se enseñaban los adverbios de lugar y volvió a hacerlos (¡vaya, hombre!) en la clase donde se estudiaba la diferencia entre el  pronombre y el tu adjetivo, se lea por lo menos lo que sobre esta sencillísima cuestión escribió nuestro abuelo Luis Hernández Alfonso en su Defensa del Idioma, y que publicamos en su día en la siguiente entrada. ¡Ánimo, que nunca es tarde! De nada.

Pablo Herrero Hernández

A vueltas… con los catalanismos

No nos cabe duda de que el suplemento Cultura/s del diario barcelonés «La Vanguardia», que solemos leer semanalmente, es el mejor, con diferencia, de cuantos conocemos publicados por los demás periódicos españoles de proyección nacional, tanto por la amplitud, apertura y variedad de sus temas como por el rigor con que suelen tratarlos sus articulistas.

Razón de más es ésta para lamentar que, de vez en cuando y a veces con una frecuencia que resulta llamativa, su versión en lengua española —única que podemos leer aquí en Madrid— adolezca de unos catalanismos que no dejan de resultar chocantes en periodistas y escritores a los que se les supone plenamente bilingües. Por regla general, se trata de calcos sintácticos —de algunos de los cuales ya hemos tratado en estas columnas, aun cuando no citando directamente ejemplos de «La Vanguardia», como todo y que o echar a faltar—, pero tampoco  faltan, de vez en cuando, los léxicos, como el que hoy nos ocupa.

El número 563 del suplemento, correspondiente al 3 de abril del año en curso, trae un artículo, por lo demás muy interesante, de Mary Ann Newman (al no haber mención de traducción, lo suponemos escrito en español en su original o traducido por la Redacción), titulado El arquitecto de Nueva York y dedicado a Rafael Guastavino, justamente célebre por sus impresionantes bóvedas, empleadas en los edificios más representativos de Nueva York y —según nos informa nuestro buen amigo el ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Ramon Gras i Alomà— en hasta ¡mil! edificios oficiales de las principales ciudades de la Costa Este de los Estados Unidos.

Pues bien: una y otra vez la autora del artículo nos habla de «la vuelta catalana», «una vuelta o enladrillado de Guastavino», «una vuelta a escala», «magníficas vueltas de principios del siglo pasado»… Claramente, la volta catalana (el término, por suerte, que no la estructura) le ha jugado una mala pasada, y ha traducido o le han traducido como vuelta lo que en español se llama, propiamente hablando, bóveda, término que, salvo inadvertencia nuestra, no se menciona en ningún lugar del artículo.

No desconocemos que el término español vuelta posee también, según el DRAE, el significado de ‘bóveda, y por extensión techo’, pero se trata, por un lado, de una acepción que ocupa el lugar 28.º en la actual edición del diccionario académico (y la 29.ª en el borrador de la XXIII edición) y que tiene, sobre todo, dos marcas: la de rural y la de aragonesismo (seguramente por influencia, en el habla de aquella región, del catalán —¡perdón!, quisimos decir del lapao—); la propia acepción académica remite al vocablo español bóveda, que es el equivalente exacto de la volta catalana e italiana, de la voûte francesa, de la abóbada portuguesa, de la boltă rumana, y hasta de la vault inglesa y del Gewölbe alemán, con todos los cuales comparte, en virtud de una rara unanimidad, el mismo étimo latino. Existe también en español otra acepción de vuelta, la n.º 24, con la marca de término arquitectónico: ‘curva de intradós de un arco o bóveda’; como la propia definición indica, se trata de una parte de la bóveda —la inferior, cóncava—, y no de la estructura en sí.

No ya en catalanismo propiamente dicho, sino en despiste que sorprende en persona de su cultura, incurre, en el mismo número del suplemento, el culto escritor Sergio Vila-Sanjuán al afirmar, en su artículo Dos tipos de bohemios, que «la bohemia de Montmartre está muy bien plasmada por catalanes: Casas, Rusiñol, Picasso, Pidelaserra, Casagemas, Pichot, etc…».

Pablo Herrero Hernández

El extraño caso del publicado inédito

La ignorancia lógica y léxica del mundo periodístico español supera cada día barreras que la víspera nos parecían infranqueables. Ayer, sábado, nos desayunamos en «El País» digital con el siguiente titular de una noticia procedente de la agencia EFE, acompañado del correspondiente subtítulo:

InéditoQue un texto definido inédito en 2013 fuera publicado en 1866 se nos antoja una contradicción patente. Lo que a todas luces quiso decir el anónimo redactor de la noticia fue que la poesía en cuestión —seguimos resistiéndonos, pese al criterio académico, a llamar ánglicamente poema a cualquier poesía que no rebase, como mínimo, unos centenares de versos— había pasado desapercibida en las sucesivas ediciones de las Obras Completas de la insigne poetisa gallega, hasta que alguien se ha dado cuenta de la omisión. Pero, propiamente hablando, en ningún caso puede llamarse inédito lo que en su día tuvo los honores de la publicación.

Pablo Herrero Hernández

Mi cadera y la gira de Lady Gaga

Al leer este mediodía «El País» digital, quien estas líneas firma ha emitido un suspiro de alivio. Hace precisamente dos días, un molesto problema de cadera lo mantuvo inmovilizado en casa. Y al leer el siguiente titular…

Lady Gaga

…no ha podido menos de alegrarse, al quedar acreditado que ha sido el problema en la cadera de Lady Gagasu cadera») —y no, por ejemplo, el de la cadera del firmante,— lo que ha impedido la gira de tan cotizada estrella. ¡Y luego dirán que el periodismo no cumple una función social!

Es curioso, por cierto, el mundo del periodismo español: con alguna honrosa excepción, sus porfesionales no saben ni redactar ni pronunciar en inglés, de manera medianamente presentable, más de dos o tres frases trilladas de manual para turistas, pero —paradójicamente— calcan las estructuras de este idioma al español (en este caso, los posesivos) con una fidelidad rayana con el fanatismo.

¿Será que tampoco saben español?

Pablo Herrero Hernández

Prohibición de no

prohibición

Así titula esta mañana Yolanda Monge su artículo en la edición digital de «El País»: «Panetta acaba con la prohibición de que las mujeres no puedan entrar en combate». De ello se desprende que:

1.º) Hasta ahora, las mujeres tenían prohibido «no entrar en combate», es decir que estaban obligadas a luchar, y que

2.º) El bueno de Panetta, al levantar la prohibición de «no entrar en combate», las ha dejado, como mínimo, libres de entrar o no en él (¡cosa —se nos concederá— que no deja de ser original en un ejército!).

Claro que, por el contenido del artículo, las cosas no parecen estar así.

Está claro que la periodista ignora el uso correcto del verbo «prohibir» en español; a ello puede añadirse que haya incurrido en un catalanismo, ya que, según nuestros escasos conocimientos de la hermosa lengua de Verdaguer y de Pla, en catalán sí es legítima y hasta obligatoria, al igual que en otros idiomas, la construcción negativa con verbos como prohibir, impedir, etc… y sus correspondientes sustantivos. En español actual, desde luego, no lo es.

Pablo Herrero Hernández

De nacionalidad magrebí

Nacionalidad magrebí

Estos son el titular y la entradilla que desde primeras horas de la mañana y pasadas ya las 13 horas seguían informando, en la página web de «El País», sobre el lamentable caso del albañil en paro que se prendió fuego en Málaga. De él nos dice el articulista Jesús Sánchez Orellana (¡honor a él!) que era «de nacionalidad magrebí».

Si —como por una vez y sin que sirva de precedente bien dice la Academia— el Magreb es una zona del norte de África en la que se incluyen Marruecos, Argelia y Túnez y, «considerada más ampliamente» (DPD), Libia, Mauritania y el Sáhara, de ahí se desprende que el hombre en cuestión podía ser ciudadano marroquí, argelino, tunecino, libio, mauritano, e incluso —por lo menos virtualmente— saharaui o sahariano, pero en ningún caso «de nacionalidad magrebí».

Es como si dijéramos, por ejemplo, que el brillante autor del artículo de marras es «de nacionalidad ibérica» (adjetivo que, como es sabido, sepultados ya los sueños decimonónicos de fundir en una nación España y Portugal, sólo se emplea actualmente para designar la península homónima y determinados jamones y embutidos que gozan de gran reputación).

Pablo Herrero Hernández

Chinofobia

ChinofobiaEsto es lo que aparecía, esta mañana, como titular de un artículo de Raquel Vidales en «El País» en su versión digital.

Ignora, por lo visto, esta periodista que los nombres compuestos derivados del adjetivo chino se componen con sino- (sinología, sinólogo…), al igual que los derivados de inglés lo hacen con anglo-, los de francés con franco-, los de italiano con italo-, los de griego con greco-, los de sirio con siro-, los de indio con indo-, etcétera, etcétera.

Y tras leer anteayer en el mismo diario, como ladillo bajo un titular, algo así como que el Ministerio de Interior español «disuadía de no conducir bajo los efectos del alcohol y de las drogas», vamos camino de desarrollar una periodistofobia (que no periodistafobia, como seguramente escribirían Raquel y compañía).

Pablo Herrero Hernández

Un deslizamiento semántico

Así titula el periodista Iker Seisdedos su artículo publicado hace unos días en «El País» sobre la restauración de un cuadro perteneciente a los fondos del Prado, depositado como tantos otros, durante el siglo XIX, en diferentes lugares —éste en concreto, en una parroquia de la provincia de Almería— y que se unirá en fechas próximas a los demás que se conservan en el célebre museo madrileño de la mano del genio de Pieve di Cadore (cuyo ilustre nombre preferimos escribir, al uso clásico español, como Ticiano, al igual que hablamos de Miguel Ángel y de Rafael).

Evidentemente, si uno consulta las acepciones del adjetivo pródigo en el DRAE (1. adj. Dicho de una persona: Que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón. U. t. c. s. // 2. adj. Que desprecia generosamente la vida u otra cosa estimable. // 3. adj. Muy dadivoso. // 4. adj. Que tiene o produce gran cantidad de algo), descartadas las tres primeras por aplicarse a personas, y no a cosas, tampoco la cuarta puede predicarse de un cuadro.

A todas luces, se ha aplicado el adjetivo pródigo al lienzo de Ticiano calcándolo de la expresión «hijo pródigo», de la tal vez hoy ya no tan popularmente conocida parábola evangélica. En efecto, si para el DRAE «hijo pródigo» es ‘hijo que regresa al hogar paterno, después de haberlo abandonado durante un tiempo, tratando de independizarse’, sí cabe aplicar este adjetivo, por analogía, a un cuadro que «estaba perdido, y ha sido hallado», como dice de su hijo el padre de la parábola lucana (Lc 15, 32).

Con ello se produce un evidente deslizamiento semántico del adjetivo desde las acepciones negativa (‘el que derrocha’) y positivas (‘el generoso, el dadivoso, lo fecundo’) a otra (‘el o lo que vuelve o se recupera tras estar perdido’) cuyo único nexo con los anteriores significados lo da un elemento propiamente extralingüístico: en este caso, el relato evangélico transmitido por Lucas.

Habría que examinar si la frecuencia y la extensión de pródigo en calcos similares del sintagma «hijo pródigo» justificaría la incorporación de dicho significado como una acepción más del adjetivo.

Pablo Herrero Hernández

Pelear el futuro

Éste es el titular que desde ayer cuelga el diario «El País» en su versión de Internet de un artículo firmado por Elena G. Sevillano, a la que, según se ve, debe de haberle parecido el no va más de la elocuencia y del impacto convertir en transitivo un verbo intransitivo en todas sus acepciones.

El madrileño Hospital de la Princesa pelea por su futuro, contra las autoridades autonómicas que lo quieren desmantelar y, por supuesto, con todas las demás entidades amenazadas de cierre o de cruel reconversión, pero en modo alguno puede pelear algo…, por lo menos sin hacer trizas el idioma de resultas de la pelea, pretensión que suponemos muy alejada de la intención de su sufrido personal, aunque no, por desgracia, de la de gran parte de la profesión periodística española.

Pablo Herrero Hernández