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¿Diptongofobia o hiatofilia?

Hace unos días terminaba el por muchos conceptos célebre concurso ¿canoro? de Eurovisión. Para los espectadores españoles, secundaba al ya vetusto Íñigo en sus funciones de comentarista una joven, a la que imaginamos infeliz becaria. Ésta, al referirse al país que acogía el certamen, siempre lo llamaba, metódicamente, con constancia digna de mejor causa, Suécia, convirtiendo indebidamente en hiato el diptongo. Y ello nos recordaba a otro caso análogo, harto extendido en los medios de comunicación oral españoles, en los que a la actual reina de los belgas se la suele llamar, con ignorancia y terquedad parejas, ya desde sus tiempos princesilesPaóla,  transformando análogamente en hiato el original diptongo italiano (idioma en el que este nombre, salvando la segunda vocal, se pronuncia exactamente igual que su equivalente español, Paula.

Más allá de la ignorancia y de la terquedad a las que aludíamos, el diagnóstico entre las dos tendencias que encabezan este artículo nos parece tan difícil como aventurado. Y acaso inútil.

Pablo Herrero Hernández

Pronunciaciones erróneas y vulgares

Resulta sorprendente que en medios oficiales y supuestamente cultos como «Radio Clásica» se oiga — y no se escuche— con frecuencia a los locutores pronunciar los grupos consonánticos gm y gn de forma incorrecta. Cada dos por tres nos machacan los oídos — dispuestos ya a escuchar (esta vez sí) hermosas melodías— con lindezas como frajmento, majníficat, dijno, imprejnar, etc… Si esto pasa en la citada emisora, preferimos ijnorar lo que sucede al respecto en otros medios destinados a audencias menos cultivadas, dicho sea con todos los respetos hacia éstas.

Y, sin abandonar el ámbito de «nuestra» emisora, Mikaela Vergara (quien quiera honra, que la gane), una locutora del programa «Redacción de Radio Clásica» —que se emite a la crítica hora digestiva o predigestiva, según hogares, de las 3 de la tarde—,  cada vez que anuncia un concierto en Madrid (lo cual, como es de imaginar, suele suceder, como mínimo, una vez al día), cae en el feísimo vicio de pronunciar el nombre de nuestra ciudad natal con esa zeta final que puso de moda la movida de los años ochenta del siglo XX y que, pese a los que muchos creen, no es en modo alguno castiza en ninguna de sus dos acepciones (ni pura desde el punto de vista lingüístico ni referente al costumbrismo madrileño).

Hace unas semanas, se lució la citada locutora al anunciar el concierto de un tenor apellidado Ortiz «en el Teatro de la Zarzuela de Madriz», con lo que el disparate se convirtió en aleluya. Aunque la lengua en los medios esté ya, por lo que se ve, más para réquiems que para aleluyas.

Pablo Herrero Hernández

Cursilerías musicales

La nueva ola de locutores incorporados a Radio Clásica en los últimos años —es decir, los Fernando Palacio’s boys & girls— sigue haciendo de las suyas, por lo menos en lo lingüístico, aun cuando en lo que a la selección musical se refiere, tras la fulminante y feliz destitución de su mentor y con el timón de la emisora en muy mejores manos, parece que poco a poco va recuperándose cierto rigor que nunca debió perderse.

Ya trajimos a estas páginas, junto con algún otro, el despropósito de la hora antes —y no menos— de Canarias; pero la nueva serie de tonterías que suenan, junto con la música, en el dial de Radio Clásica tiene que ver esta vez con la presentación de los conciertos previstos que se hace en el programa de sobremesa titulado «La Redacción».

Cansados los chicos de Palacios de repetir por enésima vez que la tal orquesta interpretará, tocará o ejecutará una determinada pieza, ahora han dado en la flor de recurrir al verbo recrear. Quedan enterados nuestros lectores: de ahora en adelante lo que mola es decir: «¡Esa recreación de Verdi me ha entusiasmado!» (aunque se trate del Réquiem, que por su tema poco puede tener de recreación), o «¡Hay que ver qué bien recrea tu hijo la Marcha turca de Mozart!». Y hasta futuros doblajes de Casablanca —en España siempre serán necesarios doblajes— deberán sustituir la apolillada muletilla: «¡Tócala otra vez, Sam!» por la originalísima y cultísima «¡Recréala otra vez, Sam!».

Pero no para ahí la tontuna. Otras perlas nos aguardan. Ya no está de moda decir, a propósito de un concierto o recital, que «el programa incluye las siguientes obras» o que «están en programa» la tal sinfonía o el tal cuarteto. Ahora queda mucho más fino decir: «En el atril, la Quinta sinfonía de Beethoven…». Ya nos parece oír frases del tipo: «¿Qué había en el atril la otra noche en el Auditorio?». La locución, amén de cursi, también puede resultar inexacta en muchas ocasiones, ofendiendo a tantos solistas que, las más de las veces, tocan sus obras —perdón, las recrean— de memoria, es decir sin nada en el atril (lo mismito que en la cabeza de muchos comunicantes).

Y hablando de solistas, viene al pelo esta no ya perla, sino Koh-i-noor de la cursilería rampante que impera en la actual Radio Clásica, oída hace tan sólo unos días. Extenuada ya de anunciar que el concierto contará con la participación del afamado solista X, el otro día la locutora se arrancó con un: «Se reclamará la presencia del famoso pianista…». Pronto será habitual oír en los locales públicos, en vez de la clásica pregunta de si hay un médico en la sala, si hay un violinista o una pianista… Avisados quedan.

Pablo Herrero Hernández

Un artista que su música…

Acabamos de oírlo no en el mercado ni en la calle, sino en una emisora de radio, oficial para más inri: «Radio Clásica», al hablar el cateto locutor Carlos Garrido del malogrado Usandizaga. «Un artista que su música…». ¡Viva el anacoluto y viva la ignorancia del pronombre español cuyo con sus correspondientes flexiones!

Y lo curioso es que, con alguna excepción como la del inglés whose, otras lenguas tienen motivos para envidiarnos la economía que supone disponer de un pronombre con flexiones y con valor de posesivo y poder decir y escribir en una palabra lo que ellos tienen que hacer, como mínimo, con dos: por ejemplo, «il/la/i/le cui» del italiano o «dont le/la/les» del francés.

Hace tiempo (¡casi cinco años!) ya dedicamos un articulejo a esta cuestión en la bitácora «El jardín cerrado»: Réquiem por un pronombre español. Por lo visto y por desgracia, no ha perdido actualidad, hasta el punto de no atrevernos a excluir que, el día menos pensado, la RAE le cuelgue a cuyo la etiqueta de «desusado», que es, salvo contadas sorpresas, algo así como la extrema unción de las palabras.

Pablo Herrero Hernández

Achacar el invento

Esta mañana, un locutor de «Radio Clásica» de la vieja escuela, Ángel Sánchez Manglanos, responsable del programa diario de esa emisora sobre la Orquesta y Coro Nacionales de España, nos ha dado un susto al decir que hoy se celebraba la festividad de santa Cecilia, patrona de la música, a quien, según sus palabras,  «se le achaca la invención del órgano…».

En efecto, si, como siempre hemos pensado y el DRAE nos confirma, el verbo «achacar» significa ‘atribuir, imputar a alguien o algo un delito, culpa, defecto o desgracia, generalmente con malicia o sin fundamento’ (la cursiva es nuestra), nos sorprende dolorosamente que un melómano declarado como Sánchez Manglanos considere delito, culpa, defecto o desgracia la invención del órgano, el rey de los instrumentos. Pudo emplear atribuir, adjudicar, asignar, adscribir… y nos habría ahorrado el susto.

Y todo eso, naturalmente, sin contar con el conocido abuso que supone la atribución a la mártir cristiana no sólo ya de la invención del citado instrumento, sino del patronato musical; abuso debido, según parece, al error de un copista, que leyó en el relato original de la pasión de Cecilia las palabras «candentibus organis» —referidas a las tuberías de las termas de la casa patricia de la santa, puestas al rojo vivo para martirizarla— y las transcribió como «canentibus organis» —’entre el canto de los órganos’—, por lo que Cecilia pasó, de morir abrasada tout court como lo fue san Lorenzo, a expirar entre jubilosas cascadas de notas procedentes de órganos celestiales tocados por los ángeles, como puede verse en las —por otro lado, fantásticas— ingenuas estampas decimonónicas de estilo sansulpiciano que reproducen su martirio.

Y es que basta una letra para cambiar la historia. ¡Como para quitarle importancia a las erratas!

Pablo Herrero Hernández

Una hora antes

Posiblemente aburridos ya de la manida muletilla a la que obliga la corrección política de tener que advertir siempre de la diferencia horaria existente entre la Península y Canarias, algunos locutores de uno y de otro sexo de la única emisora de radio que aún, a ratos, escuchamos —«Radio Clásica»— han dado en cambiar, al anunciar conciertos radiados y programas, la expresión «una hora menos en Canarias» por «una hora antes en Canarias».

Nos parece un error mayúsculo, toda vez que, evidentemente, el programa no se emite para Canarias una hora antes de emitirlo para el resto de España, sino a la misma hora, que es en Canarias una menos que en la Península. No es en absoluto lo mismo, aunque canarios y peninsulares —y baleares, ceutíes y melillenses— sepamos ya hasta la saciedad lo de la hora de diferencia y no haya peligro de que no lleguemos a tiempo al concierto. Pero antes no es sinónimo de menos, de la misma manera que después no lo es de más.

Claro que, en esto de la expresión de marras, hay una locutora de la misma emisora que se lleva la palma. A la pobre, bastante redicha, le debe de parecer vulgar repetir constantemente la misma muletilla que sus compañeros, y el otro día nos sorprendió con algo tan florido como: «…una hora antes si tienen ustedes la suerte de vivir en las Islas Afortunadas». Recemos para que no se difunda la nueva fórmula, digna de presentarse al Festival de la Cursilería Radiofónica… y de alzarse con el triunfo.

Pablo Herrero Hernández