Publicaciones de la categoría: Preposiciones

Estar previsto a…

Esta mañana, en el Eskup de «El País» (suponemos se dirá así), una construcción que jamás habíamos visto ni oído nos ha llamado la atención, y hemos tenido que releerla para cerciorarnos de que la habíamos entendido bien y de que no se trataba de una mala pasada que la vista nos había jugado. Hablaba la información del inminente abandono de la energía nuclear en el Japón, y terminaba diciendo que «el único reactor que continúa operativo —lo de operativo merece una próxima entrada aparte— está previsto a ser apagado en mayo».

La construcción de marras, al parecer, está bastante extendida,  especialmente en tierras americanas, y constituye, a nuestro humilde entender, un verdadero barbarismo sintáctico, resultado de calcar al español la estructura inglesa «to be foreseen to + infinitivo».

El anónimo perpetrador del texto de «El País» habría podido escribir, sin menoscabo alguno de nuestro idioma: «…está previsto que se apague en mayo», «…está previsto que sea apagado en mayo»,  «…se prevé apagarlo en mayo», «…se prevé que sea apagado en mayo»…

Otro ejemplo que encontramos en la Red, procedente éste de la República Dominicana, da pie para indicar otras posibilidades de decir correctamente en español lo que se pretende. Dice el original: «La obra, que está prevista a ser terminada en unos ocho meses, estará bajo la supervisión…» (en realidad, el original habla de supervisón, que imaginamos será el no va más en cuestión de pieles).

En este caso, además de las soluciones apuntadas arriba para el texto de «El País» (p. ej., «La obra, que se prevé terminar en unos ocho meses..»), otra buena opción sería la de bajar al pronombre relativo cuyo de ese desván de trastos supuestamente inútiles en el que la ignorancia de muchos escribientes —y de no pocos escritores actuales, si queremos mantener tan discutible diferenciación— parece haberlo arrumbado, y decir: «La obra, cuya terminación se prevé en unos ocho meses —o, mejor aún, «para dentro de unos ocho meses»—, estará bajo la supervisión…».

Todo, menos emplear en español la aberrante construcción «estar previsto a + infinitivo».

Pablo Herrero Hernández

Orinar «a» cadáveres

Sentimos mucho dejar hoy el grato filón gastronómico-lingüístico de estos últimos días —si no de vino y rosas, sí de allioli y pantumaca para referirnos a otro tema que está, por desgracia, en las antípodas del que ocupaba nuestras últimas papeletas. Nos referimos al titular que hemos leído hace unos minutos en la página web de «El País» —con estos períodicos virtuales uno no sabe ya si está leyendo una noticia de la edición impresa de la mañana, una de última hora o lo que será el titular de la de mañana—, que reza o rezaba así: «EE UU cree “deplorable” la grabación de sus soldados orinando a cadáveres» (la cursiva es nuestra).

Dejando de lado la ambigüedad que podría encerrar el titular —¿cree EE. UU. (con puntos) deplorable la grabación, el hecho grabado o ambas cosas?—, lo que también es deplorable —por supuesto en otro orden de cosas y ciñéndonos exclusivamente al ámbito de nuestra bitácora— es esa construcción, a todas luces insólita y errónea, del verbo orinar con la preposición a. Se trata de un verbo que puede construirse, como intransitivo, con varias otras preposiciones: en, sobre, encima de, contra, etc…, pero en ningún caso con a. Nadie orina a algo o a alguien.

Pablo Herrero Hernández

Una traducción llena de cucarachas

Tal vez aquí, tal vez en otro lugar de la Red, hemos afirmado en más de una ocasión que en España, hoy en día, se suele traducir bastante mal, razón por la que los libros que nos interesan, si escritos en lengua que dominamos, en ella procuramos leerlos, y si lo están en otra que desconocemos, preferimos saborearlos traducidos a lenguas distintas del español.

Con todo, de vez en cuando recibimos, como obsequio de familiares o allegados, obras foráneas en su versión española, y por el debido respeto al obsequiante nos prestamos a leerlas con la mejor de las intenciones.

Sabedora de nuestro interés por la figura y la obra de Walter Benjamin, una persona muy allegada puso en nuestras manos, hace unas semanas, la novela Todo el hierro de la torre Eiffel, de Michele Mari, publicada en nuestro país por Seix Barral en su «Biblioteca Formentor» y traducida —digamos así, por convención— por cierta María Jesús Fenero.

El planteamiento de escribir una novela sobre un encuentro que nunca se produjo entre Benjamin y Céline, en teoría muy interesante, se convierte en manos del novelista italiano en una especie de gran guiñol o esperpento —eso sí, trufado de referencias culturales, para que veamos cuánto «se lo ha currado»— sin apenas nada medianamente serio o digno de atención. Tal vez deslumbrado por toda esa labor de investigación —lamentablemente puesta al servicio de una trama a la altura, o mejor dicho, a la bajura de una Julia Navarro cualquiera—, el jurado de un premio como el Bagutta, otrora otorgado a un Sciascia o un Primo Levi, ha juzgado procedente galardonar semejante mamarracho. Nada es ya lo que era, ni siquiera en Italia.

Pero vengamos a lo nuestro, es decir a la versión española de la infumable novela. Nunca se advertirá lo suficiente sobre el escollo que representan para los traductores los que se han dado en llamar «falsos amigos», más peligrosos cuanto más cercanos estén los universos lingüísticos y culturales del par de lenguas en que se trabaja. Pues en tales escollos naufraga, hasta hacer agua, la versión que perpetra Fenero.

Uno de los errores que se repite a lo largo y ancho de toda la obra, debido precisamente al título férreo de la obra, es el de traducir el italiano bullone (que equivale a nuestro perno, al estar formado por la unión entre dos elementos como, por ejemplo, un tornillo y una tuerca) como bulón, cuya acepción, según el DRAE, es ‘tornillo grande de cabeza redondeada’ —lo que no es en absoluto lo mismo, sino acaso la mitad de lo que se quiere significar—, y además empleado como tal, según la misma fuente, sólo en la Argentina, el Uruguay y el Paraguay.

Pasamos de puntillas sobre otras traducciones «al pie de la litera» (que decía con chunga nuestro abuelo materno, maestro de traductores), como es dejar candela como candela, en vez de vela; emplear banana, en vez de plátano; fémina, en vez de hembra; «ciudadano privado», en vez de particular, y hasta una «estatua tombal» (?) que suponemos querrá decir sepulcral. Pasen también bajo misericordioso velo frases como: «Media hora más tarde los tres compañeros estaban en la cabecera de Benjamin…» (¡menuda cabecera debía de ser para contenerlos a los tres!) y otras lindezas de parecido jaez.

Pero una última perla que no nos resistimos a presentar es la de la escena, en la que, en la página 22 de la versión española, «un escarabajo atravesó velozmente la habitación» hasta meterse «por una grieta entre los azulejos de la pared». Evidentemente, se trata, en realidad, de una cucaracha (en italiano, scarafaggio), y no de un escarabajo (en italiano, scarabeo). Ni más ni menos como las que pueblan tantas traducciones como ésta.

Pablo Herrero Hernández 

Mal uso de los posesivos

Suelen ser mal empleados los posesivos, tanto en España como en América. Es frecuente leer frases en que se ha sustituido una preposición de, de ablativo, por un pronombre posesivo, verbi-gratia: «Vino detrás nuestro» en lugar de «Vino detrás de nosotros», error que proviene de considerar aquella preposición como de genitivo, es decir, como expresión de propiedad, siendo así que es de ablativo e indica circunstancia de lugar.

Luis Hernández Alfonso
(Defensa del idioma, Madrid 1948-1952)

Bajo, sobre y desde el punto de vista

[…] Desde Calahorra, en la Rioja, me escribe un don Ángel Díaz Oliván sometiéndome un punto de vista muchas veces aclarado, y es si oficialmente es correcto decir «bajo el punto de vista» en vez de «desde el punto de vista». La tertulia —encantadoras tertulias de casinos lugareños— calificó la frase de «bajo, etc.» de barbarismo.

[…] Al que desde lo alto de una cumbre mira a lo hondo de un valle, le cabe decir que ve a éste «bajo su punto de vista», como al que desde lo hondo del valle mira a lo alto de la cumbre le cabe a su vez decir que lo mira «sobre su punto de vista». Y ambos dirán bien si dicen que lo ven «desde su punto de vista». Que tan desde es el «bajo» como el «sobre». […] Con lo que quedamos en que lo de «bajo el punto de vista» podrá ser eso que las gramáticas y los diccionarios llaman barbarismo, pero no es, en ciertos casos, un contrasentido […].

Miguel de Unamuno
(Intermedio lingüístico. Bajo, sobre y desde el barbarismo, en «Ahora», Madrid, 6-II-1935).

Al norte de…

El artículo de nuestra autoría que seguidamente transcribimos apareció en la bitácora «El jardín cerrado» el 24 de septiembre de 2007. Hoy, al tropezar por enésima vez, en la revisión de una traducción, en un error análogo a los que en él se tratan, nos ha parecido conveniente traerlo de nuevo a colación, con alguna modificación, en esta bitácora consagrada a un buen uso del español. Somos conscientes, una vez más, y ante un error como el que aquí condenamos —que oímos repetido a diario y consiguientemente inculcado a los espectadores, por ejemplo, en las previsiones meteorológicas televisivas—, de la desproporción de nuestros esfuerzos quijotescos ante los gigantescos molinos de viento —nunca mejor traída la metáfora, en este último caso— del «adversario»; pero ello no obsta para que condenemos aquí tan mal uso de la lengua.

O al sur, al este, al oeste… Hace tiempo que la prensa española en general ha dado en utilizar la construcción «al + punto cardinal + de» para indicar en qué zona o parte de una ciudad, territorio o región acontece algo. Sin ir más lejos, en «El País» de hoy (24-09-2007) hallamos frases como las siguientes:

«EL PAÍS ha localizado a su familia en el barrio de Prepeleac, el más pobre de Targoviste, al norte de Rumanía» (portada).

«Dos militares italianos y dos acompañantes afganos […] desaparecieron el sábado por la tarde en la provincia de Herat, al oeste de Afganistán» (pág. 5).

«Urs Hans von Aesch […] se instaló en 1991 con su mujer Vreni en una pequeña casa de campo en el extrarradio de la pequeña localidad de Benimantell, al norte de la provincia de Alicante» (pág. 43).

En buen español, estas tres noticias vienen a decir, respectivamente:

— Que la familia visitada por EL PAÍS vive en realidad, como mínimo, en Ucrania (es decir, «al norte de Rumanía»);

— que los militares y sus acompañantes desaparecieron, como mínimo, en Irán (es decir, «al oeste de Afganistán»);

— y que Benimantell se encuentra, en realidad, en provincia de Valencia —«al norte de la provincia de Alicante»—, si no más arriba.

¿Costaría tanto escribir y decir, en todos estos casos, «en el norte de Rumanía», «en el oeste de Afganistán» y «en el norte de la provincia de Almería»? El sintagma «al + punto cardinal + de» dice y entraña relación respecto al lugar que le sigue, y no un emplazamiento dentro de éste (tarea que cumple, en efecto, el sintagma «en el + punto cardinal + de»).

La cuestión es, por demás, sencilla: si vivo en la zona norte de una ciudad, diré que resido en el norte de ella; si mi residencia está, en cambio, en una localidad septentrional respecto a otra ciudad, deberé decir que vivo al norte de esta última.

Pablo Herrero Hernández