Publicaciones de la categoría: Puntuación

Pintadas, pero con tildes

VenezuelaHace unos días, aparecía en «El País» digital esta foto de la agencia AFP, correspondiente a una pintada en Caracas, o, mejor dicho, a una pinta, que así nos asegura el DRAE que las llaman en el país de nuestro venerado Simón Díaz. Vaya por delante que aunque, como todo hijo de vecino, tengamos nuestra particular opinión sobre el mandatario en ella citado, huelga en esta bitácora cualquier consideración de carácter político. Y precisemos también que no somos especialmente amigos de esa forma de contaminación visual y estética que suponen las pintadas o grafitos.

Una vez dicho esto, hemos de comprobar, una vez más, la superioridad de nuestros hermanos de habla y escritura de allende el Océano en el respeto al idioma que compartimos. En efecto, salta a la vista el énfasis con que el autor de la pintada ha tildado correctamente las tres palabras de su texto que llevan acento gráfico: Chávez, está, díganlo. Y aunque, puestos a buscar peros, echemos de menos un signo de puntuación entre las dos frases (nos inclinaríamos por los dos puntos) y el de apertura de la exclamación (que podría coincidir, tal vez, con lo que parece ser el trazo vertical de la «D» que sobresale por debajo), mucho nos tememos que, de ostentar dicha pintada cualquier pared de España, las tildes brillarían en ella por su ausencia.

Y es que, en la antigua cuna del idioma común, a pie de calle (nunca mejor dicho), los acentos gráficos están bastante más muertos que Chávez.

Pablo Herrero Hernández

Elogio —¿fúnebre?— del punto y coma

Nuestro abuelo, el periodista, traductor y escritor Luis Hernández Alfonso, había heredado, a la par que muchos otros escritores españoles del siglo XX, la impecable sintaxis que caracterizó a los grandes novelistas de nuestro siglo XIX —Siglo de Oro de ese género no sólo en España, sino también en Francia, en Gran Bretaña, en Italia, en Alemania o en Rusia—. Galdós, Valera, Pereda, Clarín, Alarcón, la Pardo Bazán y tantos otros buenos escritores de aquel siglo —que se prolonga en el que fue nuestro, por ejemplo, hasta un Baroja— solían puntuar de manera prácticamente perfecta, dando el justo valor en sus oraciones a comas, puntos, puntos y comas y demás signos. Basta con abrir cualquiera de sus obras para percatarse de ello.

Luego vino, por ejemplo, el inaguantable Azorín —uno de los pocos casos en que el actual velo de olvido caído sobre un escritor se nos antoja más que justo—, con su proverbial siembra de puntos a razón de tres por línea; vinieron también los plumíferos aprendices de futuristas que decidieron, entre otras, la proscripción de las comas —aunque forzoso es reconocer que en España, diferentemente de lo que acaeció, por ejemplo, en Italia, su prédica no gozó, por fortuna, de gran influencia—; vino también un cierto García Lorca —al que parece que no se le puede criticar literariamente hablando lo más mínimo, un poco como, en otro orden de cosas, a nuestro actual borbón— anunciando y propugnando voce magna la muerte del punto y coma (y cabe observar, al respecto, que este escritor, tan aupado al empíreo de las letras hispanas por motivos extraliterarios todo lo lamentables que se quiera, si fue buen poeta y dramaturgo de éxito —en esta última faceta acaso no tan grande como muchos piensan—, nunca brilló especialmente en la prosa, que es o debería ser, por obvios motivos, reino, palenque y señorío del punto y coma).

Y vino, por último y por ahora, la actual generación iletrada y, por ende, no leída, la cual, en feliz coincidencia con los actuales medios de comunicación más extendidos, como los SMS o los correos electrónicos, en su gran mayoría o bien prescinde directamente de la puntuación —todos hemos visto circular por la Red mensajes de varias líneas sin un solo signo de puntuación— o bien, en el mejor de los casos, sólo sabe sembrar comas, y no siempre, por desgracia, atinadamente, sino al buen tuntún.

Todos estos factores, y seguramente varios más, han causado o están causando, como primer desastre sintáctico, la desaparición del punto y coma, de esa «pausa mayor que la marcada por la coma y menor que la señalada por el punto» (DPD) que, como su propia definición indica, supone e implica un importante matiz expresivo. Y no es de extrañar que el pueblo llano actual lo esté olvidando y obviando cuando a escribir se aventura, si escritores consagrados y, para mayor inri, miembros de la RAE, lo ningunean, rivalizando en ello con el más abnegado de los tuiteros.

Éste es el caso, por ejemplo, de Javier Marías, a quien tuvimos ocasión de alabar en estas mismas páginas con motivo de su atinada critica a las nuevas y excéntricas normas ortográficas. Causa estupor, tratándose de un escritor tan culto como él, que, en su novela Los enamoramientos, el yo narrante de María Dolz, evidente trasunto del autor pese al cambio de sexo, siembre comas donde la frase pide a gritos un punto y coma, hasta el punto de que tal vez se cuenten con los dedos de una mano las ocurrencias de este signo de puntuación en las 395 páginas de la novela, con el lamentable resultado de cargarse todo matiz de pausa y toda estructura sintáctica.

Véase, de los centenares de pasajes que podríamos citar, el siguiente: «…se había abalanzado sobre él por detrás y lo había apuñalado repetidamente, tirándole las cuchilladas al tórax y a un costado, según un periódico, a la espalda y al abdomen, según otro, y a la espalda, el tórax y el hemitórax, según un tercero» (p. 47). A la vista está que, si el punto y coma sería cuando menos deseable después de «otro», objetiva y ciertamente se impondría después de «periódico». O este otro, modélico: «Le pregunté las señas, me las dio, era bastante cerca». Aquí, el encadenamiento de tres acciones completamente distintas, y cada una con su correspondiente sujeto, pedía igualmente a gritos un punto y coma en lugar de cada coma. Y podíamos traer muchos otros casos de esta puntuación, que en el mejor de los casos cabe tildar de dejada y poco trabajada en la pluma de un académico culto como Javier Marías.

A quien alegue que, de entre todos los signos de puntuación, el punto y coma es el que «presenta un mayor grado de subjetividad en su empleo» (DPD), concederemos que ésta es, desde luego, una verdad como un templo; pero nos permitiremos recordarle también lo que la misma RAE dice a renglón seguido con idéntica razón y justicia: que «esto no significa que el punto y coma sea un signo prescindible».

Para convencer de ello bastará concluir este pequeño alegato a favor del punto y coma con algún ejemplo tomado al azar de unos cuantos de nuestros buenos novelistas:

«César encontraba algo absurdo ser querido así; además, veía que ella le arrastraba a él; a los seis meses de casados, ella le iba haciendo cambiar de ideas y de vida, y él no influía en ella absolutamente nada» (Pío Baroja, César o nada, cap. XIV).

«Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad» (Vicente Blasco Ibáñez, Los argonautas, cap. XI).

«Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él, que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino, siendo glotón a la vez que gastrónomo, gourmand a la vez que gourmet; un tonel sin fondo en cuanto a la calidad y modo de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago» (Luis Coloma, Pequeñeces, cap. III).

«Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en estos tiempos, vióse reducido a la indigencia; pero está probado que procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, como lo acredita la ejecutoria que posee; y, además, figúrese Su Paternidad si tendrá méritos personales cuando la Junta Central le dió espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el Gobierno francés» (Benito Pérez Galdos, Episodios Nacionales.— Napoleón, en Chamartín, cap. XXV).

Pablo Herrero Hernández

Jurados iletrados

Es noticia de ayer, en España, una sentencia judicial en cuya materia no entraremos, porque huelga en esta bitácora, pero sobre cuya forma, concretada en el acta del jurado que ha trascendido a la prensa, sí nos sentimos autorizados a opinar desde estas páginas.

«El jurado, a deliberado…»: así se inicia el glorioso documento manuscrito, que contiene luego un sinfín de otras faltas (faborable, debolvió, atribullen…), algunas de las cuales algún jurado menos inculto corrigió, justamente avergonzado, en el último momento, antes de entregar el acta al juez.

No faltará quien objete que, en época en que tampoco la magistratura brilla por su propiedad a la hora de redactar sentencias, algo así resulta excusable en ciudadanos de a pie como los llamados a formar parte de un jurado. Séanos permitido discrepar rotundamente al respecto. Pasó ya el tiempo —si es que alguna vez lo hubo en realidad, fuera de en las excelsas obras teatrales de nuestro Siglo de Oro— en que un rústico labrador, naturalmente analfabeto, le cantaba cuatro verdades a un rey o a un corregidor en perfecto castellano…

Hoy en día, tras decenios de enseñanza obligatoria, constituye un escándalo que ciudadanos llamados a formar un jurado y a tomar, por lo tanto, decisiones que han de afectar de lleno a la vida de una persona no sepan escribir, y menos aún redactar. Y no por otra cosa sino porque quien mal escribe y mal redacta, forzosamente ha de razonar mal.

Volviendo al documento de autos —para seguir en ambiente judicial—, véase, si no, esa inquietante coma puesta, incomprensiblemente, entre el sujeto «el jurado» y el verbo «a deliberado». ¿Qué significa esa coma? El anónimo redactor del brillante documento, de escritura no infantil, sino infantiloide —y no entramos en más consideraciones grafológicas sobre su letra que, por lo poco que sabemos de tan interesante ciencia, acaso nos llevarían muy lejos—, debió de pensar que esa coma era una forma de subrayar la importancia del jurado por él dignamente representado; algo así como si la pausa que siempre implica este signo de puntuación otorgara importancia y hasta majestad a esa corporación temporal. Casi se lo imagina uno repitiendo para sus adentros: «El jurado, coma…». Sabido es que, en este mundo, todo lo que implique pompa y circunstancia —desde un funeral de primera hasta una coronación— ha de ser pausado… Seguro que al escribir la coma, se veía por un momento con toga y peluca como el juez de Testigo de cargo

Semejante incomprensión del papel de un signo de puntuación nos recuerda el caso de bastantes tenderos igualmente iletrados, a los que vemos pregonar en sus anuncios y carteles las supuestas virtudes de su género entrecomillándolas —Garbanzos «muy tiernos», Salchichón «ibérico», Melones «dulcísimos»—, ignorando al parecer que, por lo menos para parte de sus potenciales clientes, esas comillas evocan precisamente lo contrario de lo que pretenden asegurar y arrojan serias dudas sobre la calidad de su mercancía. Dudas muy parecidas a las que albergamos sobre la calidad de muchas sentencias como la que nos ocupa… y preocupa.

Pablo Herrero Hernández

De traductores y rayas

Nadie piense que vamos a tocar temas espinosos de adicciones a determinado estupefaciente por parte del sufrido colectivo traductoril, cuyos ingresos, por lo general bastante exiguos, harían desde luego más viable para ellos —en caso de estar determinados a abrazar con fruición el camino del vicio— una adicción a las pipas de girasol o a las pastillas Juanola que a sustancias más caras y, por supuesto, bastante más destructivas.

Nos referimos, en cambio, a la también sufrida raya como signo de puntuación (—), cuyo uso en los incisos constituye en nuestro idioma, junto al de las comas y al de los paréntesis, un valioso recurso… muy poco empleado (aunque nunca tan poco como el punto y coma, al que seguramente dediquemos pronto un merecido articulillo).

En estos últimos meses, al contemporizar nuestra actividad de traducción con la de revisión de traducciones —principalmente del inglés y del alemán— para determinados proyectos, nos hemos dado cuenta de que sólo una minoría selecta de traductores conoce y emplea correctamente este recurso sintáctico, que como es sabido, o mejor dicho como reza la norma académica, supone un aislamiento mayor que el de las comas y menor que el de los paréntesis.

Nuestro involuntario estudio de campo ha dado como resultado la comprobación de que la mayor parte de nuestros colegas mantiene al pie de la letra los incisos del idioma original. En textos ingleses —hablamos concretamente de ensayos— plagados de incisos entre paréntesis, tan poco frecuentes y estéticos en español, hemos visto mantenidos éstos casi en toda ocasión, cuando, en su mayoría, podían sustituirse cómodamente, según casos, por comas o rayas, con gran ventaja para la comprensión y hasta para la vista del lector de la versión española.

Pero lo peor viene ahora: la enorme mayoría de los colegas cuyas versiones hemos revisado no parece conocer la raya (—) como signo de puntuación distinto del guión (-) [con perdón por lo de guión] y del semimenos o guión largo (–), cada uno de los cuales tiene su aplicación concreta como signo de puntuación, pero nunca en los incisos.

Nos permitimos, pues, remitir a todo aquél que desee conocer o refrescar el uso correcto de la raya a la homónima voz del DPD (se trata de la interfaz de la Academia Costarricense de la Lengua, única que hasta el momento conozcamos que permita consultar al mismo tiempo el DRAE y el DPD; véase en este caso la parte inferior de la página).

Pablo Herrero Hernández