Publicaciones de la categoría: Sinónimos

Un ramillete de hermosas palabras

…es lo que nos ha dejado —naturalmente además de su interesante y, bajo muchos aspectos, siempre actual contenido— la reciente lectura de la obra de Aranguren titulada Contralectura del catolicismo (Planeta, Barcelona 1978). No nos resistimos a compartirlas con nuestros amables lectores:

misteriosidad, o ‘calidad de misterioso’ (p. 61). Aunque no la registre el DRAE, huelga decir que es plenamente legítima y que está perfectamente construida, como sus otras muchas «hermanas» que sí acoge el diccionario académico (peligrosidad, animosidad, grandiosidad, etc.).

fiducia: «[…] Lutero concibió la fe, de modo unilateralmente personalista, como una relación de fiducia, de confianza y esperanza del hombre en Dios […]» (p. 78). Lo registra actualmente el DRAE como «poco usado», y remite a su —en nuestra opinión— casi sinónimo confianza. Ahora bien: como acertadamente da a entender Aranguren al distinguir en su frase entre fiducia, confianza y esperanza, podríamos definir la fiducia como una confianza inspirada por la fe (la fides latina) o que dimana de ésta; algo distinto, por lo tanto, de la confianza, que, propiamente hablando, puede perfectamente darse también entre iguales.

manido: «[…] ningún otro [novelista] tiene hoy su obra tan madurada, tan a punto, para mi gusto incluso un poco manida (manida, participio del verbo manir) como él» (p. 92). Aquí Aranguren casi podría decirse que nos descubre un sentido positivo de este adjetivo y participio, cuyo uso exclusivamente negativo, como ‘muy trillado’, es —si se nos permite el juego de palabras—, en efecto, manido. Lo interpreta aquí nuestro autor como participio de manir en la 2.ª acepción de este verbo (‘Hacer que las carnes y otros alimentos se pongan más tiernos y sazonados, dejando pasar el tiempo necesario antes de condimentarlos o comerlos’), que es, a todas luces, positiva. Lo emplea, pues, como un sinónimo de decantado, otro bonito adjetivo participial, procedente asimismo del mundo de la alimentación, tan productivo también en el orden metafórico.

enterizo: «Yo no pronunciaré una sola palabra desdeñosa para el eclecticismo, y mucho menos entre nosotros, enterizos e intolerantes hasta el extremo […]» (p. 146). Precioso adjetivo, empleado por Aranguren, en sentido figurado, en su 2.ª acepción (‘De una sola pieza’), y que, por desgracia —como sucede en la frase citada— retrata con cruel fidelidad esa supuesta virtud tan española consistente en ser uno, en sus creencias y opiniones, granítico, inquebrantable, numantino, sosteniéndolas sin enmendarlas, a machamartillo, etcétera: en una palabra, enterizo.

transmundo: «Es verdad que la secularización creciente de la vida tiene, por desgracia, un sentido indiscutible de apartamiento del transmundo y entrega total a la tierra […]» (p. 165). Se trata de un hermoso vocablo para designar el ‘ámbito más allá de la muerte’, claramente infrautilizado frente a otros sinónimos, encabezados por el omnipresente (¡pese al apartamiento lamentado en su día por el filósofo!) el más allá. Aranguren escribe transmundo, aunque la tendencia actual, amparada por el DRAE y por el DPD, parece aconsejar, en este caso, la reducción del grupo consonántico en beneficio de la forma trasmundo.

Pablo Herrero Hernández

Valor, valentía, valeroso, valiente

Una amable lectora, Alicia Moreno Delgado, nos consulta en un comentario a nuestra anterior entrada sobre las posibles diferencias entre valor y valentía y si valeroso y valiente son sinónimos o tienen algún matiz distinto. Añadía que había consultado a este respecto el DRAE y se «había quedado igual que estaba».

Ante todo, y como ya le adelantábamos en nuestra respuesta a su interesante comentario, eso de salir de consultar el DRAE con la cabeza caliente y los pies fríos (por emplear otra expresión popular más o menos análoga) nada tiene de raro, especialmente cuando se pretende comparar palabras etimológica o semánticamente afines: las más de las veces la definición de una incluye la otra y viceversa, por lo que se queda uno enredado en un bucle infinito y sin salida. Otras veces, la pereza de sus compiladores no permite ir más allá de lo obvio.

Vamos a ver si entre tanta confusión podemos arrojar algo de claridad.

Valor: La acepción de este término que aquí nos interesa es la 4.ª de la actual edición del DRAE (la XXII): ‘Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. U. t. en sent. peyor., denotando osadía, y hasta desvergüenza. ¿Cómo tienes valor para eso? Tuvo valor de negarlo’. Conviene subrayar, por un lado, la ambigüedad que dan a valor tanto este sentido peyorativo, muy vivo en el habla popular, como el número de las demás acepciones del término (9 en total, sin contar las específicas de una disciplina o materia).

Valeroso: Interesa aquí su escueta 2.ª acepción: ‘Que tiene valentía‘, lo que hace de este adjetivo prácticamente un sinónimo de valiente.

Valentía: La edición actual da 6 acepciones de este vocablo, de las que sólo la primera puede aproximarnos a lo que buscamos, si bien de manera no totalmente satisfactoria, debido a su patente imprecisión (‘Esfuerzo, aliento, vigor‘). En este caso, sin embargo, parece venir en ayuda del sufrido hablante el avance de la XXIII edición del diccionario académico, que trae como 1.ª acepción el esperado ‘Cualidad de valiente‘. Vamos, pues, a ver qué nos depara este último adjetivo.

Valiente: La edición vigente, en su 2.º acepción, registra ‘Esforzado, animoso y de valor. U. t. c. s.’. Y aquí también, como en el caso de valor, conviene tomar nota de otra acepción, en este caso no abiertamente peyorativa, sino irónica: ‘Grande y excesivo. U. m. en sent. irón. ¡Valiente amigo tienes!’. También respecto a este adjetivo  parece venir en nuestra ayuda el avance de la próxima edición, que incluye, igualmente como 2.ª acepción, la siguiente: ‘Dicho de una persona: Capaz de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el posible temor que suscita. U. t. c. s.’.  

Como se verá, en esta última acepción de valiente están presentes prácticamente los mismos elementos que en la de valor antes citada: empresa y peligro. La conclusión lógica, con el DRAE en la mano, es que valor/valentía y valeroso/valiente son parejas de términos prácticamente sinonímicos, cuyo uso por parte del hablante dependerá fundamentalmente de variables como la evitación de las posibles ambigüedades a las que, en determinados contextos, pueden dar lugar, como se ha visto, tanto valor como valiente.

Personalmente, estimamos que, en el uso que de ellos suele hacerse, valeroso/valentía tienen un componente mayor de arrojo y de gallardía, por lo que resultan más adecuados para denotar el valor guerrero o afín a éste, mientras que valiente/valor pueden guardar más referencia con el impulso moral, cívico, etcétera. Pero se trata, en todo caso y a nuestro parecer, de matices muy sutiles y que, como tales, el hablante aplica, en la mayoría de las veces, a su libre albedrío. Razón de más para quedar abiertos, a este respecto, al mejor criterio de nuestros lectores, si es que han tenido el valor suficiente para seguirnos hasta aquí.

Pablo Herrero Hernández

¿Un uso de «anecdótico» no tan anecdótico?

Hace unos días, mientras rellenábamos un formulario en una delegación de Hacienda, tuvimos ocasión de oír un retazo de conversación entre la funcionaria que atendía en la ventanilla y un colega suyo. Hablaba la primera de su sorpresa al descubrir que unos vecinos de los que hasta entonces no tenía demasiado buena opinión se dedicaban a atender a personas en dificultad, y confesaba que dicha dedicación le parecía realmente algo «anecdótico».

Nos pareció raro que eligiese precisamente este adjetivo para subrayar su aprobación de ese hecho hasta entonces desconocido por ella y la importancia del mismo para hacerle cambiar su opinión anterior: para nosotros, el adjetivo anecdótico —aparte de su acepción literal (única que trae el en muchos casos perezoso DRAE) de ‘perteneciente o relativo a la anécdota’, muy poco empleada, por cierto— es sinónimo de irrelevante, secundario, episódico, etcétera, y no, desde luego, de emblemático, sintomático, representativo, ni mucho menos de loable, meritorio o plausible; se deriva este significado, en efecto, de la acepción de anécdota como ‘suceso circunstancial o irrelevante’ (4.ª acepción actual y 3.ª en el avance de la XXIII edición del DRAE).

Nuestro diagnóstico de urgencia —valga la expresión— fue que la funcionaria en cuestión consideraba, efectivamente, anecdótico como sinónimo de determinanterelevante, ignoramos sobre qué base. Y lo creímos, siguiendo con la metáfora médica, un caso aislado hasta que hace unos días volvimos a oírlo en una conversación empleado con ese mismo significado, a todas luces erróneo. ¿Se tratará tal vez de una epidemia en absoluto anecdótica?

Pablo Herrero Hernández

Cruzada contra la absenta

Nadie crea que nos ha dado por emprender una cruzada contra uno de los licores que más nos gusta saborear, siquiera espaciadamente y «en pequeñas diócesis» —como decía el personaje del sainete—, por aquello de no convertir con demasiada rapidez nuestro ya maltrecho hígado en fuagrás.

Lo que sucede es que estamos cansados de toparnos en todo tipo de textos redactados en español con el innecesario galicismo o catalanismo absenta (dócilmente aceptado por la RAE en 1983), cuando existe en nuestro idioma el término castizo ajenjo, acogido en el diccionario ya en 1813, derivado evidentemente de la misma raíz, y con el que modernamente se designan tanto la planta como el licor que de ella se destila.

Que sea cruzada perdida de antemano —como aquellas que seguimos impulsando para que en las cartas de los restaurantes españoles se opte por allioli, ajoaceite o ajiaceite en vez de por el absurdo alioli (que no es ni español ni catalán), o por alcuzcuz (de plena y directa raigambre árabe) en vez del importado cous-cous— no hará que cejemos en nuestro quijotesco esfuerzo.

Por eso esta mañana, al visitar la exposición titulada Luces de bohemia en la madrileña Fundación Mapfre —en la traducción de cuyo catálogo hemos tenido el honor de colaborar por cuenta de la empresa Polisemia—, hemos visto con satisfacción y con una punta de legítimo orgullo —que suponemos tan confesable como disculpable— que nuestra propuesta de traducir el título de algunas de las obras expuestas optando por el ajenjo en vez de por la absenta ha sido acogida en todos los casos por la Fundación en los letreros que las acompañan.

Y creemos que absenta es catalanismo más aún que galicismo, pues es sabido que desde el famoso y entrañable local de Els Quatre Gats, transposición barcelonesa de Le Chat Noir parisiense, se difundió en España la fama del brebaje ultrapirenaico; nosotros mismos, hace ya unos años, pudimos adquirir en él una botella de tan preciado licor, el cual, dicho sea de paso, no tuvo el tiempo de añejarse a orillas del Manzanares.

Pablo Herrero Hernández

Válido sí, pero también valedero

Creemos que las mismas razones que nos movían ayer a proponer alternar hacedero con viable (y también con factible, según sugiere nuestro colega Julio Juncal) abonan la recomendación de emplear, donde sea adecuado, valedero en vez de válido, tan abusado. Gracias, por otra parte, a nuestro citado compañero por recoger nuestra humilde propuesta en sus «Traslation Notes», recomendando la utilización de hacedero como traducción del inglés doable.

Tampoco vemos obstáculo alguno en el uso de vividero (adjetivo empleado tradicionalmente, por ejemplo, para designar las buhardillas u otros locales que reúnen condiciones para ser habitados) como alternativa al omnipresente habitable.

Pablo Herrero Hernández

¿Viable? ¡Hacedero!

Ante la cansina reiteración del adjetivo viable en todo tipo de textos, y con la excepción de su significado más propiamente médico (‘Se dice principalmente de las criaturas que, nacidas o no a tiempo, salen a luz con robustez o fuerza bastante para seguir viviendo’, DRAE), nos permitimos recordar la existencia —y recomendar el uso— de hacedero, adjetivo de impecable derivación latina primero y castellana después, y empleado en nuestro idioma por lo menos desde el siglo XVI.

¡Triste destino el de este tipo de adjetivos derivados de un verbo, los más de los cuales han desaparecido de nuestro idioma habitual por obsolescencia del objeto que significaban (¡recuérdense las iglesias juraderas!), con poquísimas excepciones, como perecederovenidero —aún usado, si bien escasamente, como alternativa a futuro— y este bellísimo hacedero del que nos confesamos y reconocemos ardientes paladines!

En otra ocasión, con la complicidad del ya vetusto Diccionario de la rima, de Pascual Bloise Campoy (Aguilar, Madrid 1946) —que suponemos nunca imaginó que su sesudo trabajo de 1389 páginas a doble columna sirviera para menesteres tan prosaicos—, nos proponemos traer aquí una lista de dichas reliquias lingüísticas, con la intención, por lo menos, de darles honrosa sepultura, siempre y cuando alguna de ellas no dé indicios de poder ser reanimada e incluso de resucitar a nueva vida, como esperamos, precisamente, sea el caso de hacedero, que ojalá haga honor a su significado.

Pablo Herrero Hernández

Rotonda, glorieta, redonda,rotunda…

Hace unos veinte años más o menos, si no nos equivocamos, alguien —creemos que en Francia— inventó o por lo menos difundió a escala mundial la que en España se viene denominando mayoritariamente, con italianismo evitable aun cuando bendecido por la Academia, rotonda; elemento viario que ha servido, entre otras cosas, para alterar casi todos los Códigos de la Circulación, minando el dogma de la prioridad al vehículo que procede de la derecha, haciendo de la circulación entre poblaciones vecinas un auténtico viacrucis y, «last but not least», para permitir a muchos ayuntamientos españoles, y señaladamente a los del cinturón suroccidental de Madrid, dar salida a los más espantosos partos de artífices amigos o allegados, oportunamente subvencionados con cargo al erario, en forma de horripilantes fuentes o de espantosas esculturas.

Siempre hemos pensado que no hacía falta recurrir al italianismo rotonda cuando en nuestra lengua disponemos del ya españolísimo término glorieta, que aunque de origen francés está presente en nuestro idioma escrito por lo menos desde 1788 y en la pluma de Tomás de Iriarte, según el CORDE.

Hace una semana, aprovechando el fin de semana largo de la Almudena,  viajamos a tierras murcianas. Y hasta en dos ocasiones, el personal del hotel en que nos alojábamos aludió a la glorieta a través de la cual se accedía al aparcamiento reservado a los clientes llamándola redonda, lo que nos pareció una excelente alternativa al italianismo tan en boga. Si ya hablamos del sustantivo redondo para significar cosas tan dispares como ‘Cosa de forma circular o esférica’, ‘Perfil de sección circular’ y ‘Pieza de carne de res, que se corta de forma casi cilíndrica, de la parte inmediata a la contratapa’ (aquí los académicos se molestaron en preguntar a un carnicero, pues no creemos que haya miembros de ese gremio entre ellos), y de redonda para nombrar otras igualmente disímiles como ‘Espacio grande que comprende varios lugares, zonas o pueblos’, ‘Dehesa o coto de pasto’, ‘Letra redonda’, ‘Vela cuadrilátera que se larga en el trinquete de las goletas y en el único palo de las balandras’ (casi siempre ha habido algún militar del arma de marina en la Docta Casa, a la vista está) y ‘Nota cuya duración llena un compasillo, semibreve’, no vemos por qué no podría añadirse este nuevo significado, sinónimo de glorieta en su 3.ª acepción (‘Plaza donde desembocan por lo común varias calles o alamedas’); eso sí, quitando «las alamedas», que creemos sobrantes en ambas definiciones.

No fue ésta la única perla lingüística que del antiguo reino levantino nos llevamos. El joven guía que nos enseñaba la espléndida Torre del Espolón del castillo de Lorca rogaba a los visitantes que disculparan las molestias por ser la escalera que lleva hasta la azotea (desde donde se divisa un magnífico panorama de toda la feraz comarca) angosta. ¡Qué hermosura oír de nuevo este adjetivo, tontamente desplazado por el omnipresente estrecho!

Y en un bar de esa misma monumental ciudad, tan dañada por los recientes terremotos como deseosa de curar las heridas que éstos han provocado en su caserío y en sus monumentos, muy próximo a la soberbia Plaza de España, la encargada, al preguntarnos qué deseábamos tomar con nuestra caña de cerveza, nos ofreció, con sencillez teresiana, «un poquico de almendricas», que como es natural aceptamos gustosos, saboreando no menos que el exquisito fruto de los almendros murcianos el precioso diminutivo tan propio de esa tierra.

Pablo Herrero Hernández 

Echar a faltar

Se trata de un catalanismo, sinónimo de echar de menos, bastante extendido: señalado ya como tal por Miguel Marcel Carbonell en su muy interesante Vocabulario de catalanismos, cuya 3.ª edición corregida y aumentada (Barcelona, 1928) se encuentra en nuestra biblioteca. Puestos a echar en este sentido, en buen español se dice echar en falta o echar de menos; no echar a faltar.

Pablo Herrero Hernández

(Artículo actualizado el 28-VII-2012)

Figurados que no figuran (3): panorámica

Otro término del que el Diccionario de la RAE sólo registra su significado propio es panorámica, que en el avance de la XXIII edición, como voz sustantiva separada ya de su significado como adjetivo, define así:

1. f. Cinem. y Fotogr. Fotografía o sucesión de fotografías que muestran un amplio sector del campo visible desde un punto.

2. f. Cinem. y TV. Amplio movimiento giratorio de la cámara, sin desplazamiento.

Falta, como se comprueba, lo que posiblemente sea el uso más extendido de éste como de otros muchos términos que pensamos ir trayendo a estas columnas: el figurado o metafórico que empleamos cuando decimos que la conferenciante «trazó una panorámica exhaustiva de la situación» o que un ensayo «tiene el propósito de presentar una panorámica de la relación entre migración, remesas y desarrollo».

A quien nos objete que para esos menesteres ya existe la voz panorama, en su 2.ª acepción de ‘aspecto de conjunto de una cuestión’, responderemos que, amén de que si así fuera nada impediría contar con un vocablo más para expresar lo mismo, a nuestro entender no se trata de términos exactamente sinónimos en su acepción figurada, como no lo son, estrictamente hablando, en su significado propio.

En lenguaje figurado, si panorama es el ‘aspecto de conjunto de una cuestión’ («El panorama de la lengua en España no es ciertamente alentador»), panorámica es más bien, a nuestro juicio, la ‘visión del conjunto de una cuestión’ expresada, según los casos, por el hablante, autor, etcétera: «Su panorámica de la situación de la lengua en España fue, a todas luces, desalentadora». En cierto sentido, y aunque no exista, estrictamente hablando, plano objetivo en las cosas humanas, podríamos decir que panorama pretende definir objetivamente una situación, mientras que panorámica privilegia decididamente la apreciación subjetiva de esa misma situación.

Propondríamos, pues, que la RAE incluyera ‘visión del conjunto de una cuestión’ u otra acepción equivalente como sentido figurado del sustantivo panorámica.

Pablo Herrero Hernández

Otorgar profundidad y realismo

Ya hemos tocado en algún que otra entrada de esta bitácora el asunto de los falsos sinónimos en los que muchos de los que escriben hoy en día caen, tal vez por dos causas fundamentales: primera y principal, la ignorancia del significado exacto del término que escogen; segunda y accesoria, el recurso indiscriminado a diccionarios de sinónimos —y muy especialmente a los informáticos— que no explican matices y aplicaciones de los mismos; de esta forma el escribiente suele escoger el término que le suena más culto o profundo, sin saber con precisión si su definición exacta permite o no aplicarlo al contexto.

De semejante proceso nacen perlas como la de aplicar fallecer y fallecimiento a los irracionales, la de achacar algo positivo o, como nos recordaba nuestro avisado lector Melmoth, la de adolecer de algo bueno.

Otro ejemplo de esta auténtica plaga del idioma nos lo ha dado una traducción que hemos tenido que revisar recientemente. Trataba el texto de varias versiones de un mismo cuadro, y en dos ocasiones en una misma página el traductor había escrito que una línea de contorno «otorgaba una cierta profundidad» a la composición, y que se echaba en falta una sombra «que hubiera otorgado» un mayor realismo a una transición.

En ambos casos, e independientemente del verbo que empleara el texto en su lengua original, al traductor le ha sabido a poco emplear el verbo dar, tan corriente él, sobre todo teniendo en cuenta el carácter del texto, no divulgativo, sino destinado a un público bastante entendido en cuestiones de técnica pictórica. Y he aquí que ha aparecido en su imaginación —nunca sabremos si con la ayuda o no de la socorrida lista de sinónimos del tratamiento de texto—, como en un rompimiento barroco, solemne entre rayos y celajes, el verbo otorgar en toda su grandeza. Pero, claro, no ha caído en que el significado de éste, según el DRAE, es el siguiente (omitimos, lógicamente, su acepción notarial): «1. tr. Consentir, condescender o conceder algo que se pide o se pregunta. 2. tr. Hacer merced y gracia de algo».

Ahora bien, no nos parece que una composición o una transición estén capacitadas para pedirle a una línea o a una sombra que les haga merced de profundidad o de realismo. Y es que otorgar, conferir o conceder no son, evidentemente, sinónimos siempre y en todo lugar del humilde dar.

Pablo Herrero Hernández