Publicaciones de la categoría: Sintaxis

Diccionario de colocaciones del español (DiCE)

DICE

Ya hemos ponderado —creemos recordar— en estas columnas la gran utilidad que tienen para todo redactor de textos (escritor, periodista, traductor, etcétera) la familia de diccionarios combinatorios o de colocaciones, familia que va creciendo paulatinamente en nuestro idioma. Al pionero REDES (2004) y a su desarrollo, el imprescindible Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo creaciones ambas del benemérito Ignacio Bosque y de su equipo—, van incorporándose de manera lenta pero segura nuevas herramientas que van en la misma dirección, algunas en Internet, como ésta que hoy presentamos.

El DiCE, o Diccionario de colocaciones del español, aun cuando sólo incluye, por el momento, el campo semántico de los nombres de sentimientos, resulta modélico a este respecto. Antes de consultarlo, conviene leer con detenimiento su introducción. Viene también equipado con unas unidades didácticas con vistas a facilitar el conocimiento de cómo funciona.

Pablo Herrero Hernández

Anuncios

Belleza de la elipsis clásica (3)

No crea, quien haya leído nuestros dos anteriores articulillos de esta serie, que sólo se refugia la hermosa elipsis del español clásico en textos literarios; ya vimos en uno de ellos que ni siquiera la tradicionalmente denostada prosa burocrática hacía ascos a tan expresivo recurso estilístico.

El ejemplo que hoy traemos nos ha salido al paso al releer la descripción que de la famosa Capilla Mozárabe de la catedral de Toledo traza el benemérito Sixto Ramón Parro, autor de Toledo en la mano, ó descripcion histórico-artística de la magnífica catedral y de los demás célebres monumentos y cosas notables que encierra esta famosa ciudad, antigua córte de España, con una esplicacion sucinta de la misa que se titula Muzárabe, y de las más principales ceremonias quer se practican en las funciones y solemnidades religiosas de la Santa Iglesia Primada (evidentemente, aún no existía Twitter), Imprenta y Librería de Severiano López Fando, Toledo 1857, tomo I, p. 257; tomo que tenemos la dicha de albergar en nuestros anaqueles; no así el segundo, para el que tuvimos que adquirir la reedición publicada en 1978 por el Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos. Se trata, por cierto, de la mejor y más completa guía de un monumento que hemos conocido hasta la fecha: piénsese que dedica, en su primer tomo, nada menos que ¡709! tupidas y documentadísimas páginas a la descripción externa e interna de la Dives Toletana.

Pero pasemos ya a reproducir el párrafo en cuestión, en el que, debido a su articulación y para su mejor comprensión, señalaremos en negritas el término objeto de las elipsis y los artículos que lo sustituyen. Refiérese Parro al insigne cardenal Cisneros, fundador, como es sabido, de la Capilla Mozárabe:

«Luego que obtuvo del Papa Julio II las bulas de autorizacion para llevar á cabo su pensamiento y adquirió el sitio que dejamos insinuado para destinarle a capilla muzárabe, y habiendo instituido ya las capellanías que se ha dicho, estableciendo por el pronto su culto en la Sala capitular de verano, encomendó al famoso Enrique Egas, maestro mayor de la obras de la Santa Iglesia, la necesaria para transformar en la actual capilla la antigua Sala de los Cabildos y capillita del Corpus Christi; lo cual ejecutaron, bajo la direccion de aquel célebre arquitecto, dos buenos maestros de albañilería, moros de nacion, llamados Farax y Mohamá, quienes sin duda hicieron por el pronto la mas precisa para que los capellanes pudieran instalarse allí en el citado año de 1504…».

Como se ve, las dos elipsis suplen el singular del término de referencia, que está en plural. Y llama la atención lo distante que está la segunda respecto a aquél; pero la buena estructura sintáctica del pasaje la hace plenamente comprensible.

Pablo Herrero Hernández

 

Prohibición de no

prohibición

Así titula esta mañana Yolanda Monge su artículo en la edición digital de «El País»: «Panetta acaba con la prohibición de que las mujeres no puedan entrar en combate». De ello se desprende que:

1.º) Hasta ahora, las mujeres tenían prohibido «no entrar en combate», es decir que estaban obligadas a luchar, y que

2.º) El bueno de Panetta, al levantar la prohibición de «no entrar en combate», las ha dejado, como mínimo, libres de entrar o no en él (¡cosa —se nos concederá— que no deja de ser original en un ejército!).

Claro que, por el contenido del artículo, las cosas no parecen estar así.

Está claro que la periodista ignora el uso correcto del verbo «prohibir» en español; a ello puede añadirse que haya incurrido en un catalanismo, ya que, según nuestros escasos conocimientos de la hermosa lengua de Verdaguer y de Pla, en catalán sí es legítima y hasta obligatoria, al igual que en otros idiomas, la construcción negativa con verbos como prohibir, impedir, etc… y sus correspondientes sustantivos. En español actual, desde luego, no lo es.

Pablo Herrero Hernández

Pelear el futuro

Éste es el titular que desde ayer cuelga el diario «El País» en su versión de Internet de un artículo firmado por Elena G. Sevillano, a la que, según se ve, debe de haberle parecido el no va más de la elocuencia y del impacto convertir en transitivo un verbo intransitivo en todas sus acepciones.

El madrileño Hospital de la Princesa pelea por su futuro, contra las autoridades autonómicas que lo quieren desmantelar y, por supuesto, con todas las demás entidades amenazadas de cierre o de cruel reconversión, pero en modo alguno puede pelear algo…, por lo menos sin hacer trizas el idioma de resultas de la pelea, pretensión que suponemos muy alejada de la intención de su sufrido personal, aunque no, por desgracia, de la de gran parte de la profesión periodística española.

Pablo Herrero Hernández

Belleza de la elipsis clásica (2)

«La casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño. Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando le tiraron de una pata».

(Benito Pérez GaldósVergara, c. XX, en: Íd., Obras Completas. Tomo II, Episodios nacionales, Aguilar, Madrid 1970, p. 1055).

Un imperativo que ya no impera

Una compañera de lides traductoriles —y sin embargo amiga— nos pide que digamos algo sobre «la cuestión de los imperativos». Y prosigue: «Hace años ya que me pregunto dónde han ido a parar. Apenas los oigo. Esa espeluznante costumbre bien arraigada de convertirlos en infinitivos (¡beber el vaso de leche! ¡callarse todos! y demás perlas) los ha borrado del universo del discurso». Coincidimos completamente con su diagnóstico de la situación casi comatosa en la que vive el imperativo plural de segunda persona del plural en oraciones afirmativas como las que aporta nuestra correspondiente. Lejos quedan ya los tiempos en que leíamos, por ejemplo, en puertas de todo tipo de establecimientos, rótulos que indicaban correctamente: «Empujad» o «Tirad» (recordamos, sin ir más lejos, las numerosas puertas de cristal que daban acceso a la Torre de Madrid en la madrileña plaza de España, desaparecidas, junto con sus correspondientes rótulos de color rojo, en la última reforma del edificio).

En este como en otros casos, la ignorancia de gran parte de los hablantes y escribientes  —que posiblemente olvidan o desconocen en su gran mayoría la propia existencia de la forma plural del  imperativo—, conjugada con la perniciosa influencia del infinitivo inglés en su empleo con valor imperativo en todo tipo de textos y soportes, debe de haber determinado la actual situación.

Una situación, ésta, que la propia RAE —que ya ni fija, ni limpia, ni mucho menos da esplendor— contribuye, una vez más, a embrollar y a empeorar, ante todo cuando nos informa de la existencia de un «habla esmerada» en la que «no se considera correcto el uso del infinitivo en lugar del imperativo, como se hace a menudo en el habla coloquial». ¡Mal vamos si distinguimos, en el conjunto de la normativa ortográfica y gramatical —no estamos hablando de estilo, ni de registro lingüístico—, un habla esmerada y un habla coloquial, cada una con sus propias leyes!

Pero no para ahí la grave responsabilidad de la Academia en el coma profundo que aqueja actualmente al imperativo plural, inmolado en el altar del todopoderoso infinitivo, ya que, al dictaminar que «no debe confundirse el empleo desaconsejable del infinitivo en lugar del imperativo de segunda persona del plural con la aparición del infinitivo con valor exhortativo en indicaciones, advertencias, recomendaciones o avisos dirigidos a un interlocutor colectivo e indeterminado, habituales en las instrucciones de uso de los aparatos, las etiquetas de los productos o los carteles que dan indicaciones…» —por tratarse, según ella, de «estructuras impersonales en las que no se da una orden directa, sino que se pone de manifiesto una recomendación, una obligación o una prohibición de carácter general»—, lo que está haciendo es, amén de asignar al infinitivo un valor del que gramaticalmente en puridad carece, condenar al imperativo  de segunda persona del plural a desaparecer del universo visual del hablante (instrucciones, etiquetas, carteles…) y, por consiguiente, de ese «universo del discurso» al que tan acertadamente se refiere nuestra compañera, depauperando así un idioma últimamente ya bastante empobrecido.

Pablo Herrero Hernández

Belleza de la elipsis clásica (1)

Uno de los factores que contribuyen a la belleza del español clásico es, sin duda, el recurso a la elipsis. En La gitanilla, la vieja gitana y supuesta abuela de Preciosa traza un certero cuadro de la venalidad de la justicia al decir: «Por un doblón de dos caras se nos muestra alegre la triste del procurador». Otro ejemplo, tomado de la misma obra cervantina: «Somos astrólogos rústicos, porque como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche».

Y tan encantadoras como espontáneas y abundantes salen de la pluma galana de Teresa de Jesús.

Pero no se ciñe la elipsis, en el uso clásico, a lo literario, sino que también se complace en sentar sus reales en otro campo en que suelen estar presentes más bien la reiteración y la redundancia, sus rivales: nos referimos al lenguaje burocrático. Tenemos a la vista un curioso documento impreso de la Real Chancillería de Granada, fechado en 1814. Y empieza con las palabras: «Al Excmo. Sr. Presidente de esta Chancillería se ha comunicado de orden del Consejo la que dice así».

Pablo Herrero Hernández

Una muerta faltona

Lo mismo que el Cid Campeador ganaba batallas después de muerto, una muerta ilustre de estos últimos días, la editora Esther Tusquets (otro día hablaremos sobre la dichosa manía, devenida en plaga, de insertar la th en nombres que no la llevan en español), corre el peligro de pasar a la historia por «tratar con desconsideración y sin el debido respeto», una vez fallecida, no sólo a Umberto Eco (a quien, en buena lógica, tendría que estarle agradecida), sino, como mínimo, a todos los lectores de «El País».

Es lo que se desprende de la necrológica publicada en dicho diario el 24 del corriente con la firma del ilustre escritor italiano, titulada y cerrada con las palabras: «Me faltará, nos faltará».

Evidentemente, lo que Eco escribió en italiano sería «Mi mancherà, ci mancherà», del verbo mancare (faltar), pero que, en español, equivale exactamente a «echar de menos a alguien», es decir: «La echaré de menos, la echaremos de menos» (sobre el catalanismo —reprobable por innecesario—  echar a faltar ya tuvimos ocasión de decir algo en un anterior artículo).

Cabe esperar que la anónima mano que ha traducido al español la necrológica no sea precisamente la misma que traduce las obras de Eco a nuestra lengua, pues si en un texto tan sencillo ha cometido un error garrafal como éste, a saber cómo habrá trasladado al español las no fáciles páginas del celebrado autor.

Pablo Herrero Hernández

La pregunta de un crítico

En el por otra parte ejemplar suplemento cultural de «La Vanguardia», titulado «Cultura|s», correspondiente al 20 del pasado mes de junio, se pregunta Robert Saladrigas, al presentar las recientes traducciones al español y al catalán de la novela de Niccolò Ammaniti Io e te, por qué tanto en uno como en otro idioma (Tú y yo/Tu i jo) «no ha sido respetado» el título en italiano que, según él, «invierte el orden de los sujetos».

Es el problema de los críticos que critican lo que ignoran. Resulta que en italiano lo normal es decir «io e te», ya que no se percibe como señal de mala educación —como sucede, en cambio, en español y suponemos que también en catalán— anteponer el pronombre de primera persona al de segunda. Los traductores (Juan Manuel Salmerón y Joan Casas, respectivamente) han traducido, pues, correctamente, invirtiendo los términos como pide el genio de las lenguas catalana y española.

Análogamente, si el libro fuera inglés y se titulara Black and White, o francés y llevara por título Noir et blanc, lo lógico y natural sería que en español se tradujera Blanco y negro, y no al revés.

De res, Robert.

Pablo Herrero Hernández

Una compañía poco aplicada

Nos llega lo que seguimos tozudamente llamando en España recibo de la luz en vez de factura, que sería lo correcto, y al susto que nos producen las nuevas tarifas se le añade otro de carácter gramatical y sintáctico.

Escribe Iberdrola, para justificar lo que eufemísticamente llama «ajuste periodo 23 a 31 diciembre 2011», que éste obedece a una resolución del Ministerio del ramo, y que el mismo «aplica a los consumos producidos entre el 23 y el 31 de diciembre, ambos incluidos».

El uso del verbo aplicar con la acepción de ‘emplear o poner en práctica [algo] con un fin determinado’ (DPD) es siempre transitivo, por lo que Iberdrola aplica el ajuste a los consumos, pero el ajuste se aplica o es aplicado a los mismos.

Lo creemos, a pie juntillas, anglicismo absolutamente reprobable. Y no es el único que se comete aplicando abusivamente en español el verbo inglés to apply.

Pablo Herrero Hernández