Publicaciones de la categoría: Terminología

El «Nuevo Diccionario Histórico del Español» empieza a estar en la Red

Es noticia que nos llega a través del boletín Terminometro y que por su interés reproducimos abajo literalmente, no sin antes advertir que estos nuevos contenidos del sitio web de la RAE son accesibles a través de la siguiente página, correspondiente a la Fundación Rafael Lapesa, y más concretamente desde el menú que ocupa el lado izquierdo de la misma: http://www.frl.es/Paginas/default.aspx

No podemos sino alegrarnos de que, por una vez, la Academia ponga a disposición de todos los internautas  —y no sólo a la del público pagano— el fruto de su labor de investigación, único motivo que, en el fondo, justifica su existencia.

Pablo Herrero Hernández

«La Real Academia Española colocó ya en internet el “Nuevo diccionario histórico del español” con diez millones de fichas que fueron redactadas entre 1930 y 1996.

Esta gran obra, que reconstruirá la evolución del léxico español a lo largo de los siglos y que solo estará disponible en internet, podría alargar sus plazos si continúan los recortes presupuestarios.

En 2011, el equipo responsable contó con 1 tercio de los 800.000 euros que se le asignaban anualmente, lo que obligó a prescindir de parte del personal.

Además de los diez millones de fichas, están ya disponibles en la página web de la Academia, el Corpus del Nuevo diccionario histórico, el antiguo Diccionario histórico de la lengua española y el Mapa de diccionarios.

Los diez millones de fichas, disponibles ya en internet, fueron redactadas sobre todo entre 1930 y 1996, fechas en que la Academia afrontó la redacción del Diccionario histórico.

También se puede consultar el Corpus del Nuevo diccionario histórico, que cuenta con 53 millones de “presencias o de registros” de todos los períodos del español».

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Algo sobre esdrújulos

La Real Academia Española, en su Diccionario Manual, estampa estas líneas: «Telégrama.— Es barbarismo hacer esdrújula esta voz».

Nada tendríamos que objetar a esa afirmación si no se diera la anomalía de que en el mismo Diccionario figuren, como vocablos correctos, los esdrújulos telégrafo, teléfono, gramófono, fonógrafo, sismógrafo, termómetro, barómetro, cronómetro, tipómetro, taxímetro, tipógrafo, topógrafo, cinematógrafo, cronógrafo, cronólogo, arqueólogo, entomólogo… y otros muchos de análoga morfología, formados, como telegrama, de dos voces griegas. ¿Por qué ha de decirse telégrafo y es barbarismo telégrama? La falta de consecuencia resulta evidente.

A mayor abundamiento, la docta corporación incluye en el léxico oficial las palabras kilogramo y kilolitro, llanas, junto a kilómetro, esdrújula. ¿A qué obedece esa diferencia? ¿Acaso el prefijo kilo varía de acento porque preceda a metro o a litro? Otro tanto sucede con hectómetro, hectolitro, hectogramo, hectárea, hectógrafo etc., unos llanos y otros esdrújulos, sin motivo alguno que justifique la disparidad.

Más ejemplos de tal anomalía: aeródromo, aeróstato, aeróscopo, aerolito, aerograma, aerófobo, decalitro, decámetro, decálogo, catálogo, decilitro, decagramo, decímetro, mililitro, miligramo, milímetro… La lista de palabras que se hallan incluidas, arbitrariamente, entre las llanas o entre las esdrújulas, sería demasiado extensa; y creemos que las indicadas bastan para demostrar la falta de unidad de criterio a que nos referimos.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

¿TV de pago, TV de paga o TV paga a secas?

Venimos observando últimamente, a través de Google+, un neologismo que parece emplearse sobre todo por escribientes hispanoamericanos: nos referimos a la locución «TV de paga» e incluso «TV paga».

Aunque, estrictamente hablando, tanto paga como pago pueden considerarse sinónimos, creemos preferible la solución que, imaginamos, se emplea mayoritariamente en España («TV de pago»), por estar calcada de otras afines ampliamente extendidas desde hace mucho («medios de pago», «carta de pago», «colegio de pago», etc…), y porque —por lo menos según nuestra sensibilidad idiomática— en nuestro país empleamos preferentemente paga en su acepción 3.ª de ‘sueldo de un empleado’.

Lejos de pretender imponer en América el uso de España, nos parece tan bien que allí se siga diciendo y escribiendo «TV de paga» como que de este lado del Atlántico sigamos empleando «TV de pago». Lo que sí juzgamos evitable, por lo menos en un registro culto y desde luego en el lenguaje técnico, incluso en Hispanoamérica, es la locución «TV paga», que emplea —según nos ha sido señalado por un lector— el participio irregular del verbo pagar, propio del registro coloquial del español de América y, señaladamente, de la Argentina, como confirma el DPD.

Otra forma para significar este mismo objeto podría haber sido la que en 1991 sugería el Diccionario terminológico de los medios de comunicación, de Florencio Prieto (Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Madrid 1991) —tan encomiable por tantos conceptos—, que hablaba de «TV de peaje», aunque su uso no parece haberse afianzado de manera significativa.

Pablo Herrero Hernández

(Artículo actualizado el 23-III-2012)

Sitiografía

Durante una de tantas incursiones en la Red con motivo de nuestra labor de traducción, hemos encontrado la voz —que desconocíamos— sitiografía con el significado, afín a bibliografía, de «lista o catálogo de escritos publicados en Internet sobre una determinada materia» (la definición es nuestra, y como tal mejorable).

Nos parece un neologismo no sólo procedente, sino necesario, bien construido sobre el modelo antes citado, que ha dado también carta de ciudadanía a filmografía, por lo que abogamos decididamente por que su implantación se extienda cada vez más tanto en la Red como fuera de ella, máxime cuando es y será cada vez más frecuente, especialmente en ensayos —ya publicados en papel, ya directamente en Internet—, la referencia a textos presentes en sitios de Internet, los cuales, por su propia naturaleza, parecen demandar un epígrafe o encabezamiento distinto al tradicional de bibliografía.

En este sentido, no estaría de más, a nuestro entender, que la RAE diera su espaldarazo a este útil neologismo, que suponemos procedente del francés sitographie.

Pablo Herrero Hernández

Secuelas que se cuelan

Una colega traductora nos ruega amablemente que digamos algo acerca del uso y abuso de secuela por parte de los medios de comunicación para significar la continuación de una película o de un libro.

Se trata de una palabra que en español presenta hoy en día dos acepciones básicas, distintas de la citada (‘consecuencia o resulta de algo’ y ‘ trastorno o lesión que queda tras la curación de una enfermedad o un traumatismo, y que es consecuencia de ellos’). Incorporarla a nuestra lengua con el significado de continuación de una obra literaria, cinematográfica o afín a éstas constituye, a nuestro entender, un anglicismo innecesario.

En efecto, en inglés el latinismo sequel sí tiene mayoritariamente este significado, además del primero de los que tiene en español. Pero no vemos qué valor añadido pueda aportar el término secuela en dicha acepción concreta respecto a continuación.

En el origen de este vicio está, desde luego, el papanatismo copialotodo que caracteriza a gran parte de los medios de comunicación españoles y que  acaba arrinconando —cuando no proscribiendo— los vocablos propios, bien para acoger a equivalentes foráneos que nada les añaden, bien —como en el caso de marras— para cargar a una palabra ya presente en nuestro léxico con una nueva acepción, a todas luces innecesaria.

Y obsérvese que el hecho de que —en este caso como en algunos otros— el préstamo del inglés proceda del latín, matriz del español, en nada rebaja, a nuestro juicio, su improcedencia.

Pablo Herrero Hernández

Escritas en un reclinatorio (2)

La 4.ª acepción en el DRAE de pauta como sinónimo de ‘dechado, ejemplo, modelo’ se ilustra con la siguiente frase:

La vida de los santos es nuestra pauta.

Creemos que, sin mengua alguna de quienes cifran su modelo de conducta en los seres que pueblan el santoral católico, se imponen hoy en día otras posibles soluciones menos «militantes».

Pablo Herrero Hernández

Escritas en un reclinatorio (1)

…entre nubes de incienso y con la pluma mojada en agua bendita es lo que parecen ciertas definiciones de términos relacionados con el cristianismo que el diccionario académico mantiene prácticamente inalteradas, cuando el modelo cultural que las dictó, o en cuyo marco se inscribían, lleva más de treinta años fenecido.

Otro fenómeno paralelo y complementario al citado lo constituye la falta de acotación o delimitación del universo semántico al que pertenecen los términos en cuestión; omisión fácilmente comprensible en una España que era católica por naturaleza, definición y obligación, motivo por el cual holgaba precisar que tal o cual término era proprio del cristianismo o de la religión católica, única por aquel entonces de rango oficial.

Hoy en día, en cambio, si la RAE quiere, como suponemos, que su diccionario siga sirviendo de referente del español estándar, se impone revisar en bloque gran parte —cuando no la totalidad— de las acepciones de términos relacionados con la religión cristiana, con el fin, en la mayor parte de los casos, de insertar la debida puntualización y concreción de su área de alcance y adscripción.

De ello nos proponemos ir trayendo a estas páginas algunos ejemplos con nuestras correspondientes sugerencias, al hilo de nuestras consultas diarias  del DRAE.

Pablo Herrero Hernández

Colgar techo

Por una vez, no tema nuestro lector —y tal vez el singular no constituya aquí sinécdoque— que el título que encabeza estas líneas reproduzca, como las más de las veces, lo que consideramos un vicio del lenguaje. Se trata, por el contrario, de una expresión completamente correcta que captamos ayer, al entrar en un edificio sometido a reformas, en labios de un operario que dialogaba con otro y le preguntaba, poco más o menos:

—¿Váis a colgar techo mañana? ¿O lo váis a hacer esta tarde?

Como obreros nosotros también en el sector de la lengua, siempre hemos tenido una gran curiosidad por conocer las jergas especializadas de los diferentes oficios. Y, al anotar la expresión colgar techo —mentalmente ayer, y hoy en estas páginas—, nos hacemos tres reflexiones.

La primera, que debe de tratarse de expresión relativamente reciente, es decir de cuando empezaron a emplearse esos falsos techos que ocultan todo el entramado de cables y conductos, y que, efectivamente, cuelgan de una suerte de armazón metálico (o metálica, según prefiera el lector) que sustenta los elementos que los componen.

La segunda, que su construcción es afín a la de otras expresiones  —esas sí veteranas— pertenecientes al mismo ámbito terminológico, como es el caso de cubrir aguas o de echar cimientos.

La tercera, y de alcance más general, es la relativa frecuencia con que el español —comparado a otras lenguas, no sólo sajonas, sino también neolatinas— puede prescindir del artículo determinado, lo que constituye, por ejemplo y para volver a nuestro particular oficio, todo una ventaja a la hora de buscar esa «economía de expresión» que debe ser una de las pautas de acción de todo buen traductor.

Pablo Herrero Hernández

Monacato y monaquismo

En antiguas ediciones del DRAE, la voz monaquismo se limitaba a remitir a monacato (definido en 1.ª acepción como ‘estado o profesión de monje’ y en 2.ª como ‘institución monástica’). Considerábanse, pues, términos sinonímicos, con una preeminencia en el uso a favor del segundo.

En la edición actualmente vigente, al igual que en la anterior de 1992,  monaquismo goza de entrada propia con una sola acepción, parcialmente coincidente con la 1.ª de monacato: ‘profesión de monje’.

Nos encontramos, pues, ante dos términos que, según el criterio académico, sólo son parcialmente intercambiables: para hablar de la ‘profesión de monje’ contamos con dos posibilidades igualmente válidas. Podemos decir, por lo tanto, que «Bernardo de Claraval abrazó el monacato» o que «abrazó el monaquismo». Si nos referimos, en cambio, a la institución monástica, deberemos emplear monacato, como al referirnos al «monacato oriental» o al «occidental».

La distinción parece bastante clara, por lo menos teóricamente, y en este sentido recomendaríamos —si fuéramos quienes para hacerlo— limitar el uso de monacato al de su 2.ª acepción, la «institucional», y emplear monaquismo para significar la profesión monástica (llamémosla acepción «personal»). En efecto, y como es sabido, el sufijo –ato es compartido por varios sustantivos que indican «dignidad, cargo o jurisdicción» (piénsese, sólo en el ámbito religioso cristiano, a cardenalato, deanato, diaconato,  presbiterato, etc.), mientras que –ismo caracteriza, entre otras aplicaciones, a «doctrinas, sistemas, escuelas o movimientos» (piénsese, por ejemplo, en naturismo, vegetarianismo, pacifismo, etc., sustantivos todos ellos a los que también podrían legítimamente aplicarse verbos como profesar y abrazar).

Sin embargo de toda esta lógica aparente, una particularidad abona cierta indefinición y ambigüedad en el uso de estos términos, comprobable a poco que se consulten contextos de ocurrencias de uno y otro. La «culpa» de ello es achacable a la terminación en –ismo, que al ser propia también de movimientos, propicia el deslizamiento semántico de monaquismo precisamente hacia la única acepción de monacato que no compartía: la institucional. De ahí que se hable también de «monaquismo oriental/occidental» o de la «importancia cultural del monaquismo», concebido ya no en clave personal, sino colectiva, y no tanto como institución, sino como movimiento o corriente (análogamente a términos pertenecientes como ascetismo, misticismo, quietismo, etc.). A nuestro juicio, esta misma carga semántica del sufijo –ismo es la responsable de que la RAE, al asimilar monaquismo a la 1.ª acepción de monacato, haya obviado —suponemos, por lo tanto, que conscientemente— el ‘estado’ y se haya limitado a la ‘profesión de monje’. Y es que el sufijo –ismo, en su 2.ª acepción, indica más bien actitudes (egoísmo, individualismo, puritanismo…) que estados.

Por nuestra parte, partidarios como somos de conservar y fomentar la riqueza del idioma, intentaremos distinguir, como apuntábamos arriba y siempre salvo mejor criterio, entre el monacato como institución y el monaquismo como forma de vida.

Pablo Herrero Hernández