Publicaciones de la categoría: Toponomástica

¿Diptongofobia o hiatofilia?

Hace unos días terminaba el por muchos conceptos célebre concurso ¿canoro? de Eurovisión. Para los espectadores españoles, secundaba al ya vetusto Íñigo en sus funciones de comentarista una joven, a la que imaginamos infeliz becaria. Ésta, al referirse al país que acogía el certamen, siempre lo llamaba, metódicamente, con constancia digna de mejor causa, Suécia, convirtiendo indebidamente en hiato el diptongo. Y ello nos recordaba a otro caso análogo, harto extendido en los medios de comunicación oral españoles, en los que a la actual reina de los belgas se la suele llamar, con ignorancia y terquedad parejas, ya desde sus tiempos princesilesPaóla,  transformando análogamente en hiato el original diptongo italiano (idioma en el que este nombre, salvando la segunda vocal, se pronuncia exactamente igual que su equivalente español, Paula.

Más allá de la ignorancia y de la terquedad a las que aludíamos, el diagnóstico entre las dos tendencias que encabezan este artículo nos parece tan difícil como aventurado. Y acaso inútil.

Pablo Herrero Hernández

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¿Abrahán o Abraham?

A diferencia de otras versiones de la Biblia de época reciente —como la por otra parte muy meritoria Biblia de Jerusalén—, la versión oficial del texto bíblico publicada por la Conferencia Episcopal Española hace unos dos años (y que a partir del que viene será, según tenemos noticia, la que adopten los textos litúrgicos de esta confesión en España) ha optado, con muy buen acuerdo, por la forma hispanizada Abrahán frente a la más etimológica de Abraham.

Nos parece un criterio excelente, el de esta adaptación de la forma semítica al genio de nuestra lengua, a la que es ajena la terminación en eme. Con ello no se hace, además, sino adaptar la grafía del nombre del patriarca a la completamente asentada de otros nombres propios bíblicos como Adán, Joaquín o Efraín, por no recordar topónimos de tanta importancia y notorio arraigo en nuestra cultura como los de Jerusalén o Belén.

También nos alegra mucho comprobar que esta nueva versión autorizada del texto bíblico en español no cae en el ridículo vicio que aqueja a innumerables padres y madres españoles —cuando no a las propias interesadas—: el de añadir una hache espuria, totalmente ajena al espíritu de nuestra lengua, a la hora de imponer a alguna de sus hijas los clásicos nombres de heroínas bíblicas como Rut, Ester o Judit, que bueno será recordar que en español no llevan esa hache, importada no ya del hebreo bíblico, sino de otros idiomas modernos.

Por mucho que en el Registro Civil las Ruth, Esther o Judith —y hasta puede que ya las Martha— sean legión (algo que comprobamos con frecuencia quienes ejercemos el oficio de traductores jurados), conviene que se sepa que el uso castizo reprueba en estos casos el añadido de la hache, al igual que en topónimos asimismo de procedencia bíblica, como el de Nazaret.

Con gran acierto, pues, el nuevo texto oficial bíblico de la iglesia católica en España no se ha doblegado, en este caso, a la tendencia dominante.

Pablo Herrero Hernández

El Ampurdán quemado (y olvidado)

Ante las terribles noticias de los estragos del fuego en la hermosa comarca del norte de Cataluña, los medios españoles, presa ya desde hace años de lo políticamente correcto, no hacen más que emplear el topónimo catalán Empordà, obviando u olvidando que el español tiene desde siempre topónimo propio en la adaptación Ampurdán, que por otra parte no es más que el resultado histórico de la reproducción más exacta posible, en la grafía española, de la pronunciación del topónimo catalán de la hermosa región natal de Josep Pla.

Pablo Herrero Hernández

Madríd, Ciudád Aspiránte

Es lo que les ha faltado poner a los empecinados munícipes matritenses, en consonancia con la tilde que —ignoramos por qué— luce indebidamente la segunda sílaba de Madrid en el por otra parte horroroso y ambiguo logotipo que se han sacado de la manga.

Como madrileños y amantes de la calma y la tranquilidad —aunque semejante asociación pueda parecer un oxímoron— celebramos, eso sí, que el «sueño olímpico» gallardonbotellano haya sido pospuesto, con gran acierto, hasta 20020. En efecto, y pese a los indudables avances de la medicina en general y de la geriatría en particular, esperamos no estar para entonces en condiciones de sufrir la que se le vendrá encima a esta Villa y seguramente, por aquella fecha, todavía Corte.

Pablo Herrero Hernández

Países con artículo y sin él

Nos permitimos transcribir seguidamente, con alguna leve adaptación y ampliación, una intervención nuestra en el foro profesional Transtopics, al hilo de la cuestión suscitada al respecto por la colega Susana Haake el 12 de noviembre de 2010.

Con independencia del uso del artículo en medios oficiales internacionales o de cada país, en el habla y en la escritura corrientes en español —particularmente en el mundo periodístico, que en gran medida marca forzosamente la pauta—, los artículos que hasta ahora acompañaban los nombres de determinados países están, a nuestro modo de ver, en franca regresión; algo que no dejamos de lamentar como una pérdida por el uso tradicional y clásico que en muchos casos ello constituía.

Algunos de ellos son o eran de procedencia castiza, que no foránea: es el caso del Perú (piénsese en el homónimo virreinato, aunque la designación geográfica de éste sobrepasara, con mucho, las fronteras del actual país), del Brasil, de la Argentina (éste posiblemente propiciado por ser el nombre del país, en realidad, un adjetivo, pero que sentimos oír cada vez menos en boca de los propios argentinos) o, ya en ámbitos geográficos no ibéricos, de la India, la China o el Japón; también del Líbano, posiblemente en este caso por las reminiscencias bíblicas del monte homónimo.

En países pertenecientes a otras áreas geográficas, el uso del artículo en español hasta tiempos relativamente recientes puede haber sido fruto de la influencia del francés, que como es sabido obliga al empleo del artículo —al igual que lo hace el italiano—, sobre todo en países con tradición francófona (el Canadá) o cuyo nombre, como tantas otras cosas, nos ha llegado a través del francés, nuestro cauce principal de contacto cultural con el resto del mundo hasta bien entrado el siglo XX.

Aunque somos defensores del uso de los artículos ya consagrados, en nuestra labor de traductor solemos distinguir: si el argumento es de actualidad, acostumbramos limitar su utilización a los iberoamericanos (Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay, Uruguay), al Líbano, al Japón y a la India (el nombre de este último país —ignoramos en realidad por qué razón— se nos indigesta al leerlo sin artículo en las páginas de los periódicos, como si le faltara algo). Naturalmente, en textos de carácter histórico se impone, a nuestro juicio, hablar, por ejemplo, de la India y de la China.

Pablo Herrero Hernández

Colofón qatarí

Acabamos, como quien dice, de inaugurar esta bitácora lamentando, entre otros próximos desatinos, la desaparición de Qatar de la toponomástica española en favor de Catar, cuando, en las páginas de «El País» de este miércoles 10 de noviembre, vemos publicada una interesante carta de don Guillermo Unzetabarrenetxea, quien, pese a su apellido no ciertamente árabe, da en pocas líneas y no sin unas gotas de inteligente humor —siempre agradable en cuestiones como éstas— más de una lección de transcripción del árabe y de sentido común a los señores académicos y, en general, a todos los que empleamos y amamos el español. Vale la pena leer su texto íntegro en esta dirección.

Impulsados por el inesperado espaldarazo a nuestra posición, consultamos el aún vigente artículo del DPD consagrado al nombre y al gentilicio de ese emirato, que justamente recoge la misma distinción señalada por el lector de «El País» en cuanto a la transcripción del alfabeto árabe al español (desde ahora, por cierto, «alfabeto español internacional», faltaría más):

«Qatar. Grafía recomendada para el nombre de este emirato situado en la península de Arabia. Esta forma es la que resulta de aplicar las normas de transcripción del alfabeto árabe al español, según las cuales la letra qāf con la que comienza este topónimo en árabe se representa en español mediante la letra q. Carece de tradición, y no se considera aceptable, la grafía Marca de incorrección.Katar. Como gentilicio se usan las formas catarí y qatarí, ambas válidas […]».

Hasta aquí el DPD, que próximamente, por lo visto, tendrá que abjurar de lo dicho en estas líneas —pobre del que lo haya comprado en papel: ya puede ir deshaciéndose de él— y sancionar como únicas aceptables las formas Catar, catarí que, pese a «carecer de tradición» por lo visto sí que «se consideran aceptables» por no sabemos qué oscuros designios, borrando de un plumazo  y tirando a la papelera decenios de profundos estudios, sabios distingos y tradición asentada por ilustres arabistas españoles. ¡Manes de Asín Palacios, desfaced este entuerto!

Pablo Herrero Hernández

Al hilo de la reforma inminente

Ante el anuncio en estos últimos días de la reforma inminente de la ortografía española, en algún foro en el que participamos se nos ha pedido una opinión «en caliente» al respecto. Algún debate también con otros compañeros en lides lingüísticas —traductores, periodistas, correctores— nos ha dado la idea de aprovechar la ocasión para dedicar una bitácora a nuestra relación con el español. En la presentación de Defensa del idioma queda reflejada la motivación profunda que nos ha impulsado a abrir esta página. Y en los próximos párrafos compartiremos, a la buena de Dios, algunas reflexiones sobre los próximos cambios.

Existen, a nuestro juicio, dos formas de ver y de vivir fenómenos como los cambios de la lengua: una histórica, como desde lo alto de un monte, y otra a flor de tierra, en nuestra lucha diaria con esa preciada herramienta de nuestro quehacer que es el idioma. Con la primera mirada, damos por sentado que siempre se camina, con mayor o menor rapidez y acierto, hacia una simplificación. Nuestra propia lengua, al igual que sus compañeras neolatinas, es, en el fondo, el fruto de modificaciones y deformaciones locales y temporales del latín. Y si hasta hace relativamente pocos decenios escribíamos o leíamos con la mayor naturalidad «fué», «fé», «vió», etc…, hoy en día nos llamaría la atención lo contrario. Ésta es, pues, la dirección hacia la que se va y hacia la que hay que tender; pero ello no quita, a nuestro modo de ver, que, en nuestra pequeña parcela —pequeña en sí y también en lo cronólogico, ¿pues qué son 20, 30 o 40 años de actividad frente a los siglos que vive un idioma?—, nos preocupe y hasta desvele el buen uso de la lengua, máxime cuando es la autoridad supuestamente normativa (más abajo aclaramos el porqué de este matiz) la que no parece, en cierta medida, hacer e implantar o sancionar siempre un buen uso del idioma.

Aplicar un carácter esclusivamente fonético a la ortografía, que es también —como su mismo nombre indica— grafía, es decir escritura, nos parece, por ejemplo, una barbaridad. La distinción que hacía el escribiente en el acto mismo de escribir «solo» y «sólo» abonaba la claridad y no permitía ninguna duda. Luego se obligó a tildar sólo en caso de ambigüedad, y eso era ya pintoresco e ilógico, pues para ello, antes de escribir la frase uno tenía que pararse a pensar, siquiera unos instantes, en si su sentido era o no ambiguo. Ahora ya parece que está condenado sin ambages el mero uso de la tilde, y aunque nos abstendremos de emplearla en aquellos trabajos en los que estemos obligados a seguir la normativa oficial, no pensamos hacerlo en nuestros escritos ni en aquellos en los que nuestros clientes dejen al buen criterio del traductor el aplicar o no ciertas normas académicas. Todo ello, por supuesto, no por espíritu de rebeldía, sino por mayor comodidad nuestra al escribir y del lector al leer y entender los textos que generamos, que a fin de cuentas no es otro el fin que todos perseguimos.

Algo parecido puede aplicarse a la acentuación de determinados demostrativos, etc… Aquí, en el fondo, le ha faltado valentía a la Academia. Abrazada ya con convicción la senda exclusivamente fonética, ¿por qué no decretar, de entrada, la supresión de toda tilde innecesaria o improcedente desde ese punto de vista y dejar que el lector se las entienda y componga con los diferentes significados de «el», «mas» o «de»…? Sería curioso el efecto.

Lo de llamar «ye» a la «y griega» se siente aquí en España como una concesión al español de América, que se supone hecha a cambio de otras en sentido inverso. No sabemos por qué oscuro arcano no puedan convivir dos formas de llamar a una letra; no vemos obstáculo alguno en que, como tantos otros objetos, se llame a algunas letras de un modo o de otro según lugares de aquende (¡voz ésta que el corrector de WordPress amablemente nos subraya en rojo como errónea!) o de allende el Charco. ¿No se hacen lenguas los académicos en cada sarao lingüístico de la riqueza de nuestro idioma, que puede permitirse el lujo de llamar a un mismo objeto de diferentes formas en distintas latitudes? ¿Por qué eso no tiene que aplicarse a los nombres de las letras? ¿Qué se teme? Parece como si los nombres de las letras fueran algo así como los divinos misterios que sólo los reverendos custodios del Santuario pueden manejar y nombrar, y que la menor duplicidad en su designación condenaría al español a quién sabe qué temibles catástrofes.

Pasamos como sobre ascuas respecto a la necia invocación de un supuesto alfabeto internacional en cuyas aras se ha consumado ya definitivamente el sacrificio de la «ch» y la «ll». ¿Existe de veras ese presunto alfabeto internacional? ¿Si existe, qué pinta entonces, incrustada en él, nuestra «ñ»? ¿O varias otras letras de alfabetos de idiomas hablados en Europa, exclusivas de éstos?

Tampoco nos parece de recibo lo de quitar definitivamente la tilde a palabras como «guión» o «truhán»: en España jamás hemos oído a nadie —ni español ni hispanoamericano— pronunciar «guion», sino «guión», y respecto a «truhán» nadie lo pronuncia nunca de la misma manera que pronuncia «Juan» (véase, aunque no siente autoridad en la lengua, la famosa canción de Julio Iglesias, a quien suponemos que en próximas versiones le obligarán a cantar: «Soy un ladrón, soy un truan…»). Menos mal que él goza, por lo menos, de extraterritorialidad.

Lo de «Catar» es tan peregrino como cuando la misma RAE propuso —se supone que tras importante ingesta de dicho licor en la Docta Casa— escribir «güisqui», y se quedó tan pancha, si se nos perdona el vulgarismo. Y, lo sentimos, pero por las mismas razones filológicas que abonan la forma «Qatar», hemos sido siempre partidarios de la forma «Iraq, iraquí» frente a «Irak, irakí». No nos explicamos esa inquina generalizada contra la «q» no seguida de «u». Tal vez les haya parecido a los guardianes del idioma algo díscola por sus deseos de independizarse de la sempiterna compañía de esta última.

Más allá de estos comentarios, creemos, en líneas generales, que, puesta las Academia a trabajar, más le convendría dedicarse a modernizar ciertas acepciones del DRAE, que huelen a naftalina histórica. Por no hablar de determinadas frases que deberían ilustrar ciertas acepciones y que parecen sacadas de un folletón decimonónico. Tenemos por ahí una muy amplia recopilación de acepciones actuales, halladas en el curso de nuestras búsquedas diarias, que nos proponemos compartir y comentar aquí para común solaz o indignación, según casos. Hay también muchísimas inclusiones que deberían hacerse y no se llevan a cabo. Y brillan por su ausencia muchísimos sentidos metafóricos o derivados.

Otro tema espinoso es que la RAE, de consuno con sus hermanas americanas, ha convertido el DRAE, de diccionario normativo que era, en un diccionario de uso. Coletillas que figuran con cierta frecuencia en el DPD resultan muy significativas al respecto: «Empléese esta forma, al ser la más extendida», «uso que no se ha generalizado y conviene evitar», lo cual significa, lisa y llanamente, renunciar a la tarea de «fijar» (no hablemos ya de las de «limpiar y dar esplendor»), que, si no nos equivocamos, formaba parte en tiempos pretéritos de la razón de ser de la RAE (por más que, como agudamente decía el olvidado Evaristo de Acevedo, pareciera el lema de un limpiabotas venido a más).

Para muestra, un botón: en las clases populares españolas —que evidentemente son las más abundantes en nuestro país en número de hablantes— se llama tenazmente cocreta a la croqueta, poblema al problema y pograma al programa. Subiendo de clase, incluso entre personas supuestamente cultas abunda entre nosotros el dislate contra más en lugar de «cuanto más». ¿Debe entonces la RAE, habida cuenta de su extensión, acoger dichos barbarismos y darles carta de naturaleza? Una vez sentado un principio tan tajante como ése («empléese esta forma, al ser la más extendida»), a ver quién es el guapo que se atreve a hacer distinciones y a decir que aquí sí, pero que aquí no. ¿Con qué motivos, si se ha renunciado no ya a esgrimirlos, sino a tenerlos?

En fin, que hay tela para rato.

Pablo Herrero Hernández