Publicaciones de la categoría: Traducción

Mi cadera y la gira de Lady Gaga

Al leer este mediodía «El País» digital, quien estas líneas firma ha emitido un suspiro de alivio. Hace precisamente dos días, un molesto problema de cadera lo mantuvo inmovilizado en casa. Y al leer el siguiente titular…

Lady Gaga

…no ha podido menos de alegrarse, al quedar acreditado que ha sido el problema en la cadera de Lady Gagasu cadera») —y no, por ejemplo, el de la cadera del firmante,— lo que ha impedido la gira de tan cotizada estrella. ¡Y luego dirán que el periodismo no cumple una función social!

Es curioso, por cierto, el mundo del periodismo español: con alguna honrosa excepción, sus porfesionales no saben ni redactar ni pronunciar en inglés, de manera medianamente presentable, más de dos o tres frases trilladas de manual para turistas, pero —paradójicamente— calcan las estructuras de este idioma al español (en este caso, los posesivos) con una fidelidad rayana con el fanatismo.

¿Será que tampoco saben español?

Pablo Herrero Hernández

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Cruzada contra la absenta

Nadie crea que nos ha dado por emprender una cruzada contra uno de los licores que más nos gusta saborear, siquiera espaciadamente y «en pequeñas diócesis» —como decía el personaje del sainete—, por aquello de no convertir con demasiada rapidez nuestro ya maltrecho hígado en fuagrás.

Lo que sucede es que estamos cansados de toparnos en todo tipo de textos redactados en español con el innecesario galicismo o catalanismo absenta (dócilmente aceptado por la RAE en 1983), cuando existe en nuestro idioma el término castizo ajenjo, acogido en el diccionario ya en 1813, derivado evidentemente de la misma raíz, y con el que modernamente se designan tanto la planta como el licor que de ella se destila.

Que sea cruzada perdida de antemano —como aquellas que seguimos impulsando para que en las cartas de los restaurantes españoles se opte por allioli, ajoaceite o ajiaceite en vez de por el absurdo alioli (que no es ni español ni catalán), o por alcuzcuz (de plena y directa raigambre árabe) en vez del importado cous-cous— no hará que cejemos en nuestro quijotesco esfuerzo.

Por eso esta mañana, al visitar la exposición titulada Luces de bohemia en la madrileña Fundación Mapfre —en la traducción de cuyo catálogo hemos tenido el honor de colaborar por cuenta de la empresa Polisemia—, hemos visto con satisfacción y con una punta de legítimo orgullo —que suponemos tan confesable como disculpable— que nuestra propuesta de traducir el título de algunas de las obras expuestas optando por el ajenjo en vez de por la absenta ha sido acogida en todos los casos por la Fundación en los letreros que las acompañan.

Y creemos que absenta es catalanismo más aún que galicismo, pues es sabido que desde el famoso y entrañable local de Els Quatre Gats, transposición barcelonesa de Le Chat Noir parisiense, se difundió en España la fama del brebaje ultrapirenaico; nosotros mismos, hace ya unos años, pudimos adquirir en él una botella de tan preciado licor, el cual, dicho sea de paso, no tuvo el tiempo de añejarse a orillas del Manzanares.

Pablo Herrero Hernández

Una muerta faltona

Lo mismo que el Cid Campeador ganaba batallas después de muerto, una muerta ilustre de estos últimos días, la editora Esther Tusquets (otro día hablaremos sobre la dichosa manía, devenida en plaga, de insertar la th en nombres que no la llevan en español), corre el peligro de pasar a la historia por «tratar con desconsideración y sin el debido respeto», una vez fallecida, no sólo a Umberto Eco (a quien, en buena lógica, tendría que estarle agradecida), sino, como mínimo, a todos los lectores de «El País».

Es lo que se desprende de la necrológica publicada en dicho diario el 24 del corriente con la firma del ilustre escritor italiano, titulada y cerrada con las palabras: «Me faltará, nos faltará».

Evidentemente, lo que Eco escribió en italiano sería «Mi mancherà, ci mancherà», del verbo mancare (faltar), pero que, en español, equivale exactamente a «echar de menos a alguien», es decir: «La echaré de menos, la echaremos de menos» (sobre el catalanismo —reprobable por innecesario—  echar a faltar ya tuvimos ocasión de decir algo en un anterior artículo).

Cabe esperar que la anónima mano que ha traducido al español la necrológica no sea precisamente la misma que traduce las obras de Eco a nuestra lengua, pues si en un texto tan sencillo ha cometido un error garrafal como éste, a saber cómo habrá trasladado al español las no fáciles páginas del celebrado autor.

Pablo Herrero Hernández

La pregunta de un crítico

En el por otra parte ejemplar suplemento cultural de «La Vanguardia», titulado «Cultura|s», correspondiente al 20 del pasado mes de junio, se pregunta Robert Saladrigas, al presentar las recientes traducciones al español y al catalán de la novela de Niccolò Ammaniti Io e te, por qué tanto en uno como en otro idioma (Tú y yo/Tu i jo) «no ha sido respetado» el título en italiano que, según él, «invierte el orden de los sujetos».

Es el problema de los críticos que critican lo que ignoran. Resulta que en italiano lo normal es decir «io e te», ya que no se percibe como señal de mala educación —como sucede, en cambio, en español y suponemos que también en catalán— anteponer el pronombre de primera persona al de segunda. Los traductores (Juan Manuel Salmerón y Joan Casas, respectivamente) han traducido, pues, correctamente, invirtiendo los términos como pide el genio de las lenguas catalana y española.

Análogamente, si el libro fuera inglés y se titulara Black and White, o francés y llevara por título Noir et blanc, lo lógico y natural sería que en español se tradujera Blanco y negro, y no al revés.

De res, Robert.

Pablo Herrero Hernández

Uso y desuso de las formas verbales

Los idiomas latinos poseen gran riqueza de formas verbales; y cada una de éstas obedece a una necesidad de expresión, a una exigencia de propiedad, de exactitud. Cada tiempo, responde a una realidad concreta y taxativa; no son formas arbitrarias y caprichosas, que puedan emplearse ad líbitum, sin perjuicio de la idea que desea expresarse.

La traslación es una figura que sirve para dar más vigor a un relato: «Llega Julio César a las Galias y su genio militar se impone», en lugar de «llegó» y «se impuso». «Por excitación de Eva, Adán come la fruta prohibida», en vez de «comió».

Pero el abuso de la traslación acarrea el empleo inadecuado de los tiempos y aun la mezcla de formas verbales incompatibles. En un libro editado en Buenos Aires hemos leído: «Ignoraba que usted sabe eso»; «Si hubiera creído que viene V. con nosotros…»; «Andaba como si querría adelantar a los otros»; «Apenas llegué notaba que la situación es grave».

Los críticos literarios franceses se lamentan de que los escritores galos prefieran las formas compuestas y abandonen las simples, con lo que, a más de perder exactitud y precisión las expresiones, el lenguaje se empobrece y se hace monótono, por la repetición de los verbos auxiliares y de los participios.

He aquí, por ejemplo, la traducción literal de un párrafo, perteneciente a cierta novela, de autor muy conocido:

«El señor Masson ha llegado esta mañana; ha visitado las granjas; ha recorrido los establos y se ha mostrado satisfecho en todos estos sitios. Ha comido a las cuatro, ha reposado un poco, ha leído la correspondencia y ha salido otra vez».

¡Ocho veces la forma del verbo auxiliar «ha» y ocho participios de pasado, correspondientes a nuestro pretérito perfecto! ¿No resultaría menos monótono ese párrafo redactado en otra forma?

«El señor Masson llegó esta mañana; visitó las granjas y recorrió los establos, mostrándose (aquí está en su lugar el gerundio) satisfecho en todos estos sitios. Comió a las cuatro; y, después de reposar un poco y leer la correspondencia, salió otra vez».

Lo cierto es que los literatos franceses abandonan las formas simples, hasta el punto de que hay páginas enteras en las que solo se encuentran formas verbales compuestas, con reiteración que llega a hacerse insoportable.

Este vicio, al través de las traducciones serviles y pedestres, comienza a invadir nuestra literatura, y los efectos son aún peores en castellano que en francés, ya que en este último idioma se emplean los dos verbos auxiliares être (ser y estar) y avoir (haber y tener) casi con igual frecuencia uno que otro, mientras que en español apenas se usa con tal carácter el verbo ser, fuera de la voz pasiva.

No se trata, naturalmente, de condenar el empleo de las formas compuestas, que son necesarias, sino de que se usen, en cada caso, las que la exactitud y la propiedad de la expresión requieran.

Es impropio decir: «Fulano se ha establecido en Madrid hace veinte años»; y también lo es: «Vine ahora mismo». Más propio y correcto resultará «se estableció» y «he venido».

La falta de correspondencia en los tiempos da lugar a frases inadmisibles: «Cuando llegué, me he encontrado a Juan»; «Luis me dijo que si no viene es porque tenía que hacer» etc.

Error frecuentísimo es el de emplear el modo potencial, en su forma simple, como equivalente al pretérito imperfecto de subjuntivo: «Si yo tendría dinero, compraría la casa», en lugar de «si yo tuviera o tuviese»; «Si yo querría, podría perjudicarle mucho».

La propia Academia Española (y con ella no pocos gramáticos) aceptó esa equivalencia durante muchos años, considerando esa forma como segunda de las tres que entonces se atribuían al pretérito imperfecto de subjuntivo: «amara, amaría o amase»; «temiera, temería o temiese»; «partiera, partiría o partiese».

Por fortuna, se rectificó el error y se introdujo el modo potencial, denominación que nos parece muy acertada y más lógica y exacta que la de «condicional», empleada en Francia, ya que el modo subjuntivo implica siempre también, en cierta forma, la existencia de una condición.

Puesto que la conjugación española es rica en matices, conviene usar adecuadamente sus formas, con lo cual se logra expresar con precisión las circunstancias de la acción del verbo, evitando, a la vez, la monotonía y el empobrecimiento del lenguaje.

Suele ocurrir, en la enseñanza de las conjugaciones, que los alumnos aprendan de memoria las formas verbales, por el mismo orden en que aparecen expuestas en los textos y como si se tratara de un «catálogo» y no de palabras corrientes en la conversación. Muchas veces hemos comprobado este fenómeno: los niños, al enumerar los modos y los tiempos, lo hacen mecánicamente, sin comprender la aplicación de cada uno de ellos… aunque, cuando hablen, los empleen adecuadamente.

Es un error craso pensar que se conoce la conjugación con solo saber repetir de memoria y correlativamente las formas verbales. Éstas, como es lógico, han de agruparse en un orden; y nos parece muy bien el adoptado por la Academia Española en su Gramática. Pero importa mucho hacer que los alumnos comprendan que no se trata de una tabla de elementos (como las de los metales y metaloides en Química, por ejemplo) sino de la ordenación de las formas verbales que ellos mismos usan —y usan bien, por lo común— en el lenguaje ordinario.

Aun cuando no pretendemos escribir una lección de Gramática, estimamos que no será superfluo hacer aquí un resumen de lo que significan los modos y los tiempos verbales y cuál es su empleo:

Indicativo: Sirve para expresar un hecho real.

Presente: Se usa cuando la acción se realiza en el momento en que se habla: «Juan estudia».

Pretérito imperfecto: Cuando la acción se realizaba aún en el tiempo pasado a que nos referimos: «Entonces yo estudiaba mucho».

Pretérito indefinido: Cuando se habla de una acción pasada, sin determinar si había concluido o no en el momento a que nos referimos: «Napoleón sojuzgó a media Europa».

Préterito perfecto: Cuando el hecho que expresamos acaba de ocurrir en el momento de hablar: «Francia ha pasado por un período de disturbios».

Pretérito pluscuamperfecto: Cuando el hecho se había realizado ya al ocurrir otro, también pasado: «Yo había comido cuando tú llegaste».

Pretérito anterior: Cuando el hecho ocurrió inmediatamente antes de otro también pasado: «Apenas hubo llegado, vinieron a prenderle».

Futuro imperfecto: Cuando queremos significar que ocurrirá algo, después del momento en que se habla, pero sin supeditar la acción a ninguna otra, es decir, en absoluto: «Volveré a visitarle».

Futuro perfecto: Cuando nos referimos a un hecho que tiene que realizarse después de otro todavía no ocurrido cuando se habla: «Tu padre habrá regresado cuando tú te cases».

Potencial: Sirve para expresar la posibilidad de la acción.

Imperfecto: Se usa para indicar esa posibilidad, simplemente, sin determinar tiempo: «Saldría de viaje».

Perfecto: Cuando nos referimos a la posibilidad de la acción, realizada ya al ocurrir otra futura: «Habría salido cuando él llegase».

Subjuntivo: Sirve para expresar la acción como un deseo o como supeditada a otra acción.

Presente: Cuando se quiere expresar que la acción ocurrirá en lo venidero, subordinada a otra: «Cuando llegue, será tarde». Con admiraciones, equivale a expresar un deseo: «¡Que llueva pronto!».

Pretérito imperfecto: Cuando la acción es posible o necesaria para que se realice otra: «Si viniera Juan, se iría Pedro». Con admiraciones y precedido de la partícula si, expresa deseo de que suceda la acción: «¡Si lloviese un poco más!».

Pretérito perfecto: Cuando la acción constituye condición terminante para que se realice otra en lo porvenir: «Cuando hayas dormido, saldrás de paseo».

Pretérito pluscuamperfecto: Cuando la acción constituía, en el pasado, condición absoluta para la realización de otra: «Si hubieras estudiado, tendrías mejores notas». Es un tiempo que podría denominarse «hipotético», ya que expresa hipótesis o suposición.

Futuro imperfecto: Cuando queremos expresar una acción no concluida, dudando de que se realice en lo porvenir: «Si alguien mintiere, sea castigado».

Futuro perfecto: Cuando queremos expresar, dudando de que se haya realizado, una acción concluida: «Si hubieres pecado, debes arrepentirte».

Imperativo: Sirve para mandar, rogar o aconsejar que se realice la acción; y así tiene cierto carácter de futuro: «Corred a salvarle»; «haced lo que os digo»; «sal inmediatamente». Puede denominársele también exhortativo o suplicativo; será imperativo, cuando se dirige a quien tiene obligación de obedecer; suplicativo, si es a persona de igual o superior categoría; y exhortativo, si se expresa la acción como consejo. La misma palabra puede significar orden, ruego o consejo, según el tono en que se pronuncie: «¡Callad!», por ejemplo.

Infinitivo: Sirve, en todas sus formas (cada cual de aplicación distinta) para expresar la idea de la acción, en abstracto, sin precisar persona: «Amar», «amando», «amado».

El Participio pasado, salvo cuando constituye parte de los tiempos compuestos, es, en realidad, un adjetivo.

Respecto al Gerundio, dedicamos párrafo aparte a su empleo.

Luis Hernández Alfonso, Defensa del Idioma (1948-1952)

Una traducción llena de cucarachas

Tal vez aquí, tal vez en otro lugar de la Red, hemos afirmado en más de una ocasión que en España, hoy en día, se suele traducir bastante mal, razón por la que los libros que nos interesan, si escritos en lengua que dominamos, en ella procuramos leerlos, y si lo están en otra que desconocemos, preferimos saborearlos traducidos a lenguas distintas del español.

Con todo, de vez en cuando recibimos, como obsequio de familiares o allegados, obras foráneas en su versión española, y por el debido respeto al obsequiante nos prestamos a leerlas con la mejor de las intenciones.

Sabedora de nuestro interés por la figura y la obra de Walter Benjamin, una persona muy allegada puso en nuestras manos, hace unas semanas, la novela Todo el hierro de la torre Eiffel, de Michele Mari, publicada en nuestro país por Seix Barral en su «Biblioteca Formentor» y traducida —digamos así, por convención— por cierta María Jesús Fenero.

El planteamiento de escribir una novela sobre un encuentro que nunca se produjo entre Benjamin y Céline, en teoría muy interesante, se convierte en manos del novelista italiano en una especie de gran guiñol o esperpento —eso sí, trufado de referencias culturales, para que veamos cuánto «se lo ha currado»— sin apenas nada medianamente serio o digno de atención. Tal vez deslumbrado por toda esa labor de investigación —lamentablemente puesta al servicio de una trama a la altura, o mejor dicho, a la bajura de una Julia Navarro cualquiera—, el jurado de un premio como el Bagutta, otrora otorgado a un Sciascia o un Primo Levi, ha juzgado procedente galardonar semejante mamarracho. Nada es ya lo que era, ni siquiera en Italia.

Pero vengamos a lo nuestro, es decir a la versión española de la infumable novela. Nunca se advertirá lo suficiente sobre el escollo que representan para los traductores los que se han dado en llamar «falsos amigos», más peligrosos cuanto más cercanos estén los universos lingüísticos y culturales del par de lenguas en que se trabaja. Pues en tales escollos naufraga, hasta hacer agua, la versión que perpetra Fenero.

Uno de los errores que se repite a lo largo y ancho de toda la obra, debido precisamente al título férreo de la obra, es el de traducir el italiano bullone (que equivale a nuestro perno, al estar formado por la unión entre dos elementos como, por ejemplo, un tornillo y una tuerca) como bulón, cuya acepción, según el DRAE, es ‘tornillo grande de cabeza redondeada’ —lo que no es en absoluto lo mismo, sino acaso la mitad de lo que se quiere significar—, y además empleado como tal, según la misma fuente, sólo en la Argentina, el Uruguay y el Paraguay.

Pasamos de puntillas sobre otras traducciones «al pie de la litera» (que decía con chunga nuestro abuelo materno, maestro de traductores), como es dejar candela como candela, en vez de vela; emplear banana, en vez de plátano; fémina, en vez de hembra; «ciudadano privado», en vez de particular, y hasta una «estatua tombal» (?) que suponemos querrá decir sepulcral. Pasen también bajo misericordioso velo frases como: «Media hora más tarde los tres compañeros estaban en la cabecera de Benjamin…» (¡menuda cabecera debía de ser para contenerlos a los tres!) y otras lindezas de parecido jaez.

Pero una última perla que no nos resistimos a presentar es la de la escena, en la que, en la página 22 de la versión española, «un escarabajo atravesó velozmente la habitación» hasta meterse «por una grieta entre los azulejos de la pared». Evidentemente, se trata, en realidad, de una cucaracha (en italiano, scarafaggio), y no de un escarabajo (en italiano, scarabeo). Ni más ni menos como las que pueblan tantas traducciones como ésta.

Pablo Herrero Hernández 

Del español «doblado»

El documentado artículo del profesor Juan Luis Conde que hemos tenido el honor y el placer de publicar en esta bitácora es de los que mueven a la reflexión. Certeramente, a nuestro juicio, amplía el ámbito de introducción de los calcos innecesarios, abusivos y empobrecedores (con ese «efecto obús» al que atinadamente se refiere) de la terminología a la expresión y a la sintaxis, y localiza con análogo acierto y exactitud la fuente principal del deterioro de nuestro idioma en los malos doblajes y las malas traducciones, particularmente de películas y de series televisivas.

Hace tiempo que venimos observando, en películas y series estadounidenses o inglesas dobladas o subtituladas en español, uno de estos vicios: la traducción, prácticamente permanente, machacona, de la pregunta inglesa «Seriously?» como «¿En serio?», en situaciones para las que, en español de España, siempre hemos recurrido a una amplia variedad de soluciones, dependiendo del contexto y del interlocutor, y, llegado el caso, echando mano incluso de la exclamación en lugar de la interrogación («¿De veras?», «¿De verdad?», «¿Qué me dice(s)?», «¿Lo dice(s) en serio?»,  «¡No me diga(s)!», «¡No me lo puedo creer!», «¡Lo que hay que oír!»,  «¡Acabáramos!», etcétera…). Naturalmente —como bien apunta el profesor Conde—, los hablantes de español expuestos sin ningún bagaje cultural a la obra destructiva de la «caja tonta», acaban preguntando, en su vida diaria, «¿en serio?» a troche y moche, y las demás expresiones van cayendo en el olvido (no sabemos la de años que llevamos sin oír, fuera de nuestro entorno más inmediato, un «¿de veras?»).

Lógicamente también, el calco transmitido por la mala traducción de una serie foránea, una vez tomada carta de naturaleza en el habla diaria, acaba inevitablemente reflejado en las series de producción propia, las cuales multiplican indefinidamente ese «efecto obús» al que hace referencia el ilustre catedrático de la Universidad Complutense. Un ejemplo reciente: la semana pasada, en dos series televisivas de producción española —y, para más inri, de buen nivel en cuanto a guión (con perdón), reparto e interpretación—, sendos personajes, uno al sufrir un ataque al corazón y otro al desvanecerse su jefa, en vez de pedir —como siempre se ha hecho en España en casos similares, y como nosotros mismos haríamos, llegado el caso— «¡Auxilio!» o «¡Socorro!», no hacían más que repetir: «¡Ayuda! ¡Ayuda!», en claro calco, ya naturalizado, del inglés «Help!».

Bueno es conocer los nuevos usos: no vaya a ser que un día, precisados de auxilio, pidamos «¡Socorro!» y nadie se dé por aludido por no llamarse así.

Pablo Herrero Hernández

Castellano doblado. Interferencias del inglés en el castellano contemporáneo

En el n.º 122 de «Punto y Coma» —Boletín de los traductores españoles de las instituciones de la Unión Europea— correspondiente a marzo/abril de este año, D. Juan Luis Conde, profesor de Filología Latina en la Universidad Complutense de Madrid, publica el siguiente e interesante artículo, que reproducimos en su integridad en nuestra bitácora con su autorización expresa, por la que le estamos muy agradecidos.

El 13 de mayo de 1993, y bajo el título «Modernos y elegantes», el escritor Julio Llamazares publicó en el diario El País un divertido artículo que desde entonces ha corrido mucho, llegando incluso a circular por Internet como un anónimo, reelaborado y reenviado por cada internauta como un palimpsesto. En aquel texto, su autor pretendía denunciar y ridiculizar la actitud de importación indiscriminada e incontinente de términos ingleses, que por entonces afloraba en España. Sus primeras líneas dan el tono del artículo: «Desde que las insignias se llaman pins, los homosexuales gays, las comidas frías lunchs [sic], y los repartos de cine castings, este país no es el mismo: ahora es mucho, muchísimo más moderno».

1. Una nueva evaluación de la modernidad lingüística

Su percepción ―consciente o inconsciente― de que la llamada modernidad no era (es) más que un disfraz o una coartada de las relaciones de poder es muy correcta. «Modernidad» es, ciertamente, una coartada más atrayente que cualquier «superioridad» basada en cualesquiera supuestas ventajas inherentes a esa lengua. La sensibilidad y la sumisión a esa forma específica de poder (y a la avaricia de apoderarse de su capital simbólico, que algunos ven inmenso) es lo que yo llamaría papanatismo.
La intención de Llamazares es satírica, y su idea de una substitución de palabras tradicionales castellanas por otras inglesas una a una no pretendía otra cosa que conseguir el ridículo por acumulación casi caótica. Como hemos tenido ocasión de comprobar con el paso de los años, ese planteamiento daba una idea insuficiente de la gravedad del proceso: el problema real es que cada término importado del inglés por los papanatas (economistas, periodistas, tecnócratas, negociantes, tenderos o simples indocumentados con trascendencia pública) cae sobre la lengua de llegada como un obús que deja a su alrededor un socavón de silencio en forma de palabras extinguidas. La fascinación por el neologismo imanta la imaginación verbal y la reseca. Como sucede a menudo con una especie foránea que se trasplanta, en torno a cada importación se rompe el equilibrio ecológico, crece el desierto y surge una nueva lengua para el intercambio habitual sin la flora ni la fauna autóctonas, irremisiblemente depauperada.
Por no extenderme demasiado me limitaré a una importación reciente pero especialmente ilustrativa del efecto obús: me refiero a la versión anglófona de «ratio», el viejo término latino del que deriva el castellano «razón». Pues bien, el uso sumiso de «ratio» no suple a una palabra castellana, sino que ha provocado la cuasiextinción de una retahíla de recursos léxicos: los substantivos «proporción», «promedio», «media», la expresión «por término medio», ciertos sentidos de «relación» e incluso «razón» en la locución preposicional «a razón de». Convertida en fetiche, «ratio» ha ampliado su campo designativo hasta abarcar cualquier dato al que, en el ámbito de las cuantificaciones, quiera pintársele bigote. En una reciente carta que he recibido de D. Rodrigo Rato, presidente de Cajamadrid, alabándose a sí mismo y a su buena gestión medida en porcentajes, la palabra «ratio» (o, más exactamente en plural, «los ratios», sic) significaba sencillamente «cifra».
Los años trascurridos desde la publicación del artículo pionero de Julio Llamazares nos han permitido un balance más atinado de los daños ocasionados en la lengua castellana por obra de los modernos papanatas anglómanos. Llamazares se centra exclusivamente en el léxico, y esa esfera es, si se quiere, la más superficial y controlable, por evidente. Mucho más perturbadores son los mimetismos relacionados con estructuras y hábitos lingüísticos, puesto que estas modificaciones operan imperceptiblemente (es decir, como si se debieran a decisiones propias de los usuarios de la lengua, al haber desaparecido todo rastro formal o superficial de la lengua inglesa). Como en el caso del léxico, las novedades no simplemente substituyen a un recurso tradicional del castellano, sino que, habitualmente, socavan o diluyen diferencias funcionales, estilísticas o connotativas elaboradas por el trabajo intergeneracional en nuestra lengua.

El calco como creatividad

En mis años mozos me movilicé muchas veces contra el ingreso de mi país en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. En aquellos tiempos, entre los setenta y los ochenta del siglo pasado, las pancartas que levantábamos rezaban «OTAN, no». Por aquel entonces, los coches de los que tenían coche y las motos de los que tenían moto (incluso las bicis de los que tenían bici) llevaban adheridas en algún lugar visible alegres pegatinas con el lema «Nucleares, no (gracias)». Ese tipo de formulación del rechazo era lo que se hacía habitualmente en la lengua del país: la tipología del castellano impone que el rechazo a algo o alguien se exprese detrás del nombre de la cosa rechazada, igual que decimos «Tonterías, ninguna», u «Hoy póngame plátanos, pero naranjas, no», o «Perros, no» (con o sin coma). Sin embargo, en las manifestaciones de los tiempos en que escribo esto, leo otra manera de poner las cosas: «No a la guerra de Irak», «No al laicismo agresivo», «No a las drogas», etc. La negación se antepone y se liga sintácticamente.
No se trata de que este nuevo procedimiento para eslóganes de condena o rechazo sea, digamos, incorrecto o agramatical. Aunque peregrino y merodeante, siempre ha estado disponible. Se trata de que el viejo modo expresivo ha desaparecido del uso. ¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que han empezado a traducirse palabra por palabra lemas originados en los Estados Unidos (en cuya lengua, la negación precede a lo negado: No dogs, No war, No nukes, etc.), para proceder luego a aclimatar su sintaxis como un rasgo de lo moderno, lo elegante o simplemente lo correcto.
Pero esa inversión de la tradición no es la única. Los sintagmas ingleses se organizan de lo particular a lo general, exactamente al revés que el castellano, que formula la realidad de lo general a lo particular. Esa es precisamente la diferencia que existe entre una lengua denominada «tipo OTAN», como la castellana, y otra «tipo NATO», como la inglesa. La adopción de una sintaxis tipológicamente inglesa ha sido secundada por el mundo del márketing, la publicidad y la negocística de forma masiva. De esa manera, sobre el modelo del archicélebre sintagma «Warner Brothers» y otros similares, sus «creativos» han conseguido que «Viajes Halcón» se transformara en «Halcón Viajes», los «Hermanos Ramírez» en «Ramírez Hermanos», el «Pabellón Fernando Buesa» en «Fernando Buesa Arena» o la «Parrilla El Javi» en (¡y juro que es un ejemplo real!) «El Javi Parrilla».
El papanatismo suele ser el pecado de la clase media con humos. Es difícil ignorar sus efectos en sectores «intelectuales» y cuadros de la administración, en el lenguaje de la economía, de las diversas políticas, desde la educativa a la sindical, incluso del ejército. Es en estos ámbitos donde se ha creado y desarrollado una nueva manera de construir plurales en castellano. Responden estos a una gramática especial que no se ajusta a ninguno de los supuestos previstos en la casuística de nuestra lengua, que se aplica en principio a palabras percibidas como cultas y (morfológicamente) extranjeras, pero que ya ha empezado a hacer estragos en su entorno ecológico. Cualquier palabra no castellana forma su plural de una única manera y siempre la misma: se le añade una sencilla -s desinencial, incluso aunque el singular termine en consonante.
Se oye, así, hablar de referéndums, ultimátums, currículums, déficits, júniors, etc. Los plurales de cultismos extranjeros, preferentemente procedentes del latín (pero también de otras lenguas, en realidad de cualquier lengua extranjera), se tratan de esta sorprendente manera: para construirlos no se recurre ni a «referenda» (como en el original latino), ni a «referendos» (que sería la adaptación morfológica natural al castellano para los cultismos), ni a «referéndumes» (la adaptación coloquial a las reglas del plural del castellano, como «álbumes» ―o «álbunes»― para «álbum» ―o «albun»―) ni, como alternativa, a permitir que sean los determinantes, adjetivos o artículos los que aporten la marca del plural manteniendo el cultismo inalterado (i.e., indeclinable) en su forma del singular latino: «los, algunos, estos referéndum». Cualquiera de esas soluciones tendría una lógica gramatical. Pero, no: la forma preferida y reiterada en la prensa es «referéndums», un plural que agrede la fonología del castellano y que no se corresponde a la forma de hacer plurales ni en latín, la lengua original de la palabra, ni en castellano. ¿Será catalán? No, por dios: aunque algunos hablantes del catalán puedan reforzar su uso, se trata del simple y sencillo plural inglés.
La introducción de un nuevo plural «fino» modificará, sin duda, la ecología del plural en castellano. Este plural «moderno» presiona: yo ya he oído «carácters» en la radio.

Películas y peliculeros

En una gran proporción, si no en su mayoría, estos mimetismos se cuelan, por así decirlo, por los intersticios de la mala traducción, una actividad cuya presencia y frecuencia en estos tiempos no se puede, por mucho que se pretenda, exagerar. En la actualidad, las vías de traducción del inglés abarcan todos los aspectos de la realidad comunicativa: sin ser apenas consciente, uno escucha traducciones de inglés cuando oye las noticias internacionales o programas musicales, cuando asiste a conferencias sobre economía, lingüística o sociología, cuando consulta instrucciones de uso y prospectos médicos, cuando recibe consignas políticas y eslóganes. Y, al traducir, calcamos. Eventualmente podemos ver el proceso en marcha. Ciertos grupos (o las cabezas pensantes de ciertos grupos) parecen especialmente sensibles a la influencia de la lengua inglesa. Uno de ellos es el activismo feminista, que ya ha conseguido imponer la palabra «género», calcando el inglés gender, e intenta por todos los medios imponer el calco correspondiente a to empower y empowerment a base de llenar las paredes con pintadas que proponen de forma (aún) enigmática para la población: «Mujer, empodérate».
Pero eso es ahora, últimamente. Durante años, la principal vía de traducción del inglés ha sido la destinada al doblaje cinematográfico. Las perversas directrices del régimen franquista que obligaban al doblaje de las películas extranjeras con objeto de mejor someterlas a censura y control están teniendo, al cabo de los años, consecuencias difíciles de prever para sus impulsores y, seguramente desde su punto de vista, seriamente contraproducentes. Un par de generaciones más tarde, los niños, que según estudios recientes se sientan unas tres horas de media ante el televisor y acuden en masa al cine los fines de semana, aprenden a través de estos medios un castellano nuevo, transformado, ecológicamente degradado. Es el resultado de escuchar una lengua que, en un porcentaje altísimo y creciente, consiste en tra- ducciones estajanovistas del inglés de los Esta- dos Unidos.
Cuando describo muchos de los fenómenos que vienen a continuación tengo la sensación de estar describiendo el idioma generacional de mis hijos: el castellano doblado.

2. Modificaciones de la ecología lingüística

El posesivo y la propiedad privada

Los fenómenos son muy evidentes; los efectos son sutiles y de calado. Salvo quizá para quienes tienen dificultades en aceptar el llamado «calentamiento global», es fácil de observar en el castellano contemporáneo un insólito abuso de los adjetivos posesivos, a los que se recurre de las maneras más inoportunas. Los locutores deportivos son entusiastas de la cosa: «Se ha lesionado en su rodilla», nos dicen, sin animarse a explicarnos en la rodilla de quién más podría haberse lesionado alguien. Los profesionales de los hospitales están contaminados: la persona encargada de tomarme una placa radiográfica me daba las indicaciones diciendo «Acerca tu pecho», «Levanta tus brazos». Le pregunté por qué me hablaba de manera tan poética, pero lo tomó por un chiste.
El radiólogo ya no distinguía, al parecer, las diferencias que hay entre el registro poético «Dame tu mano», con posesivo, y el coloquial y cotidiano «Dame la mano», con el artículo en su lugar. El abuso obsesivo de los adjetivos posesivos ha terminado por diluir la barrera entre esos registros, hasta el punto de que su empleo ha llegado a ser considerado por parte de una capa semiculta de la población como un detalle urbano o moderno (en el sentido de Llamazares) del lenguaje. De ese modo, primero en las pelis y luego en la calle, poesía y grosería coexisten contranatura en expresiones como «Mueve tu culo», en lugar del castizo, prosaico y normal «Mueve el culo».
El uso es desinhibido en la publicidad, donde la propiedad privada y sus defensores semánticos han hecho de curso habitual expresiones como «Acuda a su banco», «Consulte con su concesionario», como si uno tuviera un banco, un concesionario de automóviles o una pizzería. Una especie de colmo me pareció una recomendación publicitaria: «Entre ya en su web y contacte con nosotros».
Aspecto especialmente grave de esta contaminación de corpúsculos posesivos es el que afecta a los verbos que se construyen en castellano, de una forma muy idiosincrática, con una estructura derivada del dativo ético latino, del tipo «Le planchó la camisa», «Me agarró el brazo», «Te robó la cartera», transformadas por arte del inglés mal traducido en «Planchó su camisa», «Agarró mi brazo» o «Robó tu cartera». Educados a una media de tres horas diarias de exposición a la televisión, los niños hablan ya así: «Mira mi espalda», le dice mi hija a mi mujer cuando algo le molesta en esa zona del cuerpo, y no «Mírame la espalda».
Es obvio que las relaciones de propiedad se expresan de manera muy diferente en inglés y castellano. El recurso del inglés a las partículas posesivas es dominante, mientras que el castellano tiene alternativas consolidadas. La pereza para encontrarlas por parte de algunos traductores es también responsable de la recurrente substitución de la estructura transitiva de ciertas construcciones castellanas {tener + OD [artículo + sustantivo] + predicado} por una atributiva siguiendo el orden de palabras inglés {S [posesivo + sustantivo] + ser/estar + atributo}, del tipo: «Tu mano está helada» en lugar de «Tienes la mano helada» o «Tu casa es enorme», en lugar de «Tienes una casa enorme».
La corrosión no solamente afecta a esa estructura y, de nuevo, a la desaparición de un contraste estilístico entre el lenguaje poético y el coloquial. Como compensación de su anemia gramatical y su mayor flexibilidad en otros órdenes, la sintaxis inglesa es más rígida, su orden de palabras es muy estricto. Si el uso de posesivo se combina con el orden de palabras de la lengua de Beckham, dentro de poco asistiremos al postmodernísimo parto «Mi cabeza duele» por «Me duele la cabeza».
Otra consecuencia indeseable más, vinculada al mimetismo de estructuras posesivas, es la relegación del adjetivo posesivo pospuesto, ignorado en favor del antepuesto allí donde el inglés prefiere esta solución: «No es mi culpa», dicen los chavales en lugar de «No es culpa mía»; los anuncios institucionales admiten «Es nuestra responsabilidad», pero nunca «Es responsabilidad nuestra», como si esa opción hubiese desaparecido. El recurso sin excepción al posesivo átono amenaza con eliminar de la mente de los hablantes la segunda solución, con el posesivo tónico, después de haber perdido estos la capacidad para advertir sus diferencias. Sin embargo, entre «Es mi hermano/amigo/socio» y «Es hermano/amigo/socio mío» existe una diferencia, al menos: la segunda frase parece informar además de que el hablante tiene varios hermanos, amigos o socios. Sin duda existen otras connotaciones contextuales que ahora mismo no estoy en condiciones de describir (1), pero la diferencia incluye, al menos, el indicio de una pluralidad de objetos en la sintaxis pospuesta del posesivo y sugiere una exclusividad, una singularidad en la antepuesta. Cuando se dice «Es nuestra responsabilidad» parece que no tienen otra.
En cuanto a «No es mi culpa», eso no se decía hasta la generación de mis hijos, salvo en algún contexto literario, filosófico o religioso grandioso que no me siento capaz de evocar aquí. Para mis oídos, «No es culpa mía», una construcción hoy día en trance de extinción, habla de una mis posibles culpas, incluidas las muy triviales, y era muy frecuente en el uso cotidiano; en cambio, «No es mi culpa» habla de «la» culpa, la única, la grande o la por antonomasia. Es raro, muy raro; no se dice eso en castellano, no se decía.

Insensibilidad pronominal

Las influencias entre las lenguas han existido siempre, y en ocasiones no sin cierta inventiva, pero, la verdad, no veo por qué aceptar resignadamente las confusiones y mucho menos las limitaciones de posibilidades. Observa cómo se reduce la sintaxis de la lengua castellana y observarás la sintaxis de la lengua inglesa. Y también hay una lección para quienes aprenden idiomas: fíjate en cómo hablan los de las películas y estarás aprendiendo la personalidad orgánica de la lengua inglesa.
El inglés precisa obligatoriamente del uso de pronombres personales para indicar la persona del verbo, mientras que el verbo castellano puede servirse simplemente de sus desinencias para esa función. Nuestras desinencias verbales valen por sus pronombres personales, que el castellano tiene también, pero reserva para hacer énfasis por vía de la redundancia. No es lo mismo «Lo cogí» que «Yo lo cogí» (o, para el caso, «Lo cogí yo»): en la primera expresión se subraya el verbo (qué hice), en la segunda el sujeto (quién lo hizo: «yo», y no «otro»). La diferencia que hay entre las dos expresiones es la que media entre información y desafío. En inglés, esa función enfática es muy difícil de transmitir por escrito y de viva voz se refleja exclusivamente por medios tonales, que incluyen siempre el pronombre personal. La traducción descuidada, palabra por palabra, genera una sobreabundancia de pronombres personales en castellano, erosionando así la distinción entre el uso enfático y el no enfático, y transformando en narcisismo desafiante lo que suelen ser informaciones bastante tontorronas:
―Yo tengo hambre, ¿qué tenemos nosotros para comer hoy? ―Nosotros tenemos unas judías pintas en la olla.
Existen lamentablemente numerosas muestras de la pérdida de sensibilidad con el uso de los pronombres. En los mapas urbanos con los que el paseante puede toparse por las calles de Madrid, encontrará una localización marcada con un punto rojo y la leyenda «Usted está aquí». De nuevo ese texto delata una erosión en la capacidad para percibir diferencias en la posición de las palabras, causada por seguidismo perruno de mapas urbanos originales en inglés, donde el pronombre precede inexcusablemente al verbo en las oraciones enunciativas. Pero, no, en castellano no es lo mismo «Usted está aquí» que «Está usted aquí».
Con la primera información se satisface a la pregunta «Y yo (aparte de otros, a diferencia de otros), ¿dónde estoy?». Si no mediara la formalidad, la respuesta hubiera sido: «Tú estás aquí», igual que dice un director de escena cuando va repartiendo a sus diversos intérpretes por el escenario. Pero en realidad, porque el mapa urbano no reparte posiciones geográficas entre figurantes, se debería limitar a contestar a la sencilla pregunta «¿Dónde estoy?»
Como respuesta, y si la susodicha formalidad no mediara, el texto del Ayuntamiento rezaría jovialmente «Estás aquí», sin pronombre, por supuesto. Formalidad mediante, la solución adecuada sería, en efecto, «Está usted aquí». Y eso porque el uso del pronombre personal «usted» en esa posición pospuesta al verbo no tiene nada que ver con la función de énfasis: es una posibilidad específica de dicho pronombre que se emplea para desambiguar la forma verbal, ya que podría confundirse con la tercera persona si se escribiese escuetamente «Está aquí» (todo el mundo se preguntaría «¿Quién?»).

Quiasmo interlingüístico

Los verbos no son menos conflictivos y traidores que los pronombres. Otro aspecto especialmente característico (la manera en que percibimos lo estructural) y que parece pasar inadvertido a los traductores es la relación inversa entre elemento verbal y adverbial en las expresiones de movimiento (y en otras accio- nes modales). Cuando escuchamos traducciones como «El bombero corrió adentro del edificio», «Sally se deslizó afuera de la habitación» o «Mi amigo nadó a través del río» estamos escuchando estructuras inglesas traducidas palabra por palabra. Un análisis ecuánime de las dos lenguas permite observar que el inglés coloca como verbo lo que el castellano coloca como adverbio, y viceversa: en inglés la dirección o sentido del movimiento (adentro, afuera, abajo, arriba, a través, etc.) se expresa en el adverbio (o preposición), mientras que el modo de ese desplazamiento (andando, corriendo, a zancadas, de puntillas, etc.) aparece como verbo. Se produce así una especie de quiasmo interlingüístico: las palabras que expresan el modo y la dirección, en inglés y castellano, se cruzan en aspa. Como resultado: The fireman ran in no significa un absurdo «El bombero corrió adentro», sino «El bombero entró corriendo», He/She slipped out no es «Se deslizó afuera», sino «Salió a hurtadillas / de manera furtiva» (o cualquier otra cosa), ni My friend swam across the river es «Nadó a través del río», sino «Cruzó el río a nado / nadando». Es esa peculiar diferencia la que causa la perplejidad del aprendiz hispano de inglés, que piensa que los verbos en esa lengua son infinitos. Y en cierto modo lo son; en esas estructuras cualquier información modal en castellano puede convertirse en verbo inglés: si es que «crucé a saltos» el río, entonces I jumped/hopped across the river; «Crucé en bici/moto» podría equivaler a I biked across, «Crucé de puntillas» sería I tip-toed across, etc. Como se ve en la serie, lo que permanece estable en castellano es la forma verbal («Crucé»), en tanto que en in- glés es lo que la gramática escolar llama el adverbio o preposición correspondiente (across).
Otras muchas discrepancias que se filtran en el castellano en los doblajes de las películas, series o cualquier otro producto de ficción se han hecho características. El uso supletivo del verbo to do produce serias vacilaciones en la traducción, con una proliferación realmente innecesaria del verbo «hacer». Las estructuras de comprobación, del tipo She ate the meal, didn’t she?, produce resultados barrocos en castellano. Por ejemplo, el diálogo: He travels a lot, but his sister doesn’t, no se traduce «Él viaja mucho pero su hermana no lo hace», sino, «Él viaja mucho pero su hermana, no».
Asimismo, la dificultad para percibir sintagmas con significado conjunto y depender de la traducción palabra a palabra ha transformado el uso del verbo «soler» en castellano, disparándolo. La frase «You used to smoke» no se traduce «Tú solías fumar», sino «Antes fu- mabas». Del mismo modo, no se hace justicia a la frase I used to go there when I was a child traduciendo «Solía ir allí de pequeño», sino «De pequeño, iba allí». No parece comprenderse que la traducción del verbo auxiliar used to no es otro verbo, sino un adverbio o su equivalente expresivo.

Órdenes y prohibiciones

Las lenguas no son solo las palabras. Para no ser absurdas o simplemente malas, las traducciones deben tener en cuenta también los hábitos de cada idioma que, como las costumbres horarias o las gastronómicas de cada país, varían de uno a otro.
La ignorancia de aspectos pragmáticos por parte de los traductores no permite a muchos de ellos, al parecer, observar que el castellano formula preferentemente como prohibiciones lo que el inglés expresa en forma de órdenes. Casos corrientes para quien se mueve en co- che: Keep clear equivale a «Prohibido aparcar»; Keep out a «Prohibido el paso». No significa que no se pueda decir en castellano «Mantenga despejado» o «Manténgase fuera», pero, ¿por qué decir cosas así? Lo más normal, en todo caso, es que el castellano coloquial recurra simplemente a la oración negativa: Stay away from me no debe traducirse automáticamente como «Mantente alejado/lejos de mí», sino más bien como «No te acerques a mí».
Como vemos, el problema es característico de los verbos to stay y to keep, frecuentísimos en inglés, que la traducción descuidada vierte como «mantener», sin darse cuenta de que ese verbo posee en la lengua de Sánchez Ferlosio un componente durativo y activo ajeno al uso prácticamente auxiliar que tiene en el idioma de Graham Greene. Un caso ya casi irremediable ha dado como resultado la expresión típica de los prospectos médicos: «Mantenga este medicamento fuera del alcance de los niños», traducción literal de inglés Keep this medicine out of children’s reach. Pero «mantener» exige una participación activa del sujeto resistiendo una presión ajena. Para imaginar eso hay que representarse al cumplidor o la cumplidora de la prescripción corriendo delante de los niños, manteniendo el producto lejos de su alcance, mientras estos se empeñarán a toda costa en hacerse con él. Pero esa no es la idea… Es obvio que lo que se quiere decir en castellano es, simplemente, «No deje este medicamento al alcance de los niños», cuyo cumplimiento se satisface de una vez por todas, con una acción puntual.
Por las mismas vías el abuso de «mantener» se ha colado en supuestos usos papanatas- moderno-educados, de manera que, ya reiteradamente, me he encontrado el cartel «Mantén la puerta cerrada» adherido al exterior de algún local o edificio al que pretendo acceder. Siempre me paro, obediente, esperando que alguien venga a asistirme. Semejante orden, aunque sea por favor, me parece exagerada e incomprensible: no solo me invita a no intentar pasar por ella, sino incluso a arrimar el hombro para que nadie consiga abrirla desde dentro. ¡Semejante falta de tacto para decir «No dejes la puerta abierta» o, todavía más sencillo, «Deja la puerta cerrada»! Lo otro (igual que «Mantén la boca cerrada») advierte de que la puerta no se abrirá bajo ningún pretexto, cuando lo que se pretende decir, en realidad, es que la puerta debe volver a cerrarse una vez se ha pasado por ella. Son dos cosas muy diferentes. Si lo hablas con quien ha puesto el cartel, está dispuesto perfectamente a admitir su error, pero puede llegar a argüir que en su versión absurda y papanatas suena mejor… Algunas instituciones donde lo he encontrado son educativas, lo que añade gravedad al pecado. Habitualmente, el texto castellano aparece bajo el texto inglés: Keep the door closed. De nuevo asistimos aquí a un sutil y perverso triunfo de las relaciones de poder lingüístico: persiguiendo el español ‘fino’, se ha llegado a la infinita sofisticación de ¡traducir (mal) del inglés!

Juan Luis Conde
Universidad Complutense de Madrid

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[1] Me atrevo a sugerir la existencia de un énfasis particular sobre la relación en la construcción con adjetivo tónico contrapuesto a un énfasis sobre el posesivo cuando se utiliza el átono. En cualquier caso, los criptotipos nunca son sencillos.

Archisílabos

Ayer en «El País» publicó el profesor Aurelio Arteta un artículo más de su particular y sacrosanta cruzada contra el abuso de palabras innecesariamente largas. Suscribimos cuanto en él dice de la cruz a la fecha, excepto quizá su titular, Archisilabeando, que nos remite a otro vicio de tantos escribientes del español actual, que traducen mental y prácticamente el gerundio inglés propio de títulos de libros, artículos o películas como gerundio español, y no como infinitivo, como procedería en la mayor parte de los casos. Achaque es éste que merece, por su difusión, un comentario ad hoc.

Pero, volviendo a los archisílabos, coincidimos muy especialmente con el catedrático vasco cuando señala pedantería e ignorancia (que sólo muy superficialmente pueden parecer incompatibles) entre las causas que provocan el mal uso del idioma en general, y muy señaladamente  el debido a los monstruosos archisílabos.

Quien estas líneas firma, en su faceta de traductor, ha caído a veces en la tentación del archisílabo abusivo: en ocasiones, por contenerlo ya el texto original (por desgracia, tan lamentable lacra no es privativa de nuestro idioma; el italiano, sin ir más lejos, abunda también en ellos, si no llega incluso a superarnos); a veces, por estimar que el cliente, sobre todo cuando pertenece a determinados segmentos de la vida empresarial o cultural, lo extrañaría por formar ya éste parte integrante de su jerga.

Y aunque, en cierto sentido y dentro de unos límites, en una traducción el cliente siempre «tenga razón», tras la lectura de este nuevo artículo del profesor Arteta (otro anterior, de hace casi un año, puede leerse con provecho aquí), renovamos nuestro firme compromiso de meditar y averiguar, cada vez que nuestra mente ordene a las manos componer en el teclado un archisílabo, si podemos decir más y mejor con menos letras.

Pablo Herrero Hernández

Malas traducciones

Las malas traducciones suelen depender, más que de no saber el traductor la lengua de que traduce, de no saber bien aquella a que va a traducir, aunque sea la propia suya.

(Miguel de Unamuno, Los maestros de escuela, en «La Nación», Buenos Aires, 4-XI-1907).