El extraño caso del publicado inédito

La ignorancia lógica y léxica del mundo periodístico español supera cada día barreras que la víspera nos parecían infranqueables. Ayer, sábado, nos desayunamos en «El País» digital con el siguiente titular de una noticia procedente de la agencia EFE, acompañado del correspondiente subtítulo:

InéditoQue un texto definido inédito en 2013 fuera publicado en 1866 se nos antoja una contradicción patente. Lo que a todas luces quiso decir el anónimo redactor de la noticia fue que la poesía en cuestión —seguimos resistiéndonos, pese al criterio académico, a llamar ánglicamente poema a cualquier poesía que no rebase, como mínimo, unos centenares de versos— había pasado desapercibida en las sucesivas ediciones de las Obras Completas de la insigne poetisa gallega, hasta que alguien se ha dado cuenta de la omisión. Pero, propiamente hablando, en ningún caso puede llamarse inédito lo que en su día tuvo los honores de la publicación.

Pablo Herrero Hernández

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Diccionario de colocaciones del español (DiCE)

DICE

Ya hemos ponderado —creemos recordar— en estas columnas la gran utilidad que tienen para todo redactor de textos (escritor, periodista, traductor, etcétera) la familia de diccionarios combinatorios o de colocaciones, familia que va creciendo paulatinamente en nuestro idioma. Al pionero REDES (2004) y a su desarrollo, el imprescindible Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo creaciones ambas del benemérito Ignacio Bosque y de su equipo—, van incorporándose de manera lenta pero segura nuevas herramientas que van en la misma dirección, algunas en Internet, como ésta que hoy presentamos.

El DiCE, o Diccionario de colocaciones del español, aun cuando sólo incluye, por el momento, el campo semántico de los nombres de sentimientos, resulta modélico a este respecto. Antes de consultarlo, conviene leer con detenimiento su introducción. Viene también equipado con unas unidades didácticas con vistas a facilitar el conocimiento de cómo funciona.

Pablo Herrero Hernández

El poder de una lengua es el poder de aquellos que la hablan

Cuando hablamos hoy del lenguaje y de la lengua, tema sobre el que hay miles y miles de trabajos escritos, sabemos que sigue vigente la enseñanza de Guillermo Humboldt, que cada idioma fomenta un esquema de pensamiento y unas estructuras mentales propias. Dime en que idioma te expresas y te diré cómo ves el mundo.

Así los hablantes modelan una lengua y ésta modela la mente proyectando un modelo de pensamiento que adquiere su expresión máxima en las identidades nacionales o regionales.

En el caso del castellano, éste es expresión de unas veinte identidades nacionales consolidadas.

Pero la lengua no es aquella aprendida, no es la segunda lengua. La lengua como lugar de poder es la asumida existencialmente. Y así podemos comprender como siendo 56 los países francófonos y 22 los hispanoparlantes, tenga el castellano mayor peso internacional que el francés.

Es que de los 56 países franco parlantes solo tres o cuatro han asumido el francés vitalmente, el resto lo usa por conveniencia. En general, para pedir créditos a la metrópoli.

Con el inglés pasa algo parecido pero en menor medida, porque el peso poblacional de los anglo parlantes es mayor (USA, Inglaterra, Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda), no obstante la mayoría de los países que han declarado el inglés como idioma oficial, 59 en total, utilizan de hecho, infinidad de lenguas locales, que reducen la expresión de lo nacional en inglés. Por ej.: en Nigeria se hablan 521 lenguas. O en la India, ¿en qué expresa la identidad nacional el inglés, declarado idioma oficial? En nada.

Entonces, afirmamos que la lengua es un instrumento de poder cuando es asumida existencialmente, de lo contrario es un simple vehículo de comunicación como lo es el inglés en los aeropuertos.

En este sentido, el castellano como lengua occidental tiene una ventaja infinita respecto del inglés y del francés. Pues aun cuando supera al inglés, su máximo competidor, en más de cien millones de hablantes, posee la infinita ventaja que es efectivamente, la lengua oficial de veintidós naciones.

Si a ello le sumamos la proximidad lingüística del portugués (Brasil, Portugal, Mozambique, Angola et alii) se constituye una masa crítica de 800 millones de personas que pueden comunicarse entre sí sin mayor esfuerzo y, lo que es más importante, con estructuras mentales similares.

Esto no es un chiste, ni una anécdota, es un dato geopolítico de crucial importancia para comprender el mundo actual en profundidad.

Es incomprensible como de 31 Estados (22 hispano parlantes y 9 luso parlantes) no haya uno, al menos, que tenga una política internacional de defensa de la expresión lingüística luso-castellana.

Es incomprensible que los teóricos franceses, tan sutiles para otros asuntos, no se hayan apercibido que «la mayor presencia del español como lengua de trabajo internacional, garantiza una mayor presencia del francés, frente al inglés».

En este campo específico estamos rodeados de un hato de ineptos. Ineptos que como el «rey cazador de elefantes» sostuvo en la última cumbre Iberoamericana de Cádiz que somos cuatrocientos millones los hispanoparlantes o como las autoridades del Instituto Cervantes que sostiene que somos 450 millones de castellano hablantes en el mundo (cuando hoy sumamos 550 millones) y, para colmo de errores, que es la segunda lengua después del inglés: stultorum infinitus numerus est.

Más allá del rey Borbón y del Instituto Cervantes los usuarios habituales del castellano se han metido en el corazón del imperio talasocrático y así suman en USA, 45 millones. Este hecho bruto, real e indubitable ha hecho exclamar al estratega Samuel Huntington en El Reto Hispano, uno de sus últimos trabajos:  «Los estadounidenses están aceptando que se convertirán en dos pueblos, con dos culturas (anglo e hispana) y dos lenguas (inglés y español)…. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, cada vez hay más ciudadanos (sobre todo negros) que no pueden conseguir el trabajo o el sueldo que sería de esperar porque sólo pueden comunicarse en inglés… Si la expansión del español como segunda lengua de EE UU sigue adelante, con el tiempo podría tener serias consecuencias para la política y el gobierno».

Es que el castellano además es un idioma pluricéntrico, pues a diferencia del inglés o el francés donde Londres y París se han constituido como centros de poder lingüístico, Madrid no tiene vocación de centralidad lingüística.

Es hora que nuestros gobiernos asuman una política internacional de la lengua. Que el castellano sea utilizado como lengua de trabajo de ámbito mundial. Informaciones recientes nos dicen que hoy en China el castellano es la lengua extranjera más estudiada. Que no hay un millón de hispano parlantes en Filipinas sino alrededor de diez millones. Que en Brasil el castellano no es considerada lengua extranjera en las universidades, pues su uso profesoral es habitual. En fin, contamos en definitiva con un instrumento geopolítico y metapolítico poderosísimo que no está explotado[1].

Alberto Buela
buela.alberto@gmail.com


[1] Nobleza obliga y tenemos que rendir homenaje acá al esfuerzo del Prof. Renato Epifanio y quienes lo acompañan en el Movimiento Internacional Lusófono quien desde hace años viene trabajando en la consolidación del portugués como lengua internacional. (www.zefiro.pt)

¡También la infanta Cristina!

Nadie piense que tenemos nuevas revelaciones sobre lo que ya, más que «vox populi», es evidencia difícilmente refutable: los círculos, cuadrados y demás figuras geométricas que frecuentamos no pican tan alto. Y ya saben además nuestros lectores que en estas páginas evitamos cuidadosamente toda cuestión extralingüística, aunque forzosamente, como las palabras siempre se refieren a objetos y conceptos pertenecientes al mundo fenoménico (no diremos que al real, pues resulta patente que también el de las palabras en sí lo es), siempre asoman a través de ellas, según los casos, la política, la sociedad, la religión, etcétera.

El motivo de nuestro titular y de nuestro articulejo de hoy es que, según noticia que publica hoy «El País», la susodicha infanta iba a ser «asesor deportivo» en una de las empresas del tinglado urdangarinesco; no «asesora deportiva», como cabría esperar.

Habiendo tratado hace sólo unos días del asunto de las designaciones femeninas en cargos y funciones con motivo del ya famoso informe de la RAE dirigido a la Defensora del Pueblo, nos ha llamado la atención esta noticia. Nuestra duda ahora es la siguiente: ¿se alinea la infanta (¿o la infante?) con el feminismo de corte italiano, que hace, por ejemplo, de la ministra Fulanita de Tal «il ministro» Fulanita de Tal?

Vale que tu hermana, al ser mayor que tú, te robe el trono por razón de primogenitura, pero que un hermano más pequeño que las dos os lo sustraiga a ambas en razón exclusiva de su sexo lo creemos motivo suficiente para abrigar en los corazones infantiles —permítasenos el aquí jocoso adjetivo—, como mínimo y a parte de otras pulsiones tan justificadas como poco confesables, un noble feminismo de talante más reivindicativo; algo que en español es, además, no sólo plenamente correcto, sino hasta obligatorio: es decir, que una mujer que desempeñe funciones de asesoramiento se titule y sea llamada asesora, y no asesor.

No creemos demasiado pedir que en cierta chabola de ese poblado marginal de absorción barcelonés en la que, presuntamente, se han atropellado tantas leyes escritas y no escritas, se respete, cuando menos, ésta, elementarísima, de nuestra gramática.

Pablo Herrero Hernández 

¿Abrahán o Abraham?

A diferencia de otras versiones de la Biblia de época reciente —como la por otra parte muy meritoria Biblia de Jerusalén—, la versión oficial del texto bíblico publicada por la Conferencia Episcopal Española hace unos dos años (y que a partir del que viene será, según tenemos noticia, la que adopten los textos litúrgicos de esta confesión en España) ha optado, con muy buen acuerdo, por la forma hispanizada Abrahán frente a la más etimológica de Abraham.

Nos parece un criterio excelente, el de esta adaptación de la forma semítica al genio de nuestra lengua, a la que es ajena la terminación en eme. Con ello no se hace, además, sino adaptar la grafía del nombre del patriarca a la completamente asentada de otros nombres propios bíblicos como Adán, Joaquín o Efraín, por no recordar topónimos de tanta importancia y notorio arraigo en nuestra cultura como los de Jerusalén o Belén.

También nos alegra mucho comprobar que esta nueva versión autorizada del texto bíblico en español no cae en el ridículo vicio que aqueja a innumerables padres y madres españoles —cuando no a las propias interesadas—: el de añadir una hache espuria, totalmente ajena al espíritu de nuestra lengua, a la hora de imponer a alguna de sus hijas los clásicos nombres de heroínas bíblicas como Rut, Ester o Judit, que bueno será recordar que en español no llevan esa hache, importada no ya del hebreo bíblico, sino de otros idiomas modernos.

Por mucho que en el Registro Civil las Ruth, Esther o Judith —y hasta puede que ya las Martha— sean legión (algo que comprobamos con frecuencia quienes ejercemos el oficio de traductores jurados), conviene que se sepa que el uso castizo reprueba en estos casos el añadido de la hache, al igual que en topónimos asimismo de procedencia bíblica, como el de Nazaret.

Con gran acierto, pues, el nuevo texto oficial bíblico de la iglesia católica en España no se ha doblegado, en este caso, a la tendencia dominante.

Pablo Herrero Hernández

Mi cadera y la gira de Lady Gaga

Al leer este mediodía «El País» digital, quien estas líneas firma ha emitido un suspiro de alivio. Hace precisamente dos días, un molesto problema de cadera lo mantuvo inmovilizado en casa. Y al leer el siguiente titular…

Lady Gaga

…no ha podido menos de alegrarse, al quedar acreditado que ha sido el problema en la cadera de Lady Gagasu cadera») —y no, por ejemplo, el de la cadera del firmante,— lo que ha impedido la gira de tan cotizada estrella. ¡Y luego dirán que el periodismo no cumple una función social!

Es curioso, por cierto, el mundo del periodismo español: con alguna honrosa excepción, sus porfesionales no saben ni redactar ni pronunciar en inglés, de manera medianamente presentable, más de dos o tres frases trilladas de manual para turistas, pero —paradójicamente— calcan las estructuras de este idioma al español (en este caso, los posesivos) con una fidelidad rayana con el fanatismo.

¿Será que tampoco saben español?

Pablo Herrero Hernández

El parto de los montes

La siguiente noticia, que la todavía Real Academia Española cuelga hoy triunfalmente en la portada de su sitio en Internet, dice mucho sobre la labor de algunas instituciones patrias. Declara con emoción apenas disimulada el anónimo redactor de tan fausta nueva (que recomendamos leer, como procede, con engolamiento y solemnidad propias del añorado locutor del NODO, y si es posible cuadrándose en señal de respeto):

«El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, ha entregado hoy a Soledad Becerril, en una reunión celebrada en la sede de la RAE, el informe solicitado por la oficina del Defensor del Pueblo sobre el uso de la firma del titular de este cargo cuando lo ocupa una mujer, como sucede en la actualidad.
El informe entregado hoy personalmente a la defensora del pueblo por el director de la RAE concluye que, “para designar la institución, debe mantenerse la denominación Defensor del Pueblo —precedida o no del sustantivo genérico— y que, en cambio, para hacer referencia al cargo, debe establecerse la concordancia de persona en función del sexo del referente. Por tanto, en el caso actual, los escritos oficiales deben utilizar la expresión defensora del pueblo”».

Por un lado, la Defensora del Pueblo —por lo visto sin nada más interesante ni apremiante que hacer, habida cuenta de la balsa de aceite que es la España actual y de la idílica situación por la que atraviesa su feliz, próspera y jubilosa ciudadanía— se despertó una mañana embargada, devorada y carcomida por la hamlética duda sobre si su sexo había de influir o no en el género de la institución por ella presidida. Nos parece verla: descompuesta, llega a su despacho del palacete de estilo «remordimiento español» que alberga tan prescindible institución y pide que la pongan de inmediato con su homólogo en la otra entidad —no menos  prescindible que aquélla— que ocupa un caserón de rojo ladrillo y portada griega —es decir un caserón oxímoron— detrás del Prado.

Y nos parece ver, igualmente, al mandarín académico, conmovido, emocionado y transido ante la importante misión encomendada por la Patria, tocando a rebato   la polvorienta campanilla de la institución y llamando a capítulo a las lumbreras de la Casa (principalmente columnistas y novelistas de tres al cuarto)  para, en una escena afín a la de la famosa consulta de galenos de El rey que rabió, elaborar —¡ahí es poco!— nada menos que todo un informe para dictaminar, corroborar y confirmar algo tan evidente, lampante y trivial que hasta un niño de primaria de los antes lo sabría (de los de ahora no nos atrevemos a afirmarlo, ni de muchos de sus maestros): verbigracia, ¡que la mujer que ocupa el cargo de Defensor del Pueblo deberá llamarse defensora, lo mismo que la titular de un ministerio es ministra,  y la que desempeña una portería —si es que aún existen porterías—, portera!

El país se estará yendo al cuerno —si nos permiten tan coloquial expresión—, pero en lo tocante a sus instituciones, ya podemos ver los levantiscos súbditos, contribuyentes y ciudadanos cómo trabajan febrilmente en pro de nuestro bienestar. ¡Y es que las nuestras son puras ganas de protestar! Menos mal que la RAE y la Defensora del Pueblo velan por nosotros. ¡Qué suerte, la nuestra!

Pablo Herrero Hernández

Belleza de la elipsis clásica (3)

No crea, quien haya leído nuestros dos anteriores articulillos de esta serie, que sólo se refugia la hermosa elipsis del español clásico en textos literarios; ya vimos en uno de ellos que ni siquiera la tradicionalmente denostada prosa burocrática hacía ascos a tan expresivo recurso estilístico.

El ejemplo que hoy traemos nos ha salido al paso al releer la descripción que de la famosa Capilla Mozárabe de la catedral de Toledo traza el benemérito Sixto Ramón Parro, autor de Toledo en la mano, ó descripcion histórico-artística de la magnífica catedral y de los demás célebres monumentos y cosas notables que encierra esta famosa ciudad, antigua córte de España, con una esplicacion sucinta de la misa que se titula Muzárabe, y de las más principales ceremonias quer se practican en las funciones y solemnidades religiosas de la Santa Iglesia Primada (evidentemente, aún no existía Twitter), Imprenta y Librería de Severiano López Fando, Toledo 1857, tomo I, p. 257; tomo que tenemos la dicha de albergar en nuestros anaqueles; no así el segundo, para el que tuvimos que adquirir la reedición publicada en 1978 por el Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos. Se trata, por cierto, de la mejor y más completa guía de un monumento que hemos conocido hasta la fecha: piénsese que dedica, en su primer tomo, nada menos que ¡709! tupidas y documentadísimas páginas a la descripción externa e interna de la Dives Toletana.

Pero pasemos ya a reproducir el párrafo en cuestión, en el que, debido a su articulación y para su mejor comprensión, señalaremos en negritas el término objeto de las elipsis y los artículos que lo sustituyen. Refiérese Parro al insigne cardenal Cisneros, fundador, como es sabido, de la Capilla Mozárabe:

«Luego que obtuvo del Papa Julio II las bulas de autorizacion para llevar á cabo su pensamiento y adquirió el sitio que dejamos insinuado para destinarle a capilla muzárabe, y habiendo instituido ya las capellanías que se ha dicho, estableciendo por el pronto su culto en la Sala capitular de verano, encomendó al famoso Enrique Egas, maestro mayor de la obras de la Santa Iglesia, la necesaria para transformar en la actual capilla la antigua Sala de los Cabildos y capillita del Corpus Christi; lo cual ejecutaron, bajo la direccion de aquel célebre arquitecto, dos buenos maestros de albañilería, moros de nacion, llamados Farax y Mohamá, quienes sin duda hicieron por el pronto la mas precisa para que los capellanes pudieran instalarse allí en el citado año de 1504…».

Como se ve, las dos elipsis suplen el singular del término de referencia, que está en plural. Y llama la atención lo distante que está la segunda respecto a aquél; pero la buena estructura sintáctica del pasaje la hace plenamente comprensible.

Pablo Herrero Hernández

 

Cruzada contra la absenta

Nadie crea que nos ha dado por emprender una cruzada contra uno de los licores que más nos gusta saborear, siquiera espaciadamente y «en pequeñas diócesis» —como decía el personaje del sainete—, por aquello de no convertir con demasiada rapidez nuestro ya maltrecho hígado en fuagrás.

Lo que sucede es que estamos cansados de toparnos en todo tipo de textos redactados en español con el innecesario galicismo o catalanismo absenta (dócilmente aceptado por la RAE en 1983), cuando existe en nuestro idioma el término castizo ajenjo, acogido en el diccionario ya en 1813, derivado evidentemente de la misma raíz, y con el que modernamente se designan tanto la planta como el licor que de ella se destila.

Que sea cruzada perdida de antemano —como aquellas que seguimos impulsando para que en las cartas de los restaurantes españoles se opte por allioli, ajoaceite o ajiaceite en vez de por el absurdo alioli (que no es ni español ni catalán), o por alcuzcuz (de plena y directa raigambre árabe) en vez del importado cous-cous— no hará que cejemos en nuestro quijotesco esfuerzo.

Por eso esta mañana, al visitar la exposición titulada Luces de bohemia en la madrileña Fundación Mapfre —en la traducción de cuyo catálogo hemos tenido el honor de colaborar por cuenta de la empresa Polisemia—, hemos visto con satisfacción y con una punta de legítimo orgullo —que suponemos tan confesable como disculpable— que nuestra propuesta de traducir el título de algunas de las obras expuestas optando por el ajenjo en vez de por la absenta ha sido acogida en todos los casos por la Fundación en los letreros que las acompañan.

Y creemos que absenta es catalanismo más aún que galicismo, pues es sabido que desde el famoso y entrañable local de Els Quatre Gats, transposición barcelonesa de Le Chat Noir parisiense, se difundió en España la fama del brebaje ultrapirenaico; nosotros mismos, hace ya unos años, pudimos adquirir en él una botella de tan preciado licor, el cual, dicho sea de paso, no tuvo el tiempo de añejarse a orillas del Manzanares.

Pablo Herrero Hernández

Prohibición de no

prohibición

Así titula esta mañana Yolanda Monge su artículo en la edición digital de «El País»: «Panetta acaba con la prohibición de que las mujeres no puedan entrar en combate». De ello se desprende que:

1.º) Hasta ahora, las mujeres tenían prohibido «no entrar en combate», es decir que estaban obligadas a luchar, y que

2.º) El bueno de Panetta, al levantar la prohibición de «no entrar en combate», las ha dejado, como mínimo, libres de entrar o no en él (¡cosa —se nos concederá— que no deja de ser original en un ejército!).

Claro que, por el contenido del artículo, las cosas no parecen estar así.

Está claro que la periodista ignora el uso correcto del verbo «prohibir» en español; a ello puede añadirse que haya incurrido en un catalanismo, ya que, según nuestros escasos conocimientos de la hermosa lengua de Verdaguer y de Pla, en catalán sí es legítima y hasta obligatoria, al igual que en otros idiomas, la construcción negativa con verbos como prohibir, impedir, etc… y sus correspondientes sustantivos. En español actual, desde luego, no lo es.

Pablo Herrero Hernández