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A vueltas… con los catalanismos

No nos cabe duda de que el suplemento Cultura/s del diario barcelonés «La Vanguardia», que solemos leer semanalmente, es el mejor, con diferencia, de cuantos conocemos publicados por los demás periódicos españoles de proyección nacional, tanto por la amplitud, apertura y variedad de sus temas como por el rigor con que suelen tratarlos sus articulistas.

Razón de más es ésta para lamentar que, de vez en cuando y a veces con una frecuencia que resulta llamativa, su versión en lengua española —única que podemos leer aquí en Madrid— adolezca de unos catalanismos que no dejan de resultar chocantes en periodistas y escritores a los que se les supone plenamente bilingües. Por regla general, se trata de calcos sintácticos —de algunos de los cuales ya hemos tratado en estas columnas, aun cuando no citando directamente ejemplos de «La Vanguardia», como todo y que o echar a faltar—, pero tampoco  faltan, de vez en cuando, los léxicos, como el que hoy nos ocupa.

El número 563 del suplemento, correspondiente al 3 de abril del año en curso, trae un artículo, por lo demás muy interesante, de Mary Ann Newman (al no haber mención de traducción, lo suponemos escrito en español en su original o traducido por la Redacción), titulado El arquitecto de Nueva York y dedicado a Rafael Guastavino, justamente célebre por sus impresionantes bóvedas, empleadas en los edificios más representativos de Nueva York y —según nos informa nuestro buen amigo el ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Ramon Gras i Alomà— en hasta ¡mil! edificios oficiales de las principales ciudades de la Costa Este de los Estados Unidos.

Pues bien: una y otra vez la autora del artículo nos habla de «la vuelta catalana», «una vuelta o enladrillado de Guastavino», «una vuelta a escala», «magníficas vueltas de principios del siglo pasado»… Claramente, la volta catalana (el término, por suerte, que no la estructura) le ha jugado una mala pasada, y ha traducido o le han traducido como vuelta lo que en español se llama, propiamente hablando, bóveda, término que, salvo inadvertencia nuestra, no se menciona en ningún lugar del artículo.

No desconocemos que el término español vuelta posee también, según el DRAE, el significado de ‘bóveda, y por extensión techo’, pero se trata, por un lado, de una acepción que ocupa el lugar 28.º en la actual edición del diccionario académico (y la 29.ª en el borrador de la XXIII edición) y que tiene, sobre todo, dos marcas: la de rural y la de aragonesismo (seguramente por influencia, en el habla de aquella región, del catalán —¡perdón!, quisimos decir del lapao—); la propia acepción académica remite al vocablo español bóveda, que es el equivalente exacto de la volta catalana e italiana, de la voûte francesa, de la abóbada portuguesa, de la boltă rumana, y hasta de la vault inglesa y del Gewölbe alemán, con todos los cuales comparte, en virtud de una rara unanimidad, el mismo étimo latino. Existe también en español otra acepción de vuelta, la n.º 24, con la marca de término arquitectónico: ‘curva de intradós de un arco o bóveda’; como la propia definición indica, se trata de una parte de la bóveda —la inferior, cóncava—, y no de la estructura en sí.

No ya en catalanismo propiamente dicho, sino en despiste que sorprende en persona de su cultura, incurre, en el mismo número del suplemento, el culto escritor Sergio Vila-Sanjuán al afirmar, en su artículo Dos tipos de bohemios, que «la bohemia de Montmartre está muy bien plasmada por catalanes: Casas, Rusiñol, Picasso, Pidelaserra, Casagemas, Pichot, etc…».

Pablo Herrero Hernández

La pregunta de un crítico

En el por otra parte ejemplar suplemento cultural de «La Vanguardia», titulado «Cultura|s», correspondiente al 20 del pasado mes de junio, se pregunta Robert Saladrigas, al presentar las recientes traducciones al español y al catalán de la novela de Niccolò Ammaniti Io e te, por qué tanto en uno como en otro idioma (Tú y yo/Tu i jo) «no ha sido respetado» el título en italiano que, según él, «invierte el orden de los sujetos».

Es el problema de los críticos que critican lo que ignoran. Resulta que en italiano lo normal es decir «io e te», ya que no se percibe como señal de mala educación —como sucede, en cambio, en español y suponemos que también en catalán— anteponer el pronombre de primera persona al de segunda. Los traductores (Juan Manuel Salmerón y Joan Casas, respectivamente) han traducido, pues, correctamente, invirtiendo los términos como pide el genio de las lenguas catalana y española.

Análogamente, si el libro fuera inglés y se titulara Black and White, o francés y llevara por título Noir et blanc, lo lógico y natural sería que en español se tradujera Blanco y negro, y no al revés.

De res, Robert.

Pablo Herrero Hernández

El director de la RAE, en Babia

No nos consta que José Manuel Blecua esté de visita institucional en la comarca leonesa de ese nombre. Más bien nos referimos al significado metafórico y coloquial de la expresión, de todos conocida.

Según nos comunica un buen amigo, el mes pasado, «La Vanguardia» lo entrevistaba en su sección titulada «La Contra», y entre otras lindezas en las que no entraremos, preguntado por los periodistas si «erosiona la tele el uso del idioma», contestaba, o más bien sentenciaba:

«Las agencias de noticias y los telenoticiarios —¿no podía decir telediarios, como todo el mundo en España? ¡Ni siquiera figura la tal palabreja en su diccionario!— son muy escrupulosos en el empleo del español. Luego está cada hablante».

¡Muy escrupulosos en el empleo del español! Por los poquísimos telenoticiarios que vemos, este hombre —que en el resto de la entrevista alardea, amén de jovellanista y erasmista, ¡ahí es nada!, de saber utilizar todo tipo de tecnología informática— está, realmente, en Babia.

Aunque, por la necesidad que su puesto supone para el país, quédese en buena hora en Babia, si allí lo aguantan.

Pablo Herrero Hernández