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Monacato y monaquismo

En antiguas ediciones del DRAE, la voz monaquismo se limitaba a remitir a monacato (definido en 1.ª acepción como ‘estado o profesión de monje’ y en 2.ª como ‘institución monástica’). Considerábanse, pues, términos sinonímicos, con una preeminencia en el uso a favor del segundo.

En la edición actualmente vigente, al igual que en la anterior de 1992,  monaquismo goza de entrada propia con una sola acepción, parcialmente coincidente con la 1.ª de monacato: ‘profesión de monje’.

Nos encontramos, pues, ante dos términos que, según el criterio académico, sólo son parcialmente intercambiables: para hablar de la ‘profesión de monje’ contamos con dos posibilidades igualmente válidas. Podemos decir, por lo tanto, que «Bernardo de Claraval abrazó el monacato» o que «abrazó el monaquismo». Si nos referimos, en cambio, a la institución monástica, deberemos emplear monacato, como al referirnos al «monacato oriental» o al «occidental».

La distinción parece bastante clara, por lo menos teóricamente, y en este sentido recomendaríamos —si fuéramos quienes para hacerlo— limitar el uso de monacato al de su 2.ª acepción, la «institucional», y emplear monaquismo para significar la profesión monástica (llamémosla acepción «personal»). En efecto, y como es sabido, el sufijo –ato es compartido por varios sustantivos que indican «dignidad, cargo o jurisdicción» (piénsese, sólo en el ámbito religioso cristiano, a cardenalato, deanato, diaconato,  presbiterato, etc.), mientras que –ismo caracteriza, entre otras aplicaciones, a «doctrinas, sistemas, escuelas o movimientos» (piénsese, por ejemplo, en naturismo, vegetarianismo, pacifismo, etc., sustantivos todos ellos a los que también podrían legítimamente aplicarse verbos como profesar y abrazar).

Sin embargo de toda esta lógica aparente, una particularidad abona cierta indefinición y ambigüedad en el uso de estos términos, comprobable a poco que se consulten contextos de ocurrencias de uno y otro. La «culpa» de ello es achacable a la terminación en –ismo, que al ser propia también de movimientos, propicia el deslizamiento semántico de monaquismo precisamente hacia la única acepción de monacato que no compartía: la institucional. De ahí que se hable también de «monaquismo oriental/occidental» o de la «importancia cultural del monaquismo», concebido ya no en clave personal, sino colectiva, y no tanto como institución, sino como movimiento o corriente (análogamente a términos pertenecientes como ascetismo, misticismo, quietismo, etc.). A nuestro juicio, esta misma carga semántica del sufijo –ismo es la responsable de que la RAE, al asimilar monaquismo a la 1.ª acepción de monacato, haya obviado —suponemos, por lo tanto, que conscientemente— el ‘estado’ y se haya limitado a la ‘profesión de monje’. Y es que el sufijo –ismo, en su 2.ª acepción, indica más bien actitudes (egoísmo, individualismo, puritanismo…) que estados.

Por nuestra parte, partidarios como somos de conservar y fomentar la riqueza del idioma, intentaremos distinguir, como apuntábamos arriba y siempre salvo mejor criterio, entre el monacato como institución y el monaquismo como forma de vida.

Pablo Herrero Hernández

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