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Aqui tú donación….

Aquí tú donación

El casi siempre impresentable consistorio madrileño, amén de tener el descaro de mendigar de propios y extraños para sostener su megalómano e inconsistente proyecto llevado a cabo en el antiguo Palacio de Correos, pisotea alegremente la ortografía y la gramática española al rotular, en una especie de cepillos estratégicamente diseminados por los espacios del inhóspito y carísimo engendro gallardónico-botellero, «aqui  donación» ¡precisamente para «apoyar este espacio cultural»!

La foto que ampliamos procede del artículo publicado ayer en «El País» digital por Ana García d’Atri (quien, sin embargo, no parece haberse dado cuenta de los disparates, cabe esperar que únicamente por deficiencias visuales y no de formación; y que, además, habla de huchas, cuando lo correcto sería hacerlo de cepillos).

Sólo nos queda recomendar al anónimo responsable cultural de la Cosa de Cibeles que, si hizo novillos el día en que en su escuela se enseñaban los adverbios de lugar y volvió a hacerlos (¡vaya, hombre!) en la clase donde se estudiaba la diferencia entre el  pronombre y el tu adjetivo, se lea por lo menos lo que sobre esta sencillísima cuestión escribió nuestro abuelo Luis Hernández Alfonso en su Defensa del Idioma, y que publicamos en su día en la siguiente entrada. ¡Ánimo, que nunca es tarde! De nada.

Pablo Herrero Hernández

Más sobre fiducia y confianza

Si anteayer proponíamos, al hilo de un texto de Aranguren, concebir y emplear el término fiducia como expresivo de la confianza en Dios —distinguiéndola así de la confianza propiamente dicha, que puede darse entre iguales—, una reflexión de esas que la almohada suele traer nos ha sugerido otra posible acepción adicional de fiducia, esta vez en el ámbito de las relaciones humanas.

Nuestra lengua no tiene, que nosotros sepamos, un sustantivo que exprese exactamente la acción y el resultado de fiarse de alguien. Para ello se suele recurrir a confianza, que, propiamente hablando, expresa, sin embargo, la acción y el resultado de confiar en alguien. Ahora bien: a la vista está que no es lo mismo fiarse de alguien que confiar en él: suelen ser muchas más las personas de las que nos fiamos que aquellas en las que confiamos, o, dicho de otra manera, lo segundo implica necesariamente lo primero (evidentemente, no podemos confiar en alguien de quien no nos fiamos), pero no viceversa (no por fiarnos de alguien hemos de confiar necesariamente en él).

Si esto es así, se nos ocurre que fiducia podría ser una buena solución para definir la acción y el resultado de fiarse de alguien.

Pablo Herrero Hernández

¿Gamificación?

Se trata de un anglicismo absolutamente reprobable, ya que, en buen español, gamificación sólo podría significar el proceso de convertirse algo en una gama (¡o en un gamo!). Aunque, dada su difusión, damos ya la batalla por perdida, no por ello vamos a dejar de indicar una alternativa bien construida en nuestro idioma: ludificación, que recurre al latín ludus, cuyo étimo hallamos igualmente en otros términos —todos ellos de moderna introducción— referidos al juego, como lúdico, ludopatía, ludópata…

Es de lamentar, una vez más, que las academias que debieran velar por la lengua española —tanto la de este lado del charco como las del otro—, en vez de tanto mirarse el ombligo celebrando congresos absolutamente innecesarios en los que se repite como una letanía el mantra de la «excelente salud de que goza el español» y se reitera con necio orgullo la clasificación de éste entre las primeras lenguas del mundo (sin parar mientes en su más que comatoso estado), no constituyan comités de intervención urgente para atajar a la raíz la introducción de barbarismos como el que nos ocupa y proponer, recomendar y hasta exigir —por ejemplo en los medios públicos y en los documentos oficiales— el empleo de alguna alternativa sabia y castizamente concebida: es lo que hace, por ejemplo, en Francia su correspondiente academia, a la que deberían mirar nuestros inutilísimos inmortales.

De otra manera, la labor de éstos ante casos como el de gamificación se limita, como siempre, a mirar para otro lado mientras el barbarismo se instala a sus anchas y, una vez asentado y arraigado éste, a entronizarlo con todas sus bendiciones en el templo de la lengua, acompañándolo con la consabida jaculatoria, que viene a ser, sobre poco más o menos, la siguiente: «Empléese esta forma, por ser la más extendida».

Pablo Herrero Hernández

¿Un uso de «anecdótico» no tan anecdótico?

Hace unos días, mientras rellenábamos un formulario en una delegación de Hacienda, tuvimos ocasión de oír un retazo de conversación entre la funcionaria que atendía en la ventanilla y un colega suyo. Hablaba la primera de su sorpresa al descubrir que unos vecinos de los que hasta entonces no tenía demasiado buena opinión se dedicaban a atender a personas en dificultad, y confesaba que dicha dedicación le parecía realmente algo «anecdótico».

Nos pareció raro que eligiese precisamente este adjetivo para subrayar su aprobación de ese hecho hasta entonces desconocido por ella y la importancia del mismo para hacerle cambiar su opinión anterior: para nosotros, el adjetivo anecdótico —aparte de su acepción literal (única que trae el en muchos casos perezoso DRAE) de ‘perteneciente o relativo a la anécdota’, muy poco empleada, por cierto— es sinónimo de irrelevante, secundario, episódico, etcétera, y no, desde luego, de emblemático, sintomático, representativo, ni mucho menos de loable, meritorio o plausible; se deriva este significado, en efecto, de la acepción de anécdota como ‘suceso circunstancial o irrelevante’ (4.ª acepción actual y 3.ª en el avance de la XXIII edición del DRAE).

Nuestro diagnóstico de urgencia —valga la expresión— fue que la funcionaria en cuestión consideraba, efectivamente, anecdótico como sinónimo de determinanterelevante, ignoramos sobre qué base. Y lo creímos, siguiendo con la metáfora médica, un caso aislado hasta que hace unos días volvimos a oírlo en una conversación empleado con ese mismo significado, a todas luces erróneo. ¿Se tratará tal vez de una epidemia en absoluto anecdótica?

Pablo Herrero Hernández

El extraño caso del publicado inédito

La ignorancia lógica y léxica del mundo periodístico español supera cada día barreras que la víspera nos parecían infranqueables. Ayer, sábado, nos desayunamos en «El País» digital con el siguiente titular de una noticia procedente de la agencia EFE, acompañado del correspondiente subtítulo:

InéditoQue un texto definido inédito en 2013 fuera publicado en 1866 se nos antoja una contradicción patente. Lo que a todas luces quiso decir el anónimo redactor de la noticia fue que la poesía en cuestión —seguimos resistiéndonos, pese al criterio académico, a llamar ánglicamente poema a cualquier poesía que no rebase, como mínimo, unos centenares de versos— había pasado desapercibida en las sucesivas ediciones de las Obras Completas de la insigne poetisa gallega, hasta que alguien se ha dado cuenta de la omisión. Pero, propiamente hablando, en ningún caso puede llamarse inédito lo que en su día tuvo los honores de la publicación.

Pablo Herrero Hernández

Diccionario de colocaciones del español (DiCE)

DICE

Ya hemos ponderado —creemos recordar— en estas columnas la gran utilidad que tienen para todo redactor de textos (escritor, periodista, traductor, etcétera) la familia de diccionarios combinatorios o de colocaciones, familia que va creciendo paulatinamente en nuestro idioma. Al pionero REDES (2004) y a su desarrollo, el imprescindible Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo creaciones ambas del benemérito Ignacio Bosque y de su equipo—, van incorporándose de manera lenta pero segura nuevas herramientas que van en la misma dirección, algunas en Internet, como ésta que hoy presentamos.

El DiCE, o Diccionario de colocaciones del español, aun cuando sólo incluye, por el momento, el campo semántico de los nombres de sentimientos, resulta modélico a este respecto. Antes de consultarlo, conviene leer con detenimiento su introducción. Viene también equipado con unas unidades didácticas con vistas a facilitar el conocimiento de cómo funciona.

Pablo Herrero Hernández

¿Abrahán o Abraham?

A diferencia de otras versiones de la Biblia de época reciente —como la por otra parte muy meritoria Biblia de Jerusalén—, la versión oficial del texto bíblico publicada por la Conferencia Episcopal Española hace unos dos años (y que a partir del que viene será, según tenemos noticia, la que adopten los textos litúrgicos de esta confesión en España) ha optado, con muy buen acuerdo, por la forma hispanizada Abrahán frente a la más etimológica de Abraham.

Nos parece un criterio excelente, el de esta adaptación de la forma semítica al genio de nuestra lengua, a la que es ajena la terminación en eme. Con ello no se hace, además, sino adaptar la grafía del nombre del patriarca a la completamente asentada de otros nombres propios bíblicos como Adán, Joaquín o Efraín, por no recordar topónimos de tanta importancia y notorio arraigo en nuestra cultura como los de Jerusalén o Belén.

También nos alegra mucho comprobar que esta nueva versión autorizada del texto bíblico en español no cae en el ridículo vicio que aqueja a innumerables padres y madres españoles —cuando no a las propias interesadas—: el de añadir una hache espuria, totalmente ajena al espíritu de nuestra lengua, a la hora de imponer a alguna de sus hijas los clásicos nombres de heroínas bíblicas como Rut, Ester o Judit, que bueno será recordar que en español no llevan esa hache, importada no ya del hebreo bíblico, sino de otros idiomas modernos.

Por mucho que en el Registro Civil las Ruth, Esther o Judith —y hasta puede que ya las Martha— sean legión (algo que comprobamos con frecuencia quienes ejercemos el oficio de traductores jurados), conviene que se sepa que el uso castizo reprueba en estos casos el añadido de la hache, al igual que en topónimos asimismo de procedencia bíblica, como el de Nazaret.

Con gran acierto, pues, el nuevo texto oficial bíblico de la iglesia católica en España no se ha doblegado, en este caso, a la tendencia dominante.

Pablo Herrero Hernández

Mi cadera y la gira de Lady Gaga

Al leer este mediodía «El País» digital, quien estas líneas firma ha emitido un suspiro de alivio. Hace precisamente dos días, un molesto problema de cadera lo mantuvo inmovilizado en casa. Y al leer el siguiente titular…

Lady Gaga

…no ha podido menos de alegrarse, al quedar acreditado que ha sido el problema en la cadera de Lady Gagasu cadera») —y no, por ejemplo, el de la cadera del firmante,— lo que ha impedido la gira de tan cotizada estrella. ¡Y luego dirán que el periodismo no cumple una función social!

Es curioso, por cierto, el mundo del periodismo español: con alguna honrosa excepción, sus porfesionales no saben ni redactar ni pronunciar en inglés, de manera medianamente presentable, más de dos o tres frases trilladas de manual para turistas, pero —paradójicamente— calcan las estructuras de este idioma al español (en este caso, los posesivos) con una fidelidad rayana con el fanatismo.

¿Será que tampoco saben español?

Pablo Herrero Hernández

Prohibición de no

prohibición

Así titula esta mañana Yolanda Monge su artículo en la edición digital de «El País»: «Panetta acaba con la prohibición de que las mujeres no puedan entrar en combate». De ello se desprende que:

1.º) Hasta ahora, las mujeres tenían prohibido «no entrar en combate», es decir que estaban obligadas a luchar, y que

2.º) El bueno de Panetta, al levantar la prohibición de «no entrar en combate», las ha dejado, como mínimo, libres de entrar o no en él (¡cosa —se nos concederá— que no deja de ser original en un ejército!).

Claro que, por el contenido del artículo, las cosas no parecen estar así.

Está claro que la periodista ignora el uso correcto del verbo «prohibir» en español; a ello puede añadirse que haya incurrido en un catalanismo, ya que, según nuestros escasos conocimientos de la hermosa lengua de Verdaguer y de Pla, en catalán sí es legítima y hasta obligatoria, al igual que en otros idiomas, la construcción negativa con verbos como prohibir, impedir, etc… y sus correspondientes sustantivos. En español actual, desde luego, no lo es.

Pablo Herrero Hernández

Pintadas, pero con tildes

VenezuelaHace unos días, aparecía en «El País» digital esta foto de la agencia AFP, correspondiente a una pintada en Caracas, o, mejor dicho, a una pinta, que así nos asegura el DRAE que las llaman en el país de nuestro venerado Simón Díaz. Vaya por delante que aunque, como todo hijo de vecino, tengamos nuestra particular opinión sobre el mandatario en ella citado, huelga en esta bitácora cualquier consideración de carácter político. Y precisemos también que no somos especialmente amigos de esa forma de contaminación visual y estética que suponen las pintadas o grafitos.

Una vez dicho esto, hemos de comprobar, una vez más, la superioridad de nuestros hermanos de habla y escritura de allende el Océano en el respeto al idioma que compartimos. En efecto, salta a la vista el énfasis con que el autor de la pintada ha tildado correctamente las tres palabras de su texto que llevan acento gráfico: Chávez, está, díganlo. Y aunque, puestos a buscar peros, echemos de menos un signo de puntuación entre las dos frases (nos inclinaríamos por los dos puntos) y el de apertura de la exclamación (que podría coincidir, tal vez, con lo que parece ser el trazo vertical de la «D» que sobresale por debajo), mucho nos tememos que, de ostentar dicha pintada cualquier pared de España, las tildes brillarían en ella por su ausencia.

Y es que, en la antigua cuna del idioma común, a pie de calle (nunca mejor dicho), los acentos gráficos están bastante más muertos que Chávez.

Pablo Herrero Hernández